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Y un día dije basta – Testimonio de Albert Solé

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Albert Solé Bonamusa
Periodista
Nacido en 1977
@araalbertsole

2 hijos (2009, 2012)

No poder acompañar a mis dos hijos a dormir ningún día entre semana me consumía por dentro. También me mataba ver como mi mujer se ocupaba de todo en casa -yo como mucho la podía ‘ayudarla’ de vez en cuando-. Ella hacía lo imposible para conseguir, después de trabajar, recoger a los niños de la escuela, llevarlos a las extraescolares, recogerlos de nuevo, ducharlos, ayudarles con deberes, hacerles la cena y contarles un cuento antes en la cama. Yo llegaba cuando la casa ya estaba en calma, la cocina recogida y ella ya dormía en el sofá agotada. Y encima, cuando le golpeteaba levemente el hombro para decirle que ya había llegado y que podía ir a dormir a la cama, todavía tenía tiempo de decirme, ‘lo siento, no te he dejado nada para cenar’. Tocado.

Siempre me había dicho a mí mismo que yo no sería como los hombres de la generación de mis padres -y anteriores- que se pasaban el día trabajando y dejaban que la casa la llevara toda la mujer. ‘Yo soy un hombre moderno’, me decía cuando era joven. Y sigo pensando que lo soy pero, casi sin darme cuenta, un día me miré al espejo y mi vida se asemejaba demasiado a aquella de la cual me quería desmarcar.

En casa nunca hicimos un planteamiento de, ‘yo haré carrera profesional y tú no’. Salió así. Los dos empezamos a trabajar de ‘peones’ en nuestros respectivos trabajos, y yo, sin ambicionarlo ni buscarlo, tuve la oportunidad de subir algún escalón. Yo siempre le consulté a mi mujer cada vez que tuve sobre la mesa una oferta de ascenso, y le planteaba mis dudas puesto que el horario se me complicaría más todavía, pero ella siempre me animó a aceptarlo. Mi trabajo es de esos vocacionales y por eso siempre me espoleó a crecer y nunca me pidió que lo dejara. Pero a veces los ojos dicen más cosas que las palabras.

Mi trabajo es muy absorbente y tiene un horario incompatible con la conciliación familiar. A menudo lo comparaba con el cocinero de un restaurante que, por mucho que quiera, su horario laboral implica por narices no cenar nunca en casa y acabar el turno siempre tarde. Y si quiere llegar antes a casa, la única opción es cambiar de trabajo.

Durante mucho tiempo disfruté mucho mi profesión, hasta que el peso de todo lo que me perdía en casa -pasaban cosas importantes y yo no estaba casi nunca- hicieron que dejara de compensarme. Me seguía gustando -y me gusta mucho todavía- mi trabajo, pero ya no lo disfrutaba igual. Mis dos hijos iban creciendo y cada vez eran más conscientes -y lo verbalizaban-, que ‘el padre no está nunca a casa’. Uno de los días que el dardo se me clavó profundamente en el corazón fue cuando le pregunté a mi hijo grande -8 años- si quería que lo apuntáramos los sábados a un centro de actividades para niños -un ‘Cau’ en catalán- donde van muchos de sus amigos. Su respuesta fue que no quería porque los fines de semana eran los únicos días que me veía y podía jugar conmigo. Tocado y hundido.

Y dije basta. Hablé con los responsables de mi empresa para pedirles un cambio de ubicación dentro de la oficina para tener otro horario que fuera compatible con la conciliación familiar. Sabía que no sería fácil porque dentro de la empresa no hay muchas alternativas, pero me lo concedieron y les estoy muy agradecido. Pero tuve que renunciar al cargo.

Ahora me ha cambiado la vida completamente. Hago un horario compactado por la mañana y tengo toda la tarde para repartirme con mi mujer quién va a recoger a los niños a la escuela, quién los lleva a la piscina, a la academia de inglés o a danza, y quién va a comprar al supermercado. Ahora ella los jueves puede ir a cenar con las amigas, ya que antes siempre tenía que decir que no podía porque yo todavía no había llegado a casa. Ahora les preparo la cena a mis hijos y los pongo a dormir casi cada día. Menos el día que tengo partido de fútbol con los amigos por la noche. Partidos a los cuales había renunciado porque no llegaba nunca a tiempo.

