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David Blay

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Un día decidí que no quería tener horarios ni soportar jefes bipolares... y así sigo hasta hoy. Desde hace más de 15 años asesoro a deportistas y empresas sobre cómo presentarse a los medios de manera noticiable. Narro eventos deportivos en Radio Marca. Y soy autor del libro 'Por qué no nos dejan trabajar desde casa?'. He visto crecer a mi hija de tres años. Y aun así me pagan y sobrevivo

¿Por qué vas a esperar a que te dé un infarto?

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Dar un infarto

Recuerdo de manera muy nítida cómo, hace dos años, Risto Mejide entrevistaba a Cristina Cifuentes. Lo hizo cuando se había recuperado del accidente de moto que había sufrido, en la que resultó herida grave y donde incluso se llegó a temer por posibles complicaciones físicas y neuronales.

Como muchas otras personas, la entonces delegada del Gobierno en Madrid aseguró que tras aquel episodio ‘se iba a tomar la vida de otra manera’ y que se había dado cuenta de las cosas que eran realmente importantes.

Recuerdo también cómo, a través de Twitter, mantuve una conversación con ella preguntándole por qué creía que tenía que haber ocurrido esto para valorar algunos aspectos personales fundamentales. Debo decir, a su favor, que no solo contestó sino que lo hizo de manera educada. Quizá aquella actitud formaba ya parte de su cambio.

Siempre pongo este ejemplo porque existe, al menos en la generación anterior a la mía, un mantra que se repite a lo largo del tiempo. Y que casi siempre aparece después de sufrir una desgracia en el plano personal.

Son muchos (y muchas) los que lamentan al final de su vida, o incluso a mitad de ella cuando se encuentran con una circunstancia incapacitante total o parcial, no haber pasado más tiempo con sus hijos. O no haber hecho aquel viaje con el que siempre soñaron. O haber dedicado los últimos 40 años a trabajar en un lugar que les disgustaba profundamente, lleno de gente que les aportaba más bien poco.

Volviendo a Risto, en otra conversación con Iñaki Gabilondo, este finaliza sus reflexiones diciendo que si volviera a nacer se pasaría horas al día mirando a sus hijos. Viéndoles crecer. Es la confirmación definitiva de que alguien que ha conocido el éxito profesional cree en lo más profundo que no ha corrido la misma suerte en el ámbito familiar.

Y, sin embargo, sigue habiendo muchísimas personas que se matan a trabajar pensando en que lo hacen para mantener a su gente (en muchos casos, por desgracia, no hay más remedio). Pero incluso aquellas que no tendrían necesidad lo hacen. Porque se nos ha enseñado que somos aquello en lo que trabajamos. Y no aquello de lo que disfrutamos.

Lo he dicho muchas veces y lo seguiré repitiendo: hoy, el 60 por ciento de las profesiones solo dependen de un ordenador y un teléfono. Y casi todos, en sus casas, disponen de ellos. El siguiente paso es el de poner en la balanza la vida que queremos tener cuando estamos sanos, no cuando el cuerpo nos da un susto después de entregar nuestra energías a nuestro jefe en lugar de a nuestra familia. Y comenzar a pedir horarios, o situaciones, que nos permitan conciliar. Porque así, felices, seremos mucho más productivos para nuestras empresas. Aunque ellas sigan empeñadas en no darse cuenta.

¿Frenan las mujeres directivas la conciliación?

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mujeres directivas y la conciliación

Hoy quiero meterme en un charco. Conste que no vivo de ni para la polémica, como otras personas, pero hay una certeza que me viene apareciendo en muchas de mis últimas conversaciones. Y, como mínimo, quiero someterla a debate. Porque parece que hay cosas innombrables. Y en esta sociedad actual, o pones la luz sobre algo o parece que ese algo no esté ocurriendo.

Vaya por delante que mi madre no sólo (obviamente) es mujer sino que ha sido directiva. Que se separó muy pronto y para darnos de comer a mi hermano y a mí curraba jornadas de 14 horas. Que en aquella época, hace 25 años, no existían las facilidades electrónicas de hoy día. Y que (eso sí es como hoy) para hacerse respetar debía ponerse al nivel de los hombres.

Entiendo que la generación anterior a la mía, en el apartado femenino, ha tenido que ganarse el estatus de igualdad. Ha tenido que sacrificar temas personales para avanzar en su carrera profesional. Y, en cierto modo, ha encontrado una lógica satisfacción en ocupar posiciones de responsabilidad vetadas por ejemplo a sus madres. Y ya no digo a sus abuelas.

