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David Blay

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Un día decidí que no quería tener horarios ni soportar jefes bipolares... y así sigo hasta hoy. Desde hace más de 15 años asesoro a deportistas y empresas sobre cómo presentarse a los medios de manera noticiable. Narro eventos deportivos en Radio Marca. Y soy autor del libro 'Por qué no nos dejan trabajar desde casa?'. He visto crecer a mi hija de tres años. Y aun así me pagan y sobrevivo

¿A la m… los convenios por horas?

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Tuve una reunión hace poco (a petición suya) con la sede española de uno de los bancos más grandes del mundo. Y me explicaron que en dos sedes concretas de Europa la opción del teletrabajo se aplicaba en una en la totalidad de la plantilla y en la otra en un tercio de la misma.
 
Huelga decir que aquí no teletrabajaba nadie ni se esperaba que lo hicieran. Y que la problemática a la que se enfrentaban era que les venían de golpe un par de cientos de personas y no cabían en la oficina, así que algo había que hacer con ellos.
 
En el encuentro, donde había hasta seis personas de distintos departamentos, el principal escollo que esgrimían era que los convenios estaban firmados por horas y que no podían saltarse. Al margen de asegurar que el empleado debía tener disponibilidad absoluta en su horario por el tipo de mercado en el que operan. Lo que me hizo pensar si en las otras filiales el trabajo era diferente, algo que dudo que fuera así.
 
Así que la cuestión que me planteaba al salir de allí es : ¿en qué va a diferenciarse alguien que esté en la oficina del que esté en su casa, si tiene que estar anclado a un ordenador unas horas determinadas sin posibilidad siquiera de bajar a por sal al supermercado?
 
Por el sector en el que muevo y mi condición de freelance desde hace más de una década, apenas he ‘disfrutado’ de los convenios. No he tenido tickets de comida, ni recuperado horas trabajadas de más y casi no recuerdo las vacaciones pagadas. Pero me parecen un enorme logro y creo que todo el mundo está de acuerdo en que deberían mantenerse, más teniendo en cuenta los recortes de derechos laborales que se vivieron tras la crisis.
 
Sin embargo, en algunas ocasiones actúan CONTRA el talento. Porque si hay que hacer ocho horas sí o sí y tu informático es un fenómeno que en tres horas ha despachado lo que le habías pedido, estará cinco horas quemándose en tu empresa y pensando por qué no acepta un curro con un sueldo menor pero flexibilidad absoluta.
 
Ya hablamos en un post anterior sobre cómo trabajar por objetivos. Y las empresas deberían empezar a plantearse cambiar la relación laboral con su gente. Entre otras cosas, porque muchas de ellas incurren en discriminaciones absurdas cuando impiden a los contratados salir antes mientras subcontratan servicios sin un horizonte horario concreto. 
El cambio de paradigma ya llega hasta aquí, aunque muchos sigan sin verlo. Y solo tiene una salida: retener a los buenos dándoles cosas que les den ganas de quedarse, porque de lo contrario las opciones para ellos van a comenzar a multiplicarse.

Roger Federer y la conciliación: el nuevo deporte

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Conozco un ex directivo de un potente (antes, al menos) club de fútbol español que presumía de no haber visto nacer a sus hijos porque estaba trabajando. Así de triste es parte de la generación que precede a la mía. Y con ello se refleja enormemente la educación recibida hasta no hace demasiado tiempo. 

En contraposición, me gustaría hablar de Roger Federer. ¿Ha viajado 200 días al año fuera de su casa durante una década? Sí. ¿Se ha llevado a la que primero era su novia y luego su mujer? Muchísimas veces.
 
Pero no es esta la circunstancia a la que me quiero referir. Muchos de los que lean este artículo podrán decirme que ganando lo que ha ganado, tenística y económicamente, es normal que haga lo que contaremos a continuación. Pero la realidad, a día de hoy, es que casi nadie lo hace. Y eso le confiere un mérito mayor.
 
Nos retrotraemos al año 2014. En plena pelea por los altos niveles del ranking, el suizo decide renunciar al Mutua Madrid Open (un Masters 1000, solo por debajo de los Grand Slam) para estar junto a su chica en el inminente parto de su tercer hijo.
 
