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David Blay

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Un día decidí que no quería tener horarios ni soportar jefes bipolares... y así sigo hasta hoy. Desde hace más de 15 años asesoro a deportistas y empresas sobre cómo presentarse a los medios de manera noticiable. Narro eventos deportivos en Radio Marca. Y soy autor del libro 'Por qué no nos dejan trabajar desde casa?'. He visto crecer a mi hija de tres años. Y aun así me pagan y sobrevivo

La clave para conciliar es… delinealizar el horario

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Leí hace poco en un post compartido desde esta web a una pareja que, tras muchas intentonas de conciliación, había decidido cambiar radicalmente sus horarios a nivel personal y laboral. Su solución fue la de levantarse muy temprano (las cinco de la mañana) y aprovechar las primeras luces del día para trabajar sin molestias, de tal modo que cuando se despertaban sus hijos ya habían adelantado muchísima faena y podían dedicarles más tiempo de calidad.

Esto, obviamente, implicaba una disciplina muy grande entre semana, que suponía cenar pronto y acostarse aún más pronto, renunciando a hobbies como pasar tiempo en pareja, ver series o salir a cenar. Lo que, si bien es cierto que le ocurre a la mayoría de los contratados (o autónomos) hoy día, no deja de suponer una quita a aquello que mereces.

Hoy me gustaría haceros un regalo desde este post: como habréis visto en mi biografía, escribí un libro llamado ‘¿Por qué no nos dejan trabajar desde casa?‘. Y en él, al margen de tratar de guiar a los ‘novatos freelance’ en cuanto a iniciar su existencia como tales, analizaba por qué la sociedad nos ha llevado a dedicar más horas a lo profesional que a lo personal.

Hay dos claves que apuntaré hoy aquí: la primera es que nos han educado para sentirnos culpables. Culpables por disfrutar de nuestro ocio cuando (según dicen) deberíamos estar rindiendo laboralmente. Algo que arrastrará tanto mi generación como la anterior a la mía aunque no quiera y que resumo en el primer capítulo.

Y la segunda es que, al parecer, para conciliar hay que seguir un horario lineal. En Iberdrola, por ejemplo, se congratulan de que su gente sólo debe estar en la oficina de ocho a tres, cuando esta circunstancia supone que NUNCA pueden llevar a sus hijos al colegio a la hora a la que entran y que JAMÁS pueden llevarlos a comer a casa (salvo en la comunidades donde no hay clases por la tarde).

Por eso, pese a que en algunas de las cosas que exponía aquella pareja me identifico, hay una que me subleva. Y es el hecho de no poder despegar nuestra idea asalariada de que sólo podemos ejercer nuestra profesión en horas consecutivas. Como si en las medias jornadas o incluso en las completas todos estuviéramos al cien por cien todo el tiempo.

El problema real es que, cuando tu jefe no te tiene delante, se pone nerviosito y te llama para ver qué haces. Y tú, que podrías hacer la compra a las 11 de la mañana, salir a correr a las cinco de la tarde o simplemente irte al parque con tu hija (teniendo el móvil a mano, sí, pero no obligándote a estar sentado haciendo el canelo delante de un ordenador donde ya hace tiempo que finalizaste tus tareas), vives en ese temor y no te mueves de casa. Lo que me lleva a la pregunta: ¿qué diferencia hay entre no moverse del escritorio de una oficina o del de tu domicilio? Y a una respuesta muy sencilla: ninguna.

Si habéis leído el capítulo del libro que os he adjuntado, seguramente os sentiréis identificados. Pero también deberéis empezar a pensar algo y, sobre todo, a educar en ello a aquellos con quienes trabajáis: cada día hay que establecer objetivos, no horas, y cuando acabes los primeros has acabado tu jornada. Hayas tardado 30 ó 300 minutos. Y da igual que lo hagas de cinco de la mañana a una de la tarde que optes por buscar un rato a mediodía, otro a la hora de comer y otro por la noche.

Al final, si el directivo (ese es otro cantar) tiene claro hacia dónde va su empresa y qué necesita de ti, lo normal es que sea capaz de mandarte un planning semanal. Y, si trabajas por tu cuenta, tú mismo serás quien deba hacerlo. Y, al final, cuando te pregunten qué horario tienes no sabrás qué responder. Pero sí tendrás dos argumentos: que cada día es diferente pero eres una persona eficiente y que eres capaz de organizarte para disfrutar, por fin, de una verdadera conciliación familiar.

¿Por qué ellos no piden la jornada reducida?