Los que me conocen me dicen que me ha cambiado la cara. Seguramente tienen razón. Yo me siento mucho mejor. A quien sí que veo que les ha cambiado la cara es a mi mujer y a mis dos hijos. He renunciado a algunas cosas, pero he ganado muchas más. Pero hay una pregunta que me ronda hace tiempo por la cabeza: ¿sería posible tenerlo todo?

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Sé el cambio… – Stpehanie Marko

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Stephanie Marko
1970
CEO Stikets
3 hijos nacidos en 2002, 2004 y 2007

 

Ya hace más de siete años, estaba en la cama con nuestra hija pequeña enferma.

Ella acababa de dormirse y, en el silencio de la noche, me quedé pensando. Hacía tiempo que daba vueltas a la idea de crear una empresa. Pero al hacer una lista mental de todo lo que había hecho ese día, me preguntaba a mí misma: “¿dónde puedo encontrar más horas al día para poner en marcha una empresa?”.

Después recordé que había leído en el blog de una madre emprendedora que ella trabajaba durante la noche, cuando dormían los niños. Llegué a la conclusión que, si no había dormido una noche entera desde que nació nuestro primer hijo 8 años atrás, ya no importaba prolongarlo algunos años más.

Así tomé la decisión de crear Stikets, una empresa dedicada a fabricar etiquetas para marcar las pertenencias de las familias y, sobre todo, los zapatos de mi hijo mayor, el problema original que me puso en el camino de ser una madre emprendedora. En el momento de tomar la decisión, también decidí que no sería una empresa como son habitualmente las españolas. Sería una empresa donde yo, como madre, podría trabajar tranquilamente sin renunciar a mis ideales de ser mama y donde, como profesional, quisiera trabajar, con oportunidades de crecimiento y con estimulación intelectual.

Con estas ideas claras, empecé a crear, a la vez, productos de alta calidad para nuestros clientes y un concepto de empresa de alta calidad para nosotros, el equipo de Stikets. Establecimos que el horario de oficina sería de 9 a 17h, con entradas y salidas flexibles según la necesidad de llevar y recoger a los niños en la escuela.

Pero el horario sólo es una parte de nuestra filosofía “family friendly”. También pusimos toda la información en la nube, para poder trabajar desde casa cuando era necesario, mientras los niños hacen extraescolares o por la noche, cuando todos estaban durmiendo. Creamos espacios en la oficina con juguetes y pusimos usuarios para los niños a los ordenadores. De esta manera pueden venir a jugar, hacer deberes, merendar o lo que necesiten mientras sus padres trabajan.

En Carnaval, hacemos una fiesta en la oficina y todas las familias están invitadas. Así, los niños y otros familiares y amigos saben dónde trabajamos y con quién pasamos el día. Además, sirve para crear más empatía dentro del equipo. Una empatía que también sentimos hacia el compañero cuando recibe una llamada y debe marcharse del trabajo para atender una urgencia familiar o simplemente cuando quiere ir a ver un festival de la escuela o un partido.

Desde fuera, a veces, puede parecer que somos “happy flowers” y que no trabajamos mucho. Pero es justo a la inversa. El hecho de reconocer que tenemos responsabilidades fuera del trabajo hace que, durante el día, vayamos al grano. Tenemos objetivos que conseguir y tareas para terminar antes de las 17h. Igualmente, como sabemos que tenemos la posibilidad de salir por la razón que sea, no tenemos ningún problema en volver a trabajar más tarde u otro día. Nuestro funcionamiento se basa en el equipo, y todos damos y recibimos.

Como profesionales, Stikets nos da espacio para correr. Siempre pensamos en grande y soñamos aún más allá. Queremos crecer al máximo en todos los sentidos y no tenemos tiempo que perder. Todo lo que hacemos está ligado con todo el equipo y tenemos que trabajar conjuntamente para salir adelante. El trabajo no es fácil pero nos encantan los retos y nunca estamos aburridos.