Pero lo que podía considerarse circunstancial se ha acrecentado en 2017. Federer, tras dos años en los que se vio superado por Nadal, Murray y Djokovic, se entrena para mejorar su juego y algunos de sus golpes (ya me dirán qué necesidad tenía uno de los considerados mejores de la historia) y retorna a la competición ganando algunos de los mejores torneos.
 
Sin embargo, lo llamativo es que su conciencia de que la edad y los partidos acumulados le impide estar al más alto nivel en todas las citas, le lleva a renunciar (de nuevo) a lugares como Madrid. Y en lugar de pisar la tierra española, concilia con su familia al completo mientras se entrena cerca de su casa y se prepara para sus superficies preferidas.
 
¿Qué enseñanza sacamos de Federer, además de la evidente? Primero, que parando a tiempo y pensando en qué objetivos quieres cumplir, seguramente tu rendimiento crezca. Segundo, que por muy bueno que seas es imposible mantenerse siempre al máximo nivel, lo que deriva en que si insistes en hacer lo de siempre poco a poco irás bajando. Y tercero, que cualquier edad es buena para reciclarse y aprender. 
¿Es Roger el mejor de la historia? Posiblemente. Pero hay una pregunta mejor: ¿es su ejemplo uno de los mejores de las últimas décadas? Sin duda alguna.

Por qué los directivos deberían usar el sofá de su despacho

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Estuve a finales del mes de marzo en un foro sobre marketing, finanzas y recursos humanos. Y debo decir que me sorprendió ver que, al fin, el trabajo por objetivos (del que ya hablamos en esta web hace muchos meses) está entrando en al discurso de las empresas.

Sin embargo, como siempre los parlamentos se basaban en que debería implementarse. Ahí casi todo el mundo estaba de acuerdo. Pero pocos (por no decir nadie) explicaba cómo hacerlo. Entre otras cosas porque no se ponían de acuerdo en quién debería coger el toro por los cuernos.
¿Es quien contrata, en base al perfil que busca o que le han pedido, quien debe orientar a la persona que se incorpora? ¿Son los mandos intermedios, correa de transmisión entre arriba y abajo, quienes están obligados a marcar el paso? ¿O, de una vez por todas, es el alto directivo el que tiene que establecer hacia dónde ir para todos los estratos laborales?
Ser jefe implica saber lo que otros no saben. Es decir, dónde se quiere llegar, cuándo hacerlo y qué negociaciones se están abriendo para ello. Eso significa que hay (debería haber) un plan para conocer dónde se quiere estar en un mes, en medio año y en 365 días. Y, en consecuencia, qué se necesita cada día, semana y mes para cumplir con esos hitos.
Rompiendo una lanza en su favor, aquellos que piensan que los máximos responsables siempre están de viaje, de comida, de reunión o encerrados en su despacho conocerán si van ascendiendo escalones que muchas de las oportunidades aparecen en esas circunstancias. Y que, en esas esferas, acaban siendo más importante las relaciones públicas que el trabajo propiamente dicho.
Es por ello que, al menos en España, debería desterrarse la imagen de que un directivo no hace nada. Y FOMENTAR que, de vez en cuando, lo hiciera. Alguien con esa responsabilidad no debería estar comido por las gestiones del día a día, porque puede tener que mirar hacia abajo constantemente y encontrarse con que cuando levanta la vista es tarde para enderezar el rumbo. Rollo Titanic.
Así que, al igual que abogamos por instalar duchas en las oficinas, rompemos aquí lanzas por los sofás en los despachos. Y su utilización. La visión, las ideas y la estrategia se consiguen pensando, no tecleando. Y el descanso, cada vez más, se evidencia fundamental en esta sociedad donde entre la vida social, la deportiva y la trabajadora llegamos reventados física y mentalmente a casa.
¿Qué quiere decir esto? Que cada jefe tendría que estar obligado a tumbarse al menos media hora al día y cerrar los ojos. Primero para quitarse de la cabeza todo el ruido de la jornada. Y luego, para pensar cómo ir hacia adelante. Porque su éxito será el de toda su gente. Y mantendrá (o aumentará) el trabajo de sus empleados.
¿Y qué tiene este discurso que ver con la conciliación, os preguntaréis? Pues es muy sencillo: en una empresa que te da objetivos, desaparece el horario. Si acabas tu tarea, deberías poder irte a casa. Si lo haces, podrás tener más tiempo para ti y para tu familia. Y, en ese caso, aunque te llegue una mejor oferta económica será difícil que decidas abandonar esa compañía.