Comprendo, además, que no podemos estar siempre hablando de conciliación en clave de género. Y no creo ser sospechoso de hacerlo. No hay más que repasar el post que escribimos en esta misma página titulado ‘¿Por qué ellos no piden la jornada reducida?’. 

Ahora bien, tras hablar con MUCHA gente sobre el tema, me han llegado demasiados inputs como para cerrar los ojos a una posible realidad. Donde si bien es cierto que quienes frenan muchas veces la conciliación son LOS altos directivos, no parece que LAS altas ejecutivas hagan nada por ser diferentes en este aspecto.

El problema, como sucede con el techo de cristal  que acecha a aquellos que quieren teletrabajar y se encuentran con quien les pide presentismo, es que aquellas (o aquellos) que quieren compaginar su vida personal y laboral chocan con el mismo obstáculo. Aunque una jefa debiera en teoría entenderles más.

He estado en charlas, congresos y debates donde se ha confundido la igualdad de oportunidades con la crianza de los hijos. Donde han tenido que ser los hombres quienes protestaran públicamente para tener más días tras el nacimiento de un bebé, en lugar de hacerlo aquellas dirigentes que tenían en su mano dar ejemplo y cambiarlo en sus empresas.

Seamos realistas. Los empresarios que aun hoy presiden la mayoría de las compañías presumen de trabajar de sol a sol. Y se escudan en que con eso han dado pan y educación a sus hijos. Así que no podemos esperar de ellos más que lleguen a la jubilación y den paso a otra mentalidad.

El problema es que eso también ocurre con muchas empresarias. Y no se dan cuenta de que es a través de ellas donde puede comenzar a romperse la baraja.

Como digo, hoy he querido meterme en un charco. Pero lo hago muy a gusto. Y si no, que se lo digan a Marissa Mayer, que tras ser madre en 2012 se incorporó como directora ejecutiva de Yahoo y lo primero que hizo fue derogar los puestos de trabajo remoto para aplicar horario de oficina. En una empresa que basa su éxito en lo digital. Con dos ovarios.

Descubrir que quieres (y puedes) vivir a los 35 y no a los 60

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Vivir a los 35 y no a los 60

Al menos en mi generación, la frase que nuestros padres (aunque quizá más nuestros abuelos) siempre nos intentaron inculcar se resume en ‘trabaja todo lo que puedas mientras seas joven que luego ya descansarás’.

Obviamente, pese a venir de una o varias guerras y de la pobreza extrema en algunos casos, creían en un sistema que premiaba el esfuerzo. Que pagaba pensiones. Y que veneraba a los mayores como fuente de sabiduría y no de problemas.

Curiosamente, su esperanza de vida era mucho menor. Trabajaban en muchos casos más horas de las que curramos nosotros. Y a veces ni aún así les daba. Pero vivían en una era donde los vecinos se ayudaban. Donde en los pueblos te daban una parte del sobrante de la cosecha si sabían que te podía hacer falta. Y donde tu máxima aspiración era poder irte de viaje a algún lugar de España con buenos hoteles.

No tuvieron la suerte de poder comprar vuelos por 25 euros. O de disponer de trenes que recorrieran 350 kilómetros en hora y media. Pero sí había una máxima: si ahorrabas, podías acabar comprándote tu casa. Y los bancos (al menos eso creo) no te engañaban.

Siempre he pensado cómo afrontarían mis abuelos los tiempos del smartphone. Cómo mi abuela materna sería una diseñadora de éxito. Cómo mi abuelo materno regaría sus campos desde una APP. Cómo mi abuela paterna descubriría en internet recetas nuevas de arroz cada día. Y cómo mi abuelo paterno estaría abonado a Spotify y pegado a Skype para ver cómo envejecían sus amigos canarios.

El problema es que quienes recibimos aquella educación todavía no hemos sido capaces de desembarazarnos de ella. Y nos sentimos mal cuando no trabajamos ocho horas. O cuando estamos en el parque con nuestros hijos y sólo pensamos en contestar un mail por el móvil mientras ellos reclaman nuestra atención. Y parece ser que seguimos pensando que ya nos jubilaremos, que como vivimos más años disfrutaremos más de nuestra tercera edad. Y que los ahogos económicos que agotan a los freelance desaparecerán entonces como por arte de magia.

Y no parecemos darnos cuenta de la realidad. Aquella en que una amiga mía de 25 años murió después de salir de una operación rutinaria. O en la que un compañero de trabajo sufrió un infarto con 38.