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Por qué ellos no piden la jornada reducida

Para quien haya leído el libro de Katherine Pancol ‘Los ojos amarillos de los cocodrilos’, lo que voy a contar no le sonará a nuevo. Sin hacer spoiler de ningún tipo, únicamente desvelaré que uno de los escasos personajes masculinos de la trama (empresario de éxito) decide en un momento de su vida que no quiere trabajar por las tardes porque prefiere dedicarse a jugar con su hijo. Y así lo hace. Y su negocio no sólo no se resiente, sino que mejora incluso un poco más.

Hasta hoy hemos vivido en la era de la desconfianza laboral: la de los jefes con sus empleados por si se escaquean o usan las redes sociales en el trabajo (algo obvio cuando no les dejan marcharse a casa una vez han finalizado sus tareas) y la recíproca de los trabajadores hacia sus superiores por no reconocerles casi nunca los méritos.

Y, en medio de esta circunstancia, subyace un paradigma heredado de la era predemocrática que dice que, al nacer un hijo y encontrarse en casa con dos progenitores que desempeñan una tarea profesional, casi sin tener que debatir son las mujeres quienes piden la jornada reducida. Algo lógico durante un tiempo si se le quiere dar pecho al recién nacido pero que, una vez pasada esta etapa, es totalmente absurdo.

Podría parecer machista el planteamiento, pero no lo es si atendemos a los estudios salariales: los hombres ganan más que las mujeres por lo que, al margen del rol cuidador preestablecido, suele ser mejor para la economía familiar que él mantenga la jornada íntegra.

Sin embargo, esta circunstancia cambia (o debería hacerlo) en la era freelance del teletrabajo. Por supuesto, hablamos desde una perspectiva de un autónomo (a veces falso autónomo) que sólo trabaje para un cliente determinado, pero es igualmente válida para aquellos a los que les exigen mediante programas informáticos un horario determinado.

Hoy, los profesionales no contratados establecen sus tarifas. Y, al contrario de lo que ocurre en muchas empresas, no hay discriminación monetaria por sexos. Si tú buscas a alguien bueno para un proyecto determinado, en plataformas como Nubelo explicas el perfil que necesitas y los emolumentos y te da igual si es mujer, hombre o extraterrestre, mientras cumpla con lo pactado.

Así pues, en este escenario nos encontramos con dos nuevas opciones: que, aun trabajando ‘a la vieja usanza’, la voluntad del padre sea la de pasar más tiempo con su hijo y por lo tanto plantee una reducción de jornada (algo muy poco común) o incluso que éste sea freelance y pueda organizarse de tal modo que concilie de una manera más sencilla que con los habituales horarios a los que estamos acostumbrados. Pudiendo incluso ganar más dinero por no estar obligado a atenerse a jornadas rígidas sino pudiendo planificarse en función de sus necesidades diarias.

¿Qué haríamos con tres horas más al día?

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Analizábamos en el libro ‘¿Por qué no nos dejan trabajar desde casa?’ la realidad de la jornada laboral de ocho horas en España. Y no es otra que la escasa utilización de cinco de ellas de forma eficiente. Lo recordamos brevemente.

Al entrar nos hacemos un café y comentamos la serie de la noche anterior (-15 minutos). Encendemos el ordenador, descargamos el mail, hacemos las primeras tareas y nos vamos a almorzar (-30/45 minutos). Volvemos a trabajar y la última hora la usamos para consultar temas personales o redes sociales (-60 minutos). Después de comer, nuevo café para despejarnos (-15 minutos), trabajo intenso sin interrupciones y nueva última hora ‘muerta’ por haber finalizado nuestras tareas.

Son muchísimos los artículos que en los últimos tiempos vuelven a hablar del presentismo, de sus alternativas y de los (escasos) modelos de empresas que apuestan por la conciliación, no sólo para hacer más felices a sus trabajadores sino también como modo inequívoco de aumentar su productividad.

Dos de ellos son especialmente sintomáticos: el hecho de que la ciudad de Göteborg esté implantando una jornada de seis horas para sus funcionarios y que Netflix vaya a otorgar permisos indefinidos de maternidad y paternidad.

Situándonos en el mundo ideal al que pretenden acceder #Mamiconcilia y #Papiconcilia, nos hacemos una sencilla pregunta: ¿qué podríamos hacer con tres horas más al día, sabiendo que en las cinco restantes hemos demostrado ser sobradamente productivos?