Trabajar en casa no es vivir frente a una pared sin ventanas

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Después de si trabajo en pijama, la segunda pregunta que más recurrentemente recibo en las charlas que a veces ofrezco es si no me siento solo sin compañeros de oficina. 

Partamos de tres bases. La primera es que NADIE se lleva bien con todos sus colegas de curro. Nadie. Y, en ocasiones, se llevan hasta muy mal. Porque no los eliges, con lo cual tienes que comerte lo que viene. 

La segunda, no soy un hacker de Nebraska de los años 80 con sobrepeso y acné. El teletrabajo no significa no salir de tu domicilio. Más bien al contrario. Lo que me está ocurriendo es que paso más tiempo fuera que dentro y tengo que optimizar el resto de horas entre mi ocio, mi mujer, mis dos hijas y mis clientes para poder equilibrar la balanza. A veces lo consigo y a veces no, todo sea dicho. Que no todo es maravilloso. Pero sí mucho mejor que estar encerrado en un sitio cuando has terminado tu tarea, te quieres ir y tu jefe no te deja porque no tiene vida. 

Y la tercera la estamos empezando a ver cada vez más cerca. Muchos de nuestros trabajos los harán robots. Ya no es ciencia ficción. Está ocurriendo. Y eso significa que laboralmente seremos prescindibles. ¿Cómo tratar de imponer nuestra humanidad, difícilmente copiable en un algoritmo? Mediante las relaciones sociales. Donde en un cara a cara eres capaz de encontrar pequeños gestos indetectables para la inteligencia artificial pero que son diferenciales para ofrecer algo que una máquina no puede dar. 

Decía que paso cada vez menos tiempo en casa. Y me ocurre porque quedo con muchísima gente cada semana. Como ya contamos en el post de Todos los cafés no tomados, hay muchos trabajos, ideas o sinergias que surgen de conversaciones con amigos, conocidos o simplemente colegas laborales. Porque no estás cada día con los mismos. E igual te puede aportar alguien experto en tu campo que otro de una especialidad radicalmente opuesta que te ofrezca un punto de vista al que no habrías podido llegar por ti mismo. 

Por todo ello, derribamos de esta forma otro de los mitos del trabajo remoto. Y lo comparamos con el fútbol, que a nivel de símiles es fácilmente entendible para la mayoría de los lectores. 

Hasta el Barcelona de Guardiola, uno de los mejores equipos de la Historia, tuvo que cambiar de piezas en su primer, segundo y tercer año. Mantuvo una base, sí, pero un 30% de los jugadores eran nuevos cada año. Esto, trasladado a la vida diaria, tiene un paralelismo sencillo: puedes ser la mejor empresa del mundo, con las mentes más brillantes, pero llegará un momento en que no os podréis aportar más unos a otros. Porque ya os conocéis demasiado. Porque os habéis acomodado. Porque habéis adquirido vicios difíciles de erradicar. O simplemente porque vuestros intereses, personales o profesionales, han cambiado. 

Así que sí, salgo de casa. Mucho. Más incluso a veces de lo que debiera. Y sí, en ocasiones acabo de trabajar tarde. Pero la mayoría de veces es porque he sumado fuera más de lo que lo hubiera hecho dentro. O he sembrado. O me he despejado. O simplemente he acompañado a mi hija a jugar en el parque. Recordad: el horario ya no es lineal. Y esa, que parece menor, es la primera gran revolución que debe acometerse para dejar de sentirnos culpables por no pasar ocho horas, inútilmente, delante de un ordenador.

Conciliar no es solo tener hijos

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Conciliar no solo es tener hijos

Tendemos, en demasiadas ocasiones, a etiquetar un status para asociarlo a una determinada palabra. Y parece que solo puede darse en una circunstancia concreta, lo que en muchísimas (demasiadas) ocasiones acaba limitando su potencial. 

Obviamente, el verbo conciliar atañe a la familia. Al menos en una primera acepción. Pero, como en las entradas del diccionario, siempre existen más significados. Y, al igual que sobre el papel, cualquiera de ellos es igual de correcto. 