En resumen, con la creación de Stikets, yo quería generar el cambio que me gustaría ver en el mundo, un mundo donde las empresas y las organizaciones reconozcan que todos nosotros tenemos muchos títulos diferentes: madres, padres, hermanos, hijos, amigos, entrenadores, mentores, voluntarios, deportistas, profesionales … y que hay momentos de nuestras vidas, en los que necesitamos dedicar un poco más de tiempo a alguno de estos cargos que a los demás. No hay nunca un equilibrio total, siempre hay una mezcla de todas nuestras identidades. Cuando tenemos esto claro es el momento de trabajar al máximo para ser los mejores en todo lo que hacemos en nuestras vidas. Porque, al final, sólo tenemos una vida y queremos vivirla al máximo.

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Un año en casa en familia – Testimonio de José Reboll

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Jose Reboll
1970
Fontanero reinventado a cocinero por la crisis
Dos hijos mellizos (nacidos en 2017) de 11 meses

Me llamo Jose, soy cocinero y tengo 47 años. Voy a contar mi caso sobre la conciliación familiar.

Cuando regresé al trabajo después de las vacaciones dije que teníamos que mirar lo del permiso de paternidad porque para febrero iba a ser padre, esa misma semana cambiaron el permiso de 2 a 4 semanas y estábamos muy contentos.

No sospechábamos que quince días mas tarde estaría en el paro por despido improcedente.

Me pude dedicar mas tiempo a mi mujer y las citas médicas y el día programado nacieron los mellizos, muy sanos, en cambio mi mujer tuvo complicaciones y pasó un mes en la uci, así que durante ese mes estuve con los bebes y con ella.

Pasado el mes me llamó mi jefe para que volviera a incorporarme a mi antiguo puesto de trabajo , esta claro que lo que no querían era pagarme el mes de baja, lo bueno es que pude negociar las condiciones y tener un horario mejor para mi conciliación familiar.

Todos conocemos los horarios de la restauración y lo difícil que resulta conciliar, y no solo a nivel familiar, pero de poco sirven las leyes si después las empresas no las cumplen.

He tenido experiencias parecidas con el tema de las vacaciones, que te echan y te vuelven a contratar, por desgracia una práctica bastante habitual en nuestro país y no solo en mi gremio.

La reincorporación al trabajo no fue tan agradable como esperaba y en seguida noté en mis
compañeros un cambio de actitud por mi nuevo horario, hecho que junto con la situación que vivíamos en casa, con mi mujer aún convaleciente, dos bebés, sin ningún tipo de ayuda familiar ya que nuestras familias viven lejos, y varios intentos fallidos de contratar ayuda externa de confianza, hizo que mi mujer y yo tomáramos la decisión de que yo pasara un año en casa con ellos.

A nivel económico no es rentable , pero a nivel emocional no lo cambio por nada , mi ilusión era ser padre y lo he cumplido y estar con mi familia es lo mas maravilloso del mundo.

También estamos aprovechando para reformar la casa a la que nos mudaremos, cerca de mi familia, ya que en este tiempo solos hemos descubierto la necesidad de tener ayuda frente a cualquier imprevisto.

Con los niños en el colegio la conciliación familiar será más fácil, aún así espero encontrar un trabajo con un buen horario.

Tengo claro que en mi próximo trabajo primará el horario sobre el sueldo pues para mí ahora lo más importante es pasar tiempo con mi familia.

Lo ideal sería tener el mismo horario que el resto de la plantilla ya que los compañeros no ven tu sueldo o el trabajo que realizas y solo comparan tus horas con las suyas lo que crea conflictos.

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Barriendo preguntas incómodas

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Nacida en 1983

1 hija nacida en 2016

Antes de seguir. O, mejor dicho, antes de empezar, creo que este es un testimonio de conciliación incompleto porque conciliar, conciliar, aún no he llegado a conciliar. Me refiero a que mi hija tiene un año y medio y yo aún no sé lo que es la vida compaginando su crianza con un trabajo remunerado. Durante muchos meses, todos los que pasé buscándola y más de la mitad de mi embarazo, traté de organizarme mentalmente y de visualizar mi vida saliendo de casa para dejar a mi hija en la guarde, llegando a la oficina apurada, como muchas de mis compañeras, haciendo recados a la hora de comer y ya en casa, cena, baño, pijama. Lo normal. Eso es lo que iba a pasar a las 16 semanas, 13 días de lactancia y 30 días de vacaciones después de dar a luz.