Pongamos un ejemplo basado únicamente en los postulados del movimiento: ganaríamos una hora para dejar y recoger a nuestros hijos en el colegio, sin los agobios de tener que dejarlos antes por no llegar a la oficina. Dependiendo de si estuviéramos cerca o no, podríamos incluso plantearnos comer con ellos en casa. Pero, dejando de lado algo que puede parecer complicado en grandes ciudades, las dos horas restantes nos darían tantas posibilidades como hacer deporte, leer, descansar, visitar a algún familiar, hacer la compra para dedicar el tiempo que usábamos para ello a nuestros hijos o incluso mejorar nuestra formación.

¿Alguien duda de que, en estas circunstancias, acudiríamos más motivados a trabajar, estaríamos más identificados con la empresa y ello supondría un beneficio mutuo en los tiempos del ‘burn out’ y la fuga de talentos?

Pues sí, alguien lo duda: los ‘empresaurios’ que siguen presumiendo de trabajar más horas que nadie. A ellos va la cuestión que cierra este post: ¿cuando llaman a un fontanero, quieren que le arregle la tubería rápido o que se pase una jornada entera analizando las posibles soluciones?

Pues eso.

¿Y si tu mejor trabajador viviera en Arkansas? – mitos sobre el teletrabajo

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y si tu mejor trabajador viviera en arkansas, seguro no controlarías tanto su presencia como su productividad
No hay mejor sitio que esta web para evidenciar que, aun llenándose la boca de muchas personas de la necesidad de conciliación, cuando ésta se presenta realmente todo son problemas: que si los niños no nos dejan trabajar, que si nadie entiende en casa que cuando estoy delante del ordenador no puedo bajar a hacer la compra, que si acabo trabajando más horas que antes…
Todos estos mitos sobre el teletrabajo, uno a uno, los iremos tumbando en este blog una vez al mes. Porque, para entender la conciliación, sólo nos falta una cosa: educación. En ningún colegio, instituto, universidad o escuela de negocios se imparte nada parecido a la realidad laboral en la que vivimos. Una vez más, nuestras necesidades van muy por delante de la formación. Y, como esto difícilmente cambiará a corto plazo, lo mejor es ir ‘ingiriendo’ píldoras de conocimiento por parte de aquellos que llevamos algunos años practicando el ensayo-error. En la vida real. No en conferencias de jefes que dicen una cosa y de puertas para adentro hacen otra completamente distinta.
Para empezar, y esto es lo más complicado, quien debe entender dónde estamos y cómo hacernos mejorar es el directivo. Éste puede decir que cree en los horarios flexibles o incluso en el teletrabajo, pero si nos manda a casa sin habernos enseñado a desenvolvernos en él fracasaremos. Y él (o ella. A veces son más implacables las mujeres, cuando curiosamente son las que luego más claman públicamente por este hecho) dirá que lo ha intentado pero que no funciona. Y vuelta a la oficina y a las ocho horas. Como si un niño fuera a marcar un gol por la escuadra cuando todavía nadie le ha enseñado a andar.

Primer mito: El control sobre los trabajadores

El gran problema reside en la necesidad, al menos en España, de tener ‘controlados’ a los trabajadores como si fueran súbditos. En el estigma de que ‘si no te veo es que no estás currando bien’. Al que, por cierto, han contribuido también los muchos ‘escaqueadores’ que hasta ahora se refugiaban en grandes empresas mientras otros acababan cargando con la mayoría de las tareas. Como esos compañeros de Universidad a los que nunca querías en tu grupo para presentar una ponencia porque sabías que acabarían no aportando nada más que excusas.
Y, sin embargo, casi todo lo hacemos hoy por ordenador. Un contable, un funcionario que no se encuentra cara al público, un periodista, un publicista, un diseñador, un escritor, un directivo de una multinacional, un profesor de enseñanza a distancia, un inversor, un psicólogo… Todos pueden (y muchos lo hacen) realizar su trabajo a distancia. Pero la mayoría, por esa falta de educación que citábamos, acaba pasando más horas que antes delante del ordenador por la culpabilidad del ‘que no digan que no estoy trabajando’.
Por eso concluimos este primer post con una pregunta: ¿qué harías si tu mejor trabajador viviera en Arkansas? Con total seguridad, ni controlarías sus horarios (con el cambio sería más difícil) ni te importaría cuándo lleva a sus hijos al colegio ni si sale a correr por la mañana o por la tarde. Le pedirías resultados y, si te los da, incluso presumirías de ellos.
Entonces: ¿por qué no dejas conciliar a la gente de tu alrededor?