Con 20 años estaba encantado (lo sigo estando, por suerte) con mi trabajo. Colaboraba en un programa de radio que se emitía a las 11 de la noche. Viajaba cada dos semanas por toda España retransmitiendo partidos de fútbol. Lo compaginaba con la carrera de Periodismo y con la oportunidad de escribir para una agencia. Y veía todo aquello como maravilloso. Sin duda lo era. En aquella época. 

Sin embargo, muchos amigos y conocidos míos siguen anclados en esas circunstancias. Y para quienes lo viven, tener ocupado siempre un día del fin de semana, no poder quedar a comer o a cenar o cumplir horarios larguísimos cada vez se convierte más en una carga. Y no porque no disfruten haciendo lo que hacen, sino porque cerca de los 40 tus prioridades cambian tras haber vivido ya una serie de experiencias. 

¿Por qué no puede trabajar desde casa un hijo cuya madre esta enferma y a la que podría cuidar sin necesidad de dejar de ser productivo? ¿Por qué los que no están casados o tienen hijos no tienen derecho a pedir salir cuando su labor está hecha para ir al gimnasio, tomar una cerveza con los amigos o simplemente tirarse en el sofá? ¿Por qué las empresas no se plantean contratar a personas en riesgo de exclusión social o tienen una incapacidad, que se matarían por su empleador y darían seguro un rendimiento óptimo? ¿Por qué hay mediciones de que el 90% de los periódicos online tienen su pico de entradas a las nueve de la mañana, cuando la gente entra a trabajar? 

Que seas joven, tengas ganas de labrarte un futuro laboral, busques nuevas experiencias y quieras vivir todo lo que te ofrece el mercado no es óbice para que no tengas derecho a disfrutar de tu tiempo libre. Porque estamos en una sociedad que lo primero que te pregunta es ‘¿En qué trabajas?’ y no ‘¿Cómo vives?’. Y parece que haya que matarse en los primeros años de tu carrera para poder luego vivir como mereces. 

Y mientras, las empresas se preguntan por qué no son capaces de atraer, o retener, talento joven. Por qué cada vez se fundan más startups. Por qué los nietos de compañías familiares de éxito no quieren coger las riendas de negocios prósperos. O por qué un sector de la población ya no compra sus artículos. 

Pero así seguimos. Y lo que queda.

Si teletrabajas, tranquilo: no te vigila Gran Hermano

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si teletrabajas, tranquilo, el Gran Hermano no te vigila

Hace ya más de un año que escribimos mensualmente en Mamiconcilia y, aunque hemos tocado de manera transversal el tema del teletrabajo, no hemos profundizado nunca en uno de los aspectos más difíciles de interiorizar para aquellas personas que se inician en esta práctica. 

Se trata de algo tan simple como aprender a darte cuenta de que nadie te vigila. De que respondes por tu trabajo, no por tus horas. De que si llegas a un acuerdo con un cliente externo éste te pedirá resultados, no informes de presentismo. Porque, de lo contrario, habría buscado a alguien de manera interna. 

Ten en cuenta dos cosas: a las empresas les sales más barato que un trabajador convencional, porque tú pagas tus prestaciones (autónomos) y en caso de no necesitarte después de un cierto tiempo pueden prescindir de tus servicios sin mayores traumas. Algo que puede parecer cruel, pero en muchas ocasiones mejora tanto su vida como la tuya. Hay proyectos que no dan más que para tres meses. Y si no fueras freelance, no tendrías opción alguna de optar a ellos. Y resulta que a veces, cuatro proyectos de tres meses se convierten en el sueldo de un año. 

Como hemos dicho en alguna ocasión, nos han educado para sentirnos culpables. Para valorar a las personas que tenemos enfrente por si son ‘muy trabajadores’, no por si son ‘muy eficientes’. El lenguaje que usamos a diario denota la cultura adquirida. Y en la cúspide empresarial siguen mandando aquellos que se justificaban (y aún hoy lo hacen) por pasar 10 horas en la oficina porque traían el dinero a casa. Como si no pudiera hacerse en connivencia con el tiempo de tus seres queridos. 

Lo más complicado es sentarse en casa un jueves de abril, ver cómo hace sol fuera, haber acabado lo que te habías marcado (IMPORTANTE. Tú marcas tus objetivos) y decidir que paras. O que ves una serie. O que te vas a hacer deporte. O que te duermes una microsiesta. Y cuando ese momento haya tenido lugar, no creer que un ojo invisible te vigila y te quitará el dinero que ganas porque eres un jeta. 