Y con eso en mente, empezó un peregrinar de barriga por las diferentes guarderías del barrio: que si la comida casera o de catering, que si ratios de niños por educador, que si juego libre o fichas, que si yo la dejo y tú la recoges… Y me di cuenta de que no quería vivir así mis primeros meses de maternidad. O, de manera más concreta: de que ni el ambiente ni las condiciones de mi trabajo, una subcontratación ya muy dilatada en el tiempo, ni mi sueldo, compensaban que yo tuviera que apuntar a mi hija a una guardería antes de nacer y después dejarla allí toda una jornada. Así que, sí, a ver si soy capaz de escribirlo sin cargo de conciencia: me pedí una excedencia de un año para cuidar de mi hija. Porque sentí que era lo que tenía que hacer en ese momento concreto de mi vida.

Pero también porque es un derecho. La empresa nunca me lo negó, pero cuando quedaba cerca de un mes para reincorporarme al trabajo, y aún de excedencia, la historia volvió a dar un giro. Pedí a la empresa que me aclarara unas dudas sobre una posible reducción de jornada que me permitiera organizar la vuelta. No llegaron a preguntarme cuánto tiempo pensaba reducirme, si media hora o medio día, y se dedicaron a darme largas telefónicas hasta que finalmente me citaron en las oficinas. Mucho despliegue para un simple cálculo de sueldo, que era lo que yo les pedía.

A partir de aquí, y sin entrar en detalles, resulta que mi puesto había desaparecido misteriosamente, aunque hubiera una sustituta ocupándolo desde que yo me di de baja, que la reincorporación no iba a ser tan fácil y que… Acabamos en la Plaza de los Cubos firmando un acuerdo de conciliación.

Sí. Sé que era denunciable, que, de haberlo hecho, probablemente habría tenido derecho a una reincorporación -todos los días me lo recuerda el angelito o el demonio de mi hombro-; también que para defender los derechos de las personas hay que empezar por reclamar los propios. Todo eso me hubiera dicho a mí misma hace algunos años.

Pero también sé, no lo imaginaba entonces, que hay que verse llegando cada mañana a un sitio en el que, básicamente, no te respetan ni te quieren y en el que, ya te has ganado todos los puntos, te van a tocar los peores trabajos…

Este no es, ya digo, un testimonio de conciliación laboral y personal, pero me permito enviarlo a #mamiconcilia porque quizá también sea necesario, o al menos pueda aportar algo, hablar sobre cómo se concilian el desempleo y la maternidad, la incertidumbre y el día a día, o, por qué no, la injusticia y la esperanza o el optimismo.

Yo, de momento, trato de conciliar mis ganas de hacer cosas nuevas y de seguir avanzando profesionalmente con las de disfrutar de mi hija y atenderla, el tener que volver a la casilla de salida para encontrar un nuevo trabajo con el hecho de que la partida de mi maternidad ya había empezado y todo lo que ello conlleva.

Siento, a pesar de todo, que va ganando lo bueno. Que ahora tengo una nueva oportunidad. Pero todos los días empiezan barriendo la casa, que es ahora mi oficina a la fuerza, y, lo confieso, escondiendo debajo de la alfombra un montón de preguntas incómodas: ¿Y si quiero tener otro hijo? ¿Y si no encuentro trabajo? ¿Y si lo encuentro y me vuelven a despedir si me quedo embarazada? Y si…

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Si no ganas dinero, te expulsan del mundo – Noemí Martínez

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Noemí Martínez

Nacida en 1976

@costurerasvoz

1 hijo nacido en 2014

Periodista

www.lavozdelascostureras.com

www.noemimartinezperez.com

Como me dijeron a los 20 años, cuando estudiaba y trabajaba al mismo tiempo, “no se puede tener el culo en dos asientos”. Y cada día de mi actual vida, como madre que trata de tener ingresos, recuerdo esa sentencia. Y tanto que no se puede tener el culo en dos asientos. O crías o desarrollas una profesión. Porque no es posible hacer las dos cosas al mismo tiempo.