A ello se une que los ‘gurús’ económicos insisten en que empecemos a ahorrar ya para cuando seamos mayores, sin vivir en una realidad que te dice que si llegas a final de mes con un euro en la cuenta después de pagar los autónomos, el IVA y su p… madre te puedes considerar afortunado.

Todo eso, como hemos repetido millones de veces, en una generación que podría perfectamente trabajar desde cualquier lugar y con cualquier horario. Y aquí pongo un ejemplo personal: en 1996, para enviar una noticia a 30 medios de comunicación, tenía que mandar 30 fax. A dos minutos por operación, una hora. Hoy, introduzco las direcciones en el mail y la mando en décimas de segundo. ¿Hago el mismo trabajo? Sí. ¿Soy peor trabajador? No. Entonces, ¿por qué sigo teniendo que estar una hora si me sobran 59 minutos?

Yo elijo, a mis 37 años, vivir ya por lo que pueda pasar. Estar todo el tiempo que pueda con mi mujer y mi hija. Usar mis descansos en casa para fregar o para ver un Informe Robinson. No proclamar la cultura del esfuerzo sino la de la eficiencia y la productividad. Y disfrutar cada día.

Primero, porque por primera vez en la historia gran parte de la humanidad puede escoger hacerlo. Y segundo, porque aunque parezca un tópico nunca sabes qué te va a pasar mañana. Personal, profesional o médicamente.

Y entonces, como dice Carl Honoré, ya no habrá vuelta atrás. Y los momentos no vividos no volverán jamás.

Todos los cafés no tomados

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Todos los cafés no tomados

Tengo la inmensa suerte de presentar desde hace dos años un programa en Radio Emprende llamado ‘El Mundo Que Viene’ (donde por cierto hablamos en su momento de Mamiconcilia).  En él entrevisto semanalmente a personas que, sin ser gurús ni millonarios, han emprendido, han conciliado y hoy día son felices con lo que hacen. Algo que no le ocurre, según las estadísticas, al 70 por ciento de los españoles.

Precisamente la última conversación la tuve con Víctor Jerez, un estibador de Algeciras con un talento innato para pintar deportes en un lienzo mientras estos se disputan. ¿Qué tiene alguien de su perfil que ver con esta web? Todo. Porque hablábamos que en estos tiempos colaborativos y no competitivos, donde han nacido Uber o AirBnB, el trabajo no te lo dará sólo ser bueno sino tener contactos.

En su caso, una persona le vio. Le encantó lo que hacía. Se lo contó a su grupo de amigos, la comunidad Knowmad en España, que a su vez le pusieron en contacto con el Mutua Madrid Open de Tenis. Allí le encargaron hacer un cuadro de cada uno de los 15 ganadores de su historia y pintar en la pista mientras se disputaban las semifinales y la final. Y Nadal le dio un abrazo. Y Djokovic le dijo que era un artista. Y él ya está convencido de que, tarde o temprano, dejará su ocupación en el puerto para integrarse en aquello que le apasiona.

La frase ‘a ver si quedamos’ es tan común en la gente que trabaja en una oficina como el hecho de tratar de juntarte con un amigo o alguien con quien te interesa profundizar personalmente y no poder hacerlo en dos o tres meses. Y, curiosamente, cuando acabas por fin coincidiendo te das cuenta de lo mucho que os une, de que os empiezan a salir ideas de proyectos conjuntos e, incluso, de que tenéis perfiles que pueden ser contratables por la otra parte.

¿Cuánta gente come junta cada día o cada semana y no sabe a qué se dedica con exactitud su interlocutor? ¿Y cuántas veces ha ocurrido que uno de los dos contrata un servicio y, cuando lo cuenta, le dice el de enfrente que podía habérselo dado él?

Cuando empecé a trabajar en casa me dijeron tres cosas: irás en pijama todo el día, currarás más horas que antes y no saldrás de tu despacho. La primera no es cierta, aunque de vez en cuando llueve fuera y el hecho de saber que puedes estar bajo una manta sin tener que salir ya compensa muchas cosas. La segunda, como explicamos en el post sobre deslinealizar el horario, ya nos hemos encargado de desmentirla. Y la tercera, quizá por mi forma de ser, es absolutamente contraria a la realidad.

Cada día quedo, como mínimo, con una persona. Sea amigo, conocido o cliente. A diario hablo con ellos de lo que hago y ellos hablan conmigo de lo que hacen. Y es en este tránsito donde estoy encontrando más clientes en los últimos tiempos. Más allá de que pueda hacer mi trabajo bien. La clave son las relaciones. Y hoy más que nunca.