Porque no lo eres. Hay cifras que dicen que entre absentismo, cafés, almuerzos, llamadas personales, gestiones privadas y consulta de redes sociales cada trabajador de oficina pierde casi 15 horas el mes. Y, todo sea dicho, me parecen pocas. Pero lejos de ponerle freno a esta situación (dejando a sus contratados irse pronto a casa, incentivando la flexibilidad laboral, premiando el trabajo bien hecho), los empresarios, en su afán de perpetuar el presentismo, fomentan que estas sigan aumentando. 

Así que, si tienes la suerte de teletrabajar, de que personas externas te confíen proyectos y de poder demostrar tu productividad, VIVE. Si no ¿para qué sirve poder mandar un mail desde el móvil acompañando a tu hija al parque o tener una conferencia desde la tablet mientras viajas a otro país? ¿Por qué loamos la tecnología si no nos sirve para hacer mejor nuestra existencia?

Cómo no sentirte culpable por tener tiempo libre

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Tiempo libre

Hace una semana me di cuenta de que había hablado por primera vez en la radio 20 años atrás. O sea, que llevo dos décadas ejerciendo (o tratando de hacerlo) el periodismo, con todos los cambios que ello conlleva. 

En aquel momento recuerdo de manera muy nítida mi objetivo vital: trabajar en una redacción, hacer programas y retransmitir eventos deportivos. Era muy joven, en el horizonte cercano no había planteamiento de tener hijos y la máxima tecnología que conocía era un ordenador para procesar textos e imprimirlos. 

En 1996 no había internet para todo el mundo. Ni siquiera para un reducto mínimo de gente. Mi primer móvil me llegaría en 1998. Y el summum de los descubrimientos vino cuando alguien me explicó cómo enviar SMS (pero no su coste :). 

Lo que sí existía era el fax. Y tengo una imagen en mi mente que hoy toma todo el sentido. Durante una entrevista, un protagonista nos hizo unas declaraciones especialmente polémicas. Decidimos transcribirlas y enviar una nota de prensa a los periódicos (de papel, por supuesto). Y mandamos 20 fax. A dos minutos por cada uno, tardamos 40. 

Hoy, con un click, recuperaría el corte de voz, lo agregaría a un grupo de WhatsApp y el resto lo adjuntaría por mail. Mi tiempo de entrega sería de más-menos ocho segundos. Y aquí viene la pregunta diferencial. 

¿Soy peor trabajador ahora que hace 20 años? No. Simplemente las herramientas me permiten HACER EL MISMO TRABAJO en 39 minutos y 52 segundos menos. Y la segunda cuestión subyace. ¿Debo emplear ese tiempo en hacer más cosas? Quizá sí, pero seguramente en el cómputo global de tareas me lleven como mucho un tercio de él. 

¿Qué pasará, entonces, cuando mi jefe me pida saber qué he hecho? Que obviamente podré decirle que aquello que me encomendó está realizado. A él, al final, debería darle igual si ha sido en un minuto o en 270. 

Pero el problema, al menos en mi generación, es que nos han enseñado a sentirnos culpables. A que llega más alto quien más estudia o trabaja y que si no practicas la cultura del esfuerzo no solo eres un vago sino que no podrás alcanzar jamás tus metas. 

Y yo me rebelo. Primero, porque mi trabajo está hecho, aunque haya sido en segundos. Después, porque es demostrable y rentable. Y más allá, porque quiero irme a tomar un café, a correr, al parque con mis hijas o simplemente tirarme en el sofá, sin tener la sensación de que un Gran hermano me vigila y me va a despedir por no estar plantado frente a un escritorio. 

El problema, lo sé, son los directivos de más de 55 años que no solo te mirarán mal sino que se plantearán despedirte si te vas de la oficina antes que ellos. La clave es hacerles informes semanales de lo que has hecho y lo que se ha conseguido. Y, si tienen narices, que te echen a la calle. Y verás como, con esos documentos, el despido será tan improcedente que acabarán teniendo que pagarte lo que te deben y un poco más. Y, quizá, readmitiéndote para que trabajes según tus propios parámetros por orden judicial.

Cambia tus cenas por comidas… ¡y vive!