Me encantaría dar testimonio de mujer emprendedora que saca un negocio adelante y atiende amorosamente a su hijo, pero mentiría como una bellaca. Con mi labor como autónoma apenas me da para cubrir los gastos que genera mantener la actividad, como son el pago de autónomos, asesoría, impuestos, hosting…

Me llamo Noemí Martínez, soy periodista y hace poco más de un año me embarqué en la aventura blogger con La Voz de las Costureras, una bitácora que trata de poner en valor el trabajo de costureras y tejedoras de toda la vida. Me lancé por la necesidad que tenía de hacer algo que fuera únicamente mío y porque al pasarme “al otro lado”, al de las amas de casa, sentí la necesidad de expresar la importancia que a mi juicio tiene, y ha tenido históricamente, el cuidado de la casa y los niños.

Quede claro que soy una periodista industrial, nocturna, juerguista, heavy, roja, feminista y atea. En mi bagaje humano no cabía la posibilidad de transformarme en ama de casa. Pero las cosas cambian de la noche a la mañana cuando traes una persona al mundo. Un ser humano que necesita de ti las 24 horas del día y que merece tener una infancia al menos tan buena como la que sus padres han tenido.

Que el nacimiento de un hijo pone tu vida del revés es un hecho. En tu vida entra un nuevo actor que te quita todos los pájaros de la cabeza uno a uno. Sobre todo si decides ser tú quien críe a esa persona de 50 centímetros. Pero lo cierto es que en el mundo pesetero que hemos montado no caben aquellos que no generan dinero: niños, ancianos, trabajo del hogar no remunerado… se trata de personas que antes tenían un espacio en la sociedad y que el mundo de hoy ha expulsado de manera cruel. Por eso, cuando eres una periodista que tiene la “suerte” de trabajar en un medio de comunicación y decides que te tomas un tiempo para atender a tu hijo, ese mundo pesetero te mira con malos ojos. Te transformas en un ser subversivo, fuera del sistema, que prefiere vivir con menos y darle una infancia feliz a su hijo. El sistema te odia porque personificas el hecho de que otra forma de vida es posible, que no es inevitable ganar mucho dinero para pagar la guardería, los juguetes, las clases de natación, de judo, la niñera… porque si los padres se organizan y bajan el ritmo profesional se pueden ahorrar todo eso y estar ellos mismos con su niño. Ya que, a la postre, lo único que necesitan los niños es eso, a sus padres.

Cuando supe que estaba de seis semanas del amor de mi vida supe que iba a entrar en riesgo de pobreza. Que mi instinto de protección iba a ser mayor que mi deseo o necesidad por tener un hueco de valor en la sociedad. También sabía que desde que decidiera criar a mi único hijo muchos me mirarían con disimulado desprecio. Sabía que mi aspecto y mi autoestima personal y profesional se resentirían. Lo sabía y pasó.

Durante un tiempo traté de buscar la forma de compatibilizar trabajo y crianza, hasta que mi corazón se rompió en mil pedazos por la desazón y la contradicción. La necesidad de sentirme valiosa y libre vía salario chocaba con la imperiosa necesidad que sentía de atender a mi pequeño. Todas las células de mi cuerpo me instaban a permanecer a su lado y velar por su bien. Quería darle el desayuno, llevarle al parque para que corriera, darle de comer sin prisas, acostarle, bañarle, velar su fiebre, acompañarle en todos sus progresos…

Un niño necesita de alguien que esté pendiente de sus necesidades. Aunque intenté durante un tiempo compatibilizar mi anterior trabajo y la maternidad, me negué poco después a delegar la crianza como si de una tarea de subcontratación estándar se tratase. Y criar, educar y atender a una personita que depende de ti lleva 24 horas diarias. Es una tarea dura, no reconocida, no remunerada, fundamental para la sociedad. Porque cuando traemos una vida a este mundo no solamente la educamos para que sea un ser humano de provecho. También lo educamos para la sociedad.

Echar adelante una persona equilibrada, ecuánime, generosa, colaboradora… lleva mucho tiempo, años. No es algo que se pueda hacer durante un ratito cada día. Ocupa todo tu cerebro, todas tus preocupaciones. Pone muy difícil el reto del desarrollo de una profesión que, hasta ahora, ocupaba todo tu tiempo.