Así que saca la cuenta de los cafés no tomados. Hazte un listado. Planifícalos. Y ponte en marcha. Tú quizá aún no lo sepas, pero uno de ellos seguro que te va a cambiar la vida. Y será para bien. Te lo prometo.

Reu-Running y el fomento del deporte en la empresa

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Reuniones corriendo reu running

Vivimos en una era que engloba tres aspectos comunes a todos aquellos que quieren estar inmersos en ella:

El primero, el de la comunicación, donde lo que no se conoce no existe aunque hoy día sea muy sencillo hacerlo público a través de las redes sociales.

El segundo, el de la salud. Cada vez nos preocupamos más por lo que comemos nosotros y nuestros hijos. Tratamos de volver a recetas y alimentos que consumían nuestros ancestros. Y buscamos llenar de vida los muchos años que, si no pasa nada, tenemos previstos vivir.

Y el tercero, el del deporte. Bien sea por unirse a las corrientes, por las crisis de los 40 o por convencimiento, por fin existe un boom que lleva a las personas no sólo a querer cuidarse, sino también a llenar su tiempo de ocio con ejercicio.

Pero, a pesar de todas estas confluencias, da la sensación de que nadie se preocupa por optimizarlas adaptándolas a la realidad de la vida diaria. Y así, los empleados de una empresa difícilmente tienen permiso para ‘venderse’ en internet, al tiempo que pocos disponen de comida saludable allí donde se quedan a alimentarse a mediodía. Y mucho menos les ofrecen la posibilidad de combinar horarios laborales con prácticas deportivas.

Recuerdo siempre un capítulo de la extraordinaria serie ‘El ala oeste de la Casa Blanca’. En él, un asesor del presidente de los Estados Unidos de América debe reunirse con urgencia con el Vicepresidente, pero la agenda de este último dificulta ese encuentro en extremo. Hasta que, a los cinco días de intentarlo, le dice que va a correr 45 minutos por la orilla del río Potomac. Y que si quiere verle y hablar con él, hacerlo juntos es la única alternativa de que dispondrá.

Fue en ese momento, donde además trabajaba con algunas personas vinculadas al mundo del deporte, cuando comencé a poner en práctica aquello. Era evidente que a veces nos teníamos que reunir. Y, además, nos gustaba correr. Así que decidimos ganar tiempo en ambas actividades y unirlas, consiguiendo en una hora lo que en otras circunstancias nos hubiera llevado tres.

¿Por qué en la mayoría de oficinas hay dos baños, pero ninguna ducha? ¿Por qué es socialmente aceptable bajar a tomar un café que dure 50 minutos, pero no salir con un jefe, un cliente o un compañero de departamento a hacer deporte en horario de trabajo? ¿Cómo cambiaría la implicación de una plantilla si dos veces a la semana las reuniones fueran así, o caminando simplemente al aire libre, en lugar de en una sala sin ventanas? ¿Cuánto dinero se ahorrarían grandes corporaciones al fomentar de esta manera la salud de su gente? Es más, ¿en qué nivel se situarían de retención del talento al darles la oportunidad de hacer deporte, otorgándoles de facto a la salida del trabajo más tiempo para ocio y conciliación?

Quedan muchas fronteras por romper en este mundo que viene, pero una de ellas debe ser la de pensar que una oficina es un espacio para estar sentado durante ocho horas.

Y quizá, con un gesto que puede parecer tan pequeño, incluso a aquellos a los que les toca cada día coger el coche para ir hasta un triste polígono industrial, su tarea se les haga más llevadera.

Los directivos que viajan 100 días al año… ¿no trabajan?

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Es curioso el doble rasero que siempre conlleva una estructura vertical. La conciliación apenas se concibe dejando a la fuerza laboral trabajar desde casa o en horarios deslinealizados, pero los conceptos sí se tornan flexibles ante las ausencias continuadas de los directivos más viajeros.

Hoy, seas una multinacional o una PYME, es posible que tengas que hacer algún traslado nacional o internacional a lo largo del año. En coche, tren o avión. Lo que supone horas ‘perdidas’ sobre todo en el primer y el último medio de transporte, por mor de no poder mirar el móvil mientras se conduce o se vuela.

Existe, además, una estirpe de ‘súper jefes’ que están 100 días al año fuera de sus oficinas. Lo que, haciendo números, supone casi el cincuenta por ciento del tiempo laboral anual. No sé si alguien lo ha calculado en estos términos, pero los fines de semana suponen un asueto de 97 días al año, sin contar los del mes de vacaciones. Si unimos a todo ello festividades y puentes, estamos en 150 jornadas de descanso, por lo que quedan 215 de actividad. Resten. Es fácil.