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Si en tu grupo de amigos tienes todavía a algunos que no son padres y tratan de que quedes con ellos a cenar, seguramente te hayas encontrado con alguna cara que mezcla los pensamientos ‘ya te borras otra vez’ con ‘pobrecito que ya no puede salir’. Muchas veces, cuando somos solteros no podemos comprender determinadas actitudes, por la sencilla razón de que no las hemos vivido. Porque la cosa cambia cuando son ellos los que tienen niños…

Y sin embargo, cuando tú tratas de decirles que te gustaría comer con ellos la mayoría de veces parece que les haya secuestrado la agenda el Ministro del Interior, cuando no te vienen con la cantinela de que ‘es que los niños nos molestarán y no podremos hablar’.

Yo he salido mucho. He cenado mucho. Y lo recuerdo como una de las mejores épocas de mi vida. Pero cuando quise ser padre (y por suerte, lo conseguí) tuve claras dos cosas: que en absoluto quería renunciar a seguir descubriendo restaurantes interesantes y que lo haría con mis hijas (casi siempre; también tenemos tiempo de pareja) . Muchos recuerdos de mi infancia se asocian a comidas y lugares especiales en ellas. Y quiero que ellas vivan lo mismo.

Por ello hice un trueque sencillo, que además me suponía un ahorro monetario considerable: no quedar por la noche sino al mediodía. La primera ventaja que encontré es que a esas horas, incluso en fin de semana, los precios son mejores porque hay menús entre 10 y 20 euros espectaculares. La segunda, que podía alargar la sobremesa sin tener que irme a una discoteca. Y la tercera, que para mí es igualmente importante, que no rompía el ritmo vital de mis niñas.

Ocurrió además en un momento muy duro de la crisis económica, que a mí también me tocó. Pero me servía (y a mi mujer también) para desconectar. Para darnos una alegría. Para socializar. Y para darnos cuenta que una simple comida fuera de casa en compañía es capaz de recargarte de energía para seguir luchando para una semana entera.

Al final, con 50 euros al mes puedes hacer esto. Y, si tus amigos quieren, puedes seguir quedando con ellos. Incluso acabando por tomar una cerveza a las siete de la tarde, antes de subir a la sesión de baños y cenas. Pero, a veces, quien no está en tu situación te mira sin entenderte. Y cuando le pasa a él en el futuro, se deshace en disculpas para que no sigas su actitud y acabes dejándole sin estos momentos.  

Si no estás, no estás

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si no estás, no estás

Soy el primero que sufre por no pasar más tiempo con mis hijas. Y eso que paso mucho. Concretamente un 70% más que la mayoría de mis amigos, que no tienen la suerte de trabajar en casa. Pero aun así, siempre quieres un poquito más. Y, si tienes dos, tu mujer es periodista y también teletrabaja, siempre tratas de ayudar al máximo. Al menos es mi caso.  

Por eso sé de la dificultad de conciliar horarios. Por eso hablo constantemente de deslinealizar nuestra actividad. Porque es imposible currar de 9 a 5 si traes a una de tus niñas a comer a casa o si la otra tiene mes y medio. 

Sin embargo, también soy consciente de que debo trabajar y entregar un buen producto a mis clientes. Que tengo que quedar con ellos, hacerles ver lo que estoy haciendo, ofrecerles resultados y resumirles mi actividad. Y que eso, en ocasiones, exige echar horas. No tantas como en una oficina (donde el 45% no las aprovechamos), pero sí las necesarias.  

Es por ello que una de las principales excusas de aquellos que no quieren ejercer su profesión desde su domicilio es que ‘con niños no se puede trabajar’. Y es relativamente cierto. Porque con ellos no puede hacerse. Pero eso no significa que no sea posible. Y me explico. 

Si tu pareja está en paro, no tiene ninguna ocupación por un acuerdo tácito, está de baja o comparte profesión, hay que llegar a un acuerdo. Desde el principio. Para que luego no haya malos entendidos ni uno de los dos se queme. Y decidir que en una estancia de la casa, sea cual sea, si estás trabajando, estás trabajando. Otra cosa es que su vida profesional transcurra fuera de casa. Ahí ya las circunstancias son tan personales que no puede haber una generalización. 