A pesar de ello, no me rindo y desde hace unos meses me he lanzado al autoempleo con muy poco éxito, debido principalmente a que tengo mente y habilidades de trabajadora, no de empresaria. La única forma de conciliar mi profesión con la atención a mi hijo que se me ha ocurrido ha sido el trabajo autónomo, en casa.

Como se desprende de mis palabras, actualmente estoy a vueltas con la sempiterna cuestión de la conciliación. Ardua cuestión, ya que como me dijo hace 20 años Encarni Villar, concejala del Ayuntamiento de mi localidad natal de Barakaldo, “no se puede tener el culo en dos asientos”. Me lo comentó cuando supo que cubría la información local del consistorio al tiempo que trataba de acabar la carrera y estudiar inglés. De esa manera tan directa me aconsejó que bajara el ritmo. Ahora lo entiendo de manera plena, es cierto que no se puede estar disponible 24 horas para todo lo que pueda pasar y desarrollar una labor profesional.

La Voz de las Costureras es mi apuesta periodística personal. En este momento no me da ningún ingreso y si muchos gastos, pero estoy trabajando para revertir esta cuestión. La empresa es difícil puesto que cuando atiendes a tu hijo y trabajas en los ratos libres que te permite, es harto complicado sacar un proyecto de emprendimiento adelante. Pero prometo que si lo consigo, volveré a escribir a Mami Concilia para descubriros el secreto de la verdadera conciliación.

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Construcción vital. Conciliación de unas y otros III. #torpepoema

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El trabajo abrió sus puertas: dinero.

El corazón abrió las suyas: "Te quiero".

(El recreo se agazababa, mientras tanto,
 detrás de las auroras de la alborada)

El trabajo cerró sus puertas: vacío.

El corazón cerró las suyas: "hogar".

(El recreo correteaba, mientras tanto,
 sobre las últimas luces del ocaso)

El trabajo entornó sus puertas:
 Pura soledad a la intemperie.

El corazón entornó las suyas:
 "Al abrigo te espero de sus arrullos".

(El recreo reflexionaba, mientras tanto,
 sobre una laguna
                         entre dos aguas)

La Conciliación, al fin, tendió su puente
 entre corazón, trabajo y recreo:

"libertad
            para construir
                            los sueños...".

Raúl D. Pomares Bermúdez

Ver poema 1
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Elixir nocturno. Conciliación de unas y otros II. #torpepoema

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He arrastrado mi pesada sombra por
 tugurios y oficinas,
 durante las remuneradas horas muertas.

El ego ajeno, incluso el propio,
 se me enquistaron malamente
 esta mañana, o esta tarde, no recuerdo
 ahora mismo con exactitud-;
 pero sí que estallé
 en una agonía sin igual,
 en un lamento tormentoso sin consuelo y silencioso,
 en una pelea callejera de oficina sin cuartel,
 que logré reprimir en un suspiro resignante...

Y yo ahora aquí, frente a tu cuna:
 mi altar doméstico,
 mi elixir contra soledades y penurias.
 Ahora, como digo, mientras duermes,
 desde que salí de casa mientras tu dormías,
 te miro y sofoco las llamas de la rabia
 diluyéndolas dentro de tus sueños,
 para susurrarte desde mi penumbra,
 que te he echado tanto de menos
 y me duele tantísimo
 perderte, tanto tiempo, cada día,
 que, por ello, me he propuesto doblegar
 ya no sólo las horas del trabajo,
 sino también la tiranía de los egos,
 su incomprensión,
 y la codicia de propios y ajenos,
 a fin de disfrutar (como ambos merecemos)
 de tu compañía y tu consuelo...

Raúl D. Pomares Bermúdez

Ver poema 1
Ver poema 3

Paradoja vital. Conciliación de unas y otros I. #torpepoema

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¡Cómo cambian las tornas!

(Reflexionó en silencio
 al salir de la oficina).

Toda la vida preparándome para esto:
 ser océano, alguien
 en el futuro simple del indicativo;
 oasis; independiente; realizarme
 con mis labores profesionales; verbena,
 y disponer de guita sobrante
 para introducirla en la ranura
 de mi insaciable hucha hueca,
 -insatisfecho ahorro para el vacío
 inabarcable de mis manos-.