Ahora pueden escudarse en que a través del smartphone, las tablets o los ordenadores pueden estar hiperconectados allá donde se encuentren, pero no hace ni 10 años que esto era imposible. Lo que no significa que no trabajaran, pero sí evidencia que entre el tiempo de desplazamiento, los descansos, las comidas y las cenas, obviamente se realizaban reuniones maratonianas pero no exhaustivas hasta el punto de completar una jornada entera.

Y aun así, ellos mismos demostraban que no hacía falta estar presente en un despacho no sólo para trabajar, sino incluso para dirigir una compañía. Y eran la prueba viviente de que los horarios continuos eran y son absurdos, pues nadie ponía en duda la efectividad y valor de sus actividades.

Es por esto por lo que me sigue sorprendiendo la escasa capacidad y empatía de los directivos para entender la creciente necesidad de la conciliación. Y no tanto en el apartado personal, que también. Sino sobre todo en el productivo. Seguramente, al cerrar acuerdos en Singapur o Brasil, les invadía una sensación de felicidad y de que lo que hacían tenía sentido que les impulsaba a identificarse aun más con su firma. Pero luego eran incapaces de trasladar a su gente ese sentimiento. De hacerles partícipes. De aprovechar el talento del que disponían para incluso mejorar esas perspectivas. Y de ser capaces de retener a personas muy válidas por el simple hecho de tratarles de manera injusta, pues les decían que no se podía hacer algo que ellos mismos estaban haciendo… con éxito.

Las casas se empiezan por los andamios pero, al menos en España, los cambios empresariales deben iniciarse por las cúpulas. Y mientras estas no comprendan que la única forma de sobrevivir es que los mejores quieran trabajar contigo porque les ofreces aquello que otros les niegan, la conciliación seguirá siendo una quimera.

Lo que pasa es que, muchas veces, para los directivos el trabajo es más importante que la familia (no os perdáis el post «Ser padre y directivo«). Y es ahí donde realmente empiezan los problemas

Por qué podemos hacer perfectamente nuestro trabajo en dos horas y media

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hacer networking en una cafeteria

Ya hemos hablado en este blog de la necesidad de deslinealizar los horarios. De que no tiene sentido trabajar de manera continuada cuando hay momentos en los que nadie nos llama ni nos manda correos electrónicos ni nos envía WhatsApp. Son esos, además, los momentos en que deberíamos poder aprovechar para hacer la compra, llevar a nuestros hijos al colegio o al parque o acompañar a nuestra madre al hospital. Y no pasaría absolutamente nada.

Quiero partir en este post de una base: ni los WhatsApp ni los mails se inventaron para ser contestados de manera inmediata. Si alguien tiene una urgencia te llama, porque no puede depender de que estés con cobertura o de no pillarte en una reunión para resolver un asunto laboral fundamental.

Y sin embargo, cada vez que en nuestra bandeja de entrada o en nuestro smartphone aparece un icono nuevo, solemos acabar dejando de lado aquello en lo que estábamos concentrados en aquel momento para ‘quitarnos’ de encima lo nuevo, sin pensar que realmente acaba ralentizando nuestro ritmo de trabajo.

Pongo un ejemplo centrado en lo personal. Imaginad que habéis quedado a comer con un amigo de 14 a 16 horas. En ese tiempo, aunque no lo parezca, se reciben muchísimas notificaciones si incluimos además las redes sociales. Si optamos por consultarlas o contestarlas, las interrupciones serán constantes y la conversación poco profunda y fluida. En caso de no hacerlo y dedicar tiempo a ello al salir del restaurante, tardaremos como máximo siete minutos en liquidarlo todo. Y lo aseguro así porque lo hago desde hace tiempo. Entre otras cosas, porque la mayoría de mensajes recibidos no son importantes ni relevantes.

Y ahora hago un recuento de horas reales trabajadas, tal como describimos en el libro ¿Por qué no nos dejan trabajar desde casa?, en una oficina de 9 a 20. 

– Entrada a las 9. Primer café y comentario de la serie o evento deportivo de la noche anterior. -30 minutos

– 9:30 encendemos ordenador, vemos qué mails tenemos y trabajamos hasta las 11. +90 minutos

– Almuerzo a las 11. En teoría 30 minutos que se suelen alargar. -45 minutos

– Trabajo intenso de 11:45 a 13. +75 minutos

– Pico (demostrable) de entrada en redes sociales una vez terminado el trabajo de la mañana. -60 minutos

COMIDA

– Vuelta a la oficina a las 16. Café de la tarde con los compañeros. -15 minutos

– Trabajo intenso de 16:15 a 19 (en el mejor de los casos). +165 minutos

– Pico (de nuevo demostrable) de entrada en periódicos digitales y redes sociales. -60 minutos

En total trabajamos en realidad menos de cinco horas, donde NO HEMOS CONTADO las interrupciones, las llamadas, las reuniones, las salidas a fumar, los viajes al lavabo o los momentos en los que no entra nada en el correo.