Vaya mi ejemplo por delante. Cuando estoy en el parque por las tardes, disfruto mucho. Pero si me queda algo por hacer, no me siento bien al cien por cien. Eso hay que asumir que nunca se va a ir. Que nos han educado en el cumplimiento del deber por encima del cumplimiento familiar. Aquello de ‘el trabajo es lo más importante’ o ‘no te preocupes porque es trabajo y lo entiendo’. 

Dicho esto, cada uno sabe de sobra cuánto le cuesta hacer qué cosas. Así que planificaos los días. Y si luego se tuercen (que no son ni mucho menos la mayoría), pues pringáis por la noche o por la mañana. Como hace todo el mundo cuando a veces tiene que quedarse hasta tarde en su oficina. 

Todos queremos vivir mejor, pero hay que saber valorar cuándo se puede y cuándo no. Y, sobre todo, disfrutar de las ocasiones en que ocurre lo primero. Que hoy, con la tecnología existente, deberían ser muchas más que las segundas.

No nos convirtamos en integristas de la conciliación

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integristas de la conciliacion

España es tendente al revanchismo. Al blanco o negro. No hay apenas lugar para una escala de grises y dos ejemplos claros lo demuestran cada día más. 

A nivel futbolístico, uno es del Barcelona o del Real Madrid y luego están el resto de equipos (yo soy del Valencia). Pero, incluso en esas formaciones, uno debe ser anti barcelonista o anti madridista. No caben medias tintas. 

A un segundo nivel, mucho más triste, está la política patria. Las personas han votado dos veces (y a este paso serán tres) que no quieren un partido en mayoría. Que deben gobernar en coalición. Que tienen que ponerse de acuerdo. Y, a pesar de ello, PP y PSOE se han enrocado en el ‘conmigo o contra mí’. Quizá por eso el voto de Ciudadanos es tan volátil: ser capaz de pactar con ambas fuerzas no contenta ni a los acérrimos de la derecha ni a los de la izquierda. Y como consecuencia de ello sigue sin haber solución 300 días después. 

Viene todo esto al hilo de los (maravillosos) movimientos crecientes por la conciliación. La envidia de ver que Suecia reduce la jornada laboral a seis horas. Los artículos de El País diciendo que un fin de semana de tres días salvaría el planeta. Y la cara amable (hay otras) de los países nórdicos o las startup como Netflix donde las bajas por maternidad y paternidad son largas o incluso indefinidas. 

Y sin embargo, estamos comenzando a incurrir en los mismos errores que el resto. En los ataques en redes sociales. En desacreditar a quien da otras opciones. E incluso en amonestar a los que piensan diferente. 

Existe una verdad, aunque a muchos no nos entre en la cabeza: hay gente que no quiere conciliar. Que cree en la vida de sus padres y sus abuelos, donde hay que trabajar fuera de casa y eso compensa las ausencias con sus hijos porque lo están haciendo por ellos, para darles un futuro. En realidad, muchas de estas personas lo que no quieren es cargar con la parte menos buena, que es la de ocuparse de los niños y luego encontrar huecos para realizar sus tareas profesionales. Porque es mucho más cómodo así. Y siempre tienes la excusa de que alguien tiene que ganar el dinero que les pague la comida y el colegio. Aunque no deja de ser curioso que, una vez en la oficina, entre cafés, comidas, presencia en el gimnasio y reuniones están casi más tiempo fuera que dentro, con gente que debería importarle menos que sus vástagos. 

Pero dicho esto, que no deja de ser RESPETABLE porque cada uno educa a sus hijos como quiere, nuestro papel debe ser el de argumentar por qué todo será mejor de la otra manera. Por qué disfrutarán más personalmente, pero también laboralmente. Cómo serán capaces de ser felices a nivel familiar y de optimizar su rendimiento deslinealizando sus horarios. E incluso, ofreciéndoles un ejemplo con su generación superior, no inferior: cómo pueden cuidar a sus padres enfermos o dependientes trabajando desde casa. Algo que, seguro, si ocurre en el futuro estarán encantados de que hagan sus hijos. 

Por eso, no seamos como los hinchas del fútbol o los votantes inmovilistas de nuestro país. Por una vez, construyamos. Escuchemos. Valoremos. Respetemos. Y si luego, con toda la información, no quieren hacerlo, que no lo hagan. Pero que no se quejen dentro de 40 años de las consecuencias.