En definitiva: lograr esa felicidad
 frágil, falaz, tramposa,
 incrustada por mis mayores
 desde los albores de mi humanidad.

... Pero de aquellos lodos, estos logros:

Mi presente, mi hoy inmediato, mi anhelo,
 lo resumiría en 'ni una hora más sin
 tu incipiente sonrisa;
 sin tu quejido insaciable exasperando mi paz;
 sin tu alegría; sin tu pureza;
 sin tu Id absoluto acorrolando
 mi estrecha vida ensanchada
 por tus avenidas repletas de amaneceres'.

... Y en esto consistía la vida:
 en conquistarla mientras la pierdo.

Raúl D. Pomares Bermúdez

Ver poema 2
Ver poema 3

Luces y sombras. Erick Pescador Albiach

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Erick Pescador Albiach

Sociólogo y Sexólogo

2 hij@s (2000 y 2013)

Luces y sombras

Mi trabajo consiste en contarle a los hombres cómo pueden construir igualdad cada día, cómo pueden cuidar y no solo ser cuidados, como corresponsabilizarse de las tareas, de la gestión de las tareas y de las tareas desde el cuidado… al tiempo que no paro de explicármelo a mi mismo.

Comencé a dar cursos sobre paternidades presentes y corresponsables tres años antes de tener hijos. Tras las dos experiencias (completamente diferentes) sigo pensando y contando cosas muy parecidas aunque por supuesto desde un lugar diferente, por ejemplo: Al principio hablaba de la responsabilidad ética de los hombres en compartir las tareas, ahora cuento sobre mi sensación de vergüenza cuando siento que no estoy cumpliendo con el equilibrio en los cuidados y por tanto sobre cargando a mi pareja.

Siempre me gustaron los bebés, siempre quise ser padre, sin embargo es en los últimos años cuando me he hecho plenamente consciente de todo lo que implica tener hij@s, una cosa es el deseo y otra la realidad de la práctica de los cuidados, el desespero y el miedo de no saber hacerlo bien, el bajar de tu ego para darte cuenta de que las necesidades de otra personita son las primeras y que toda tu vida va a cambiar, en tiempos y en prioridades… o también puedes elegir perdértelo. Nada que ver con lo soñado o deseado, la paternidad son luces y sombras pero, echando la vista atrás, no me perdería ni un solo segundo de los vividos con ellos, incluidos los momentos más difíciles.

Mi hija en plena adolescencia me recuerda cada uno de todos mis errores y por eso es mi maestra. Nunca he sido tanto su padre como ahora, porque ella lo ha elegido y porque soy más consciente cada año. Mi hijo es el segundo y, por tanto, las sensaciones ya no son las mismas pero por eso mismo me doy cuenta de que no quiero perderme ni un segundo de su vida y de sus descubrimientos.

Con Otto, planeé con mucho tiempo cambiar mis tiempos y mi forma de vida para estar más presente todavía de lo que estuve con Abril. Dejé de viajar tanto por temas de trabajo y ajusté cursos y conferencias a lugares más cercanos e incluso hacer formación en mi propia casa. Durante sus primeros meses de vida establecimos rituales y tiempos diarios no solo de cuidado o de gestión sino también de juegos, paseos, etc. No quería ser ese padre que llega al final del día y puede ver a sus  hij@s justo antes de que se metan en la cama, ni ese que hace el baño cada día pero se olvida de sentarse a jugar, preparar su comida o recordar no solo cambiar el pañal sino además que hay que ir a comprarlos cuando no quedan.

Con la mayor estuve presente para las tareas pero menos con lo que hay detrás de las tareas: sabía  llevarla al consultorio cuando estaba malita pero era su madre la que tenía toda la gestión y los cuidados de qué medicación, síntomas, tratamientos y decisiones que yo sencillamente acataba. La segunda experiencia con el pequeño me permitió desde el principio tomar toda mi responsabilidad sobre cada aspecto de lo cotidiano, por ejemplo: para los cuidados, las caricias, los masajes de antes de dormir, los cuentos, el biberón, lavar los dientes, hacer pis, cogerle la manita antes de que cierre los ojos… cosas que son pequeñas pero básicas; antes sólo era el del beso de buenas noches.