Networking

Aplicado al teletrabajo, acabo el artículo con mi ejemplo. Cada vez quedo con más gente a diario (para los que insisten en que trabajar desde casa te hace un solitario), porque las relaciones personales y profesionales son mucho más importantes y fructíferas que las horas delante del ordenador. Con el móvil, desde cualquier parte, envío correos o respondo WhatsApp. Y al día dispongo de dos horas y media, puesto que llevo y recojo a mi hija del colegio, hago la compra, friego los platos, me voy a correr o salgo al parque. 

Si, como hemos dicho, hay emails que mientras sean respondidos en el mismo día continúan teniendo vigencia, una repasada y contestación de 11 a 12 y otra de 18 a 19, con posibilidad de añadir tiempo cuando acuestes a los nenes de 21 a 22 SOBRAN para gestionarlo todo. Yo lo hago a diario. Y me siguen contratando.

PD.- Quedar con alguien es trabajar. Debe contar como hora u horas laborales, porque aunque estés tomando algo seguramente acabas consiguiendo más de esa persona al sacarla de su habitat habitual y conseguir que se relaje y te escuche mejor

La huella emocional de cuidar a tus hijos

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Niño pensativo, los niños son conscientes de mucho más de lo que creemos
No es ésta una semana cualquiera para hablar de conciliación. Todo el mundo, al menos en España, tiene la imagen de una congresista asistiendo con su bebé a la jura del cargo. En un lugar donde, pese a que luego le dijeron que había guardería (gratuita, por supuesto, no sea que sus señorías paguen algo de su bolsillo y no con nuestro dinero) ella consideró que la alimentación lactante de su hija estaba por encima de sus obligaciones laborales. Fueran cuales fueran.
Es éste un tema muy polémico, con muchas aristas y muchas verdades. No hay una opinión válida absoluta, por lo que mencionamos el ‘incidente’ a modo de introducción para reflexionar sobre algo mucho más profundo. Y que ocurre a padres y madres (sobre todo a madres, por desgracia) demasiadas veces a diario.
No hace mucho un amigo me decía que pasar muchísimo tiempo con nuestros hijos en su tránsito de bebés a niños es una maravillosa experiencia para nosotros, pero que por la fisonomía cerebral que se les estaba formando en aquellos momentos apenas iba a marcarles de cara al futuro.
Es de esta reflexión de la que quiero hablar hoy en este post: para mí eso es una visión parcial, en muchas ocasiones triste y hasta diría que poco verídica. Porque si bien es cierto que los recuerdos comienzan a formarse a partir (aproximadamente) de los cinco años, alguna importancia tendrá para configurar el carácter lo que ocurre hasta entonces. De lo contrario, no valdría la pena llevarlos a la escuela, a la guardería, a inglés o a ballet, puesto que la verdadera configuración de su personalidad no asumiría nada de lo recibido anteriormente.
Mi reivindicación habla de algo que yo siento día a día con mi hija. Sobre lo que he leído poco, porque cuando tú lo ves tampoco buscas documentación que te lo confirme. Y responde al concepto al que me gusta referirme como HUELLA EMOCIONAL. Aquella que cala sin que te des cuenta y que decide más aspectos de la vida del nene de los que podamos pensar.
Con tres años, por ejemplo, ya sabe si su papá trabaja muchas horas fuera de casa. Y le pregunta a su madre cuándo vuelve. Es perfectamente consciente de si son sus abuelos los que la llevan al parque o si son sus progenitores quienes pasan más tiempo con ella. Sabe que los martes va a música y por eso se le dibuja una sonrisa en la cara. E incluso te pide que no te vayas cuando tienes que hacer un viaje.
¿En qué medida son más felices estos niños que aquellos que apenas ven a sus padres en el desayuno y en la cena? Lo ignoro, porque no soy científico ni estudio este tipo de comportamientos. Pero escribo de lo que sé. Y sé que mi hija se pone a saltar de alegría cuando le digo por las tardes que la llevo al parque. Y que me pide que la mire en todo lo que hace. Y que, sin venir a cuento, de repente me mira, me abraza y me da un beso.
No sé si esto lo recordará en el futuro más allá de las fotos que lo documentan, pero me gusta pensar que ésa es la infancia que nosotros les hubiéramos pedido a nuestros padres. Y que, cuando empiece a almacenar pequeñas escenas en su cabeza, hacer algo con nosotros le traiga una sensación de felicidad que, sin saber de dónde viene, le diga que es algo que le gusta.

Foto: Pixabay

 

El ejemplo de Peppa Pig – David Blay

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Muchos de los lectores de esta web son padres y madres. Y dudo que haya uno/a entre ellos que sea capaz de decirme que no ha visto u oído referencia alguna sobre la serie de dibujos animados Peppa Pig.

La irreverencia y deslenguamiento de la protagonista, el dinosaurio de su hermano George, el trato de un ser menor mentalmente hacia su progenitor o el huerto de sus abuelos son lugares más que comunes en todos sus capítulos. Y no, no me he vuelto loco. Hay aquí un mensaje de teletrabajo y conciliación que, lejos de estar oculto, se acrecenta en determinados episodios.

Habrán notado los más avispados que no hemos hablado de Mamá Pig (quien, dicho de sea de paso, se llama Jennifer, como acabo de descubrir para mi sorpresa en Wikipedia). Pero no es ésta la única sorpresa en torno a su figura: se le atribuyen entre 30 y 40 años y una cualidad muy clara: la competitividad.

Para empezar, existe un capítulo entero dedicado a su actividad laboral. Para quien quiera buscarlo en Youtube, es el séptimo de la primera temporada y posee el sugerente título de ‘El trabajo de Mamá Pig’. Algo que no supondría nada extraordinario de no ser por varias circunstancias más que curiosas.

https://youtu.be/yjz_NCCAi0I

El primer plano, por ejemplo, nos enseña a la protagonista en la habitación de su casa (que no en una oficina) tecleando un ordenador. Y, sin embargo, no acaba la cosa ahí, porque su marido aparece en la planta de abajo preparando la comida. Habida cuenta de que él sí suele trabajar fuera de su hogar, ya supone todo un rompimiento de roles clásicos. 

La segunda escena se inicia con la pregunta de los hijos sobre si pueden ver a su madre, a lo que su padre responde afirmativamente aunque advirtiéndoles que no deben molestarla. Segunda lección: aunque se trabaje en casa, hay que delimitar el espacio y aclarar desde el principio que se está realizando una actividad profesional.

Tercera situación: los niños piden sentarse en las rodillas, pero inmediatamente le piden si pueden jugar con la computadora, a la que ella responde que ni tienen que tocarla ni realizar juego alguno. Educación desde niños en la importancia de las tareas.

Y la última circunstancia: por supuesto, los nenes tocan el teclado y se estropea el ordenador. Sube el marido (aún quedan tópicos inevitables) y sin saber muy bien cómo lo arregla, para acabar jugando con sus niños y demostrando que se pueden tomar pausas incluso en los momentos más críticos.

Todo esto en apenas cuatro minutos, narrado con naturalidad y enfocado a millones de miniespectadores en el mundo. ¿Cómo habrá impactado eso en los niños que vean a sus padres salir a las ocho y volver a las nueve a casa? ¿Le preguntarán a su mami si puede trabajar en casa en lugar de en la oficina?

Y es que podría parecer banal, pero éste sea posiblemente uno de los mayores, más amplios y virales mensajes de conciliación que se haya enviado desde una serie infantil que se emite en todo el planeta. Lo único que me queda por saber es quién fue el (o la) guionista. Y darle las gracias.

¿Y cómo co… trabajo por objetivos?

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pensando en trabajar por objetivos o pensando en esos objetivos

Tengo un amigo cocinero, con una Estrella Michelin nada menos, que hace un año decidió salir del restaurante en el que estaba (porque no era suyo, sino que trabajaba en él) para volar por su cuenta. En pocas palabras, se hizo autónomo. Hoy, 365 días después, sigue yendo de cabeza, no sabiendo si decir SÍ o NO a propuestas de clientes diversos y absolutamente desbordado por el día a día.

Y sin embargo, en ese tiempo ha abierto un local único, cuyas reservas empiezan a funcionar con apenas tres meses de vida y tiene proposiciones que van desde asesoramientos a marcas de alto nivel hasta puesta en marcha de conceptos culinarios innovadores en diversas ciudades de España. Algo que no ha sido capaz de ver y valorar hasta que se ha ido 20 días de ‘vacaciones’ a su país y ha mirado su fulgurante trayectoria con la perspectiva que exigen este tipo de cambios.
 