En conclusión, cada año más tiempo y de mayor calidad con Abril y con Otto y con Ana, mi pareja que aunque no es madre de ninguno de los dos, podría terminar conciliando su tiempo por ellos antes que yo por el hecho de ser mujer (si no estuviera atento). Así cada vez robo más tiempo al trabajo y al sueño para poder Estar de verdad.   

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Otros testimonios de padres

Yo concilio, ¿tu concilias? – José Escribano

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José Escribano 

Comercial

1 hijo (2016)

@FamilyTrooper

stormtroopersfamily.wordpress.com

Yo concilio, ¿tú concilias?

Hace unos días conseguimos una meta muy importante para nuestra familia, conciliar la vida laboral con el trabajo mediante la reducción de jornada. Os cuento cómo pasó todo.

Cuando supimos que nuestro pequeño estaba de camino nos surgieron muchas preguntas, ¿cómo será? ¿Tendrá sus ojos o los míos? Y lo que más nos preocupaba: ¿cómo haremos en el trabajo? Mami es autónoma y papi asalariado, por lo que teníamos muchas variables y futuras decisiones que tomar.

Con los meses y muchas charlas, lo íbamos viendo claro, todo apuntaba a que sería yo quien reduciría su jornada laboral. A bebecito aún le quedaban unos meses para estar en nuestros brazos, así que disponíamos de tiempo por si nos asaltaba alguna duda más, aunque parecía firme y más que seguro. Aita (papá en euskara) se encargaría del peque por las tardes una vez que amatxo (mami en euskara) acabara la baja de maternidad.

Una vez tomada la decisión, venía la ardua tarea de informarnos sobre cómo lo debíamos hacer y a quién debíamos acudir. Eran las cuestiones que más nos rondaban por la cabeza. Sabíamos que no sería nada fácil. Para las empresas estas cuestiones no suelen ser de su agrado por muy legales que sean y por muchos derechos que tengas.

Buscando información, dimos con un bufete de abogados dedicado a llevar este tipo casos. Nos pusimos en contacto y organizamos una cita para que nos explicaran los pasos que debíamos seguir. Como ya sabíamos, nos comentaron que debíamos esperar a que acabara el permiso de maternidad para que yo pudiera comenzar con la jornada reducida. Pero antes de nada, habría que redactar una carta con la jornada que iba a realizar para notificárselo a la empresa, una vez concluida la baja de amatxo.

Y, sin apenas darnos cuenta, llegó el día de hacer entrega de la notificación. Imprimí dos copias, me dirigí al despacho de mi jefe y le comenté nuestras intenciones. Lo que sucedió durante la charla fue inimaginable, jamás hubiera pensado que cuidar de mi hijo, para una empresa, fuera una anomalía. Salí del despacho con cara de poker, no creía lo que acababa de pasar, la conversación había tomado unos tintes que no pudimos imaginar cuando hablábamos de las posibilidades que podrían ocurrir. Aún con el susto en el cuerpo, llamé a mi pareja y se lo conté, alucinó tanto como yo. Sin embargo, no fue en esa conversación cuando obtendría la respuesta por parte de la empresa.

Entonces, ¿ahora qué?

Teníamos que esperar la respuesta pero no llegaba. Pasábamos los días haciendo nuestras cábalas, veíamos que la respuesta era muy fácil. Es un derecho de todo trabajador. Durante las siguientes semanas vi que habían hecho algunos cambios en mis tareas diarias, ¿quizá con intención de asustarme o de intentar que me echara atrás? No cambié mi decisión, lo teníamos muy claro y llegó el día de irme de vacaciones, las habíamos cerrado mucho antes de que todo esto ocurriera.

Intenté desconectar del todo, no acordarme de que aún no me habían respondido, a pesar de que pasaron varias semanas desde que presenté la carta. Cuando volví no pasó nada, no hubo llamadas al despacho, silencio absoluto. Empezaba mi conciliación familiar y había que acostumbrarse a las nuevas rutinas. Pero, sobre todo, a disfrutar de mi pequeño y de nuestro merecido tiempo juntos.

Conciliar no es fácil, pero si entre todos sumamos, conseguiremos que sea lo normal. Y tú, ¿has conseguido conciliar?