Recientemente me decía que mi profesión debería ser la de ‘coach de nuevos freelance’, porque hubo un momento en que iba tan de cabeza que decidí llamarle una vez al día para darle ánimos, escucharle y darle consejos sobre situaciones por las que yo ya había pasado. Más que nada porque, como insisto e insistiré en cada post, nadie en España nos prepara para trabajar por nuestra cuenta. Ni Universidades, ni Master ni apenas libros. Y cuando uno decide emprender se acojona vivo (perdón por la expresión).
 
Esta conversación entroncó con el correo que me envió la creadora del movimiento Mamiconcilia, Usúe Medinaveitia, que se encuentra más o menos en la misma tesitura tras haber decidido establecerse por su cuenta y que me instó directamente a escribir este artículo.
 
La pregunta es: ¿quién ha trabajado por objetivos alguna vez en la vida? Y la respuesta es que sólo hay tres perfiles: los comerciales, aquellos que se encuentran en una cadena de montaje y los deportistas de élite.
 
Los primeros tiene un mínimo que facturar o vender al mes y si lo consiguen antes de que venzan los días reglamentarios pueden optar por dos posibilidades: adelantar algo para la tanda siguiente o levantar un poco el pie. Volveremos sobre esto porque, trasladado al día a día de un autónomo, supone un problema serio.
 
Los segundos no tienen más remedio que cumplir órdenes: si hay que sacar 100 coches en un día, hay que sacarlos y punto. No hay componentes de planificación, aunque sí cuentan con una ventaja: son de los pocos a los que sus jefes les dicen directa y claramente qué tiene que hacer, cómo y en cuánto tiempo.
 
Y los terceros, a inicios de cada temporada, tienen claro a qué aspiran, aunque luego las circunstancias (como también ocurre en la vida real) obligan en muchas ocasiones a cambiar las perspectivas.
 
Dicho esto, el resumen de cómo trabajar por objetivos por primera vez en tu vida si eres freelance es el siguiente:
 
  • El domingo por la noche usa 15 minutos para planificar tu semana. Te facilitará el inicio de tus tareas el lunes, te evitará la tensión de no saber si llegas o no a todo y te predispondrá para ser consciente del esfuerzo laboral que debes afrontar en cada jornada.
  • Ponte un número de cosas que puedas hacer y unos horarios cumplibles. SI debes entregar un informe largo a las 11 no te pongas luego una reunión en la otra punta de la ciudad a las 11:30 porque no llegarás, te agobiarás y acabarás descuadrando la planificación.
  • No hay que llenar todos los días con 20 tareas. Entre otras cosas porque no hay 20 tareas que hacer al día. No te sientas culpable por ello, porque ya no tienes que seguir un horario (ver post anterior donde hablamos de deslinealizar el mismo).
  • Los mails y los WhatsApp no se inventaron para ser contestados de inmediato, porque si alguien tiene una urgencia te llamará. Busca un hueco durante la mañana y otro por la tarde para responderlos. Verás que ganas en eficiencia y que ninguna empresa quiebra por ello.
  • Si un día has acabado pronto, PARA. Entiendo que en una oficina, como cuando esto ocurre no tienes más remedio que seguir delante del ordenador, no puedas hacerlo (aunque los cigarritos, los cafés, los aperitivos… no dejan de evidenciar que la cosa está terminada) pero en la tuya sí. Has hecho lo que tenías que hacer. No sigas. No adelantes faena. Nadie ganó días libres por hacer esto… Nunca.
  • ¿Tienes cinco llamadas que hacer? Agrúpalas todas, sal a la calle y hazlas mientras das un paseo. Ahorrarás tiempo, respirarás aire puro y seguramente te vengan a la cabeza soluciones que no aparecerían mirando a una pared.
  • Si tienes algo importante que escribir o realizar, desconecta los datos del móvil. Te sorprenderá lo eficiente que puedes llegar a ser sin interrupciones y descubrirás al encenderlos de nuevo que puedes gestionar lo que te piden por ese canal en menos de 10 minutos.
  • Como nadie te vigila, tenderás a trabajar hasta tarde porque te sentirás culpable. La pregunta es ¿por qué, si has acabado lo que te han pedido o lo que tú te habías propuesto?
  • Usa el viernes para hacer informes de todo lo conseguido durante la semana. Ayudará a las personas que te hayan contratado de forma externa a valorar tu labor y a ti a darte cuenta del currazo que te has pegado.
  • Y, como último consejo, GANA 19 minutos viendo la charla TED de Jason Fried titulada ‘Por qué el trabajo no ocurre en la oficina’. Después de eso, lo entenderás todo

 

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