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Nacho Caballero

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Comenzó su vida laboral a los 17 años y su primer gran proyecto fue fundar una empresa que dirigió con gran éxito durante dos décadas. A partir de 2014 y tras el nacimiento de sus dos hijos, a los que considera lo más creativo que ha hecho nunca, se produce un despegue a nivel profesional y personal que le llevará a dar un giro de 180 grados a su vida. Hoy en día es un profesional de la escritura y de la oratoria con amplia experiencia en el mundo de la comedia y las charlas de motivación. Su penúltimo proyecto es volcar toda su experiencia como Coach Personal y Profesional, especializado en mejorar la comunicación de sus clientes con su entorno, comenzando por la que tienen con ellos mismos.

Me hicieron elegir y elegí a mi familia – Nacho Caballero

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Ha pasado año y medio desde aquel burofax que ponía fin a una relación laboral de veinte años. Toda una vida. Y en estos dieciocho meses me cabe otra vida entera por el cambio de óptica vital y profesional que he vivido.

El primer aprendizaje tiene que ver con entender las relaciones laborales como un hecho que se produce en condiciones de igualdad. Una persona paga un salario a otra a cambio de su trabajo. Nadie es más que nadie. Igual te suena un poco a ciencia ficción, sin embargo tengo la certeza de que llegar a esa convicción es la mejor forma de tener una relación sana con el trabajo y, eventualmente, con un jefe/a.

Yo no tuve la suerte de tener esa sana relación, porque durante años tuve que escuchar en tono condescendiente aquello de “porque tú cobras todos los meses ¿verdad?”, hasta que un día la respuesta dejó de ser un asentimiento y se convirtió en “es que si usted no me paga, yo mañana no vengo”. Aquel limón que se tragó mi interlocutor cambió el rumbo de mi historia profesional, con grandes consecuencias en mi vida personal.

El segundo de esos aprendizajes tiene que ver con la idea de justicia y el distinto uso que se hace de esta herramienta por parte de empresarios y trabajadores.

En este ámbito hablo de mi experiencia tras un despido sin finiquito, sin liquidación y sin ningún tipo de indemnización. Cero euros y muchas mentiras económicas. A partir de ese momento comencé un viaje en el que sigo embarcado y en el que he aprendido muchas cosas. La principal, que si la cara es el espejo del alma, los abogados/as son el espejo de sus clientes.

Lo que no son cuentas, son cuentos.

Es descorazonador sentir que, como en otras profesiones, hay una parte de la abogacía que se mueve en ámbito del trapicheo y las negociaciones de medio pelo incluso pasando por encima de los intereses de sus clientes. Hay otra parte de esa profesión que, afortunadamente, está compuesta por letrados/as que conservan intactos sus ideales, su pundonor, valentía y amor por su profesión. Yo he tenido la suerte de contar con este tipo de abogado.

El tercer aprendizaje tiene que ver con los falsos aliados. Personas que se acercan a ti con una intención que nada tiene que ver con lo que tú piensas.

Uno de los fenómenos más frecuentes que he vivido en este tiempo ha sido el de sentir que el interés de alguien por tu trabajo puede llegar a alumbrar alguna oportunidad laboral para ti. Nada más lejos de la realidad. En ocasiones la etiqueta de haber sido Director de una empresa durante veinte años hace creer a estos falsos aliados que pueden contar contigo como socios de su empresa o proyecto. No es una entrevista de trabajo como la que tú piensas, te están sondeado como posible inversor.

En el lado bueno de este fenómeno están mis Comando G (de Geniales). Gente que no aparece en los álbumes familiares, pero que me aportan mucho valor como personas y como profesionales. Desde hace meses, hago todo lo posible por tomarme un café a la semana con uno de ellos/as. Es una experiencia deliciosa.

De todo lo que he contado en este post, el mayor de los aprendizajes tiene que ver con la sensación de coherencia en relación a la paternidad. Óliver ya tiene cuatro años y Alma ya cuenta con su primer patito. Sentir que no me he perdido ninguno de los hitos vitales de nuestros hijos, porque las posibilidades de estar allí cuando han sucedido, han sido y son francamente elevadas.

En este tiempo he convertido mi convicción personal y laboral en mi profesión. Me siento orgulloso de ayudar a mis clientes a que sean capaces de hacer que los lunes y los viernes, dejen de ser enemigos irreconciliables. Que sean capaces de ver su vida como un todo que rema en la misma dirección.

Como dice mi chica: “me hicieron elegir… y elegí a mi familia”

FIN.

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El quinto largo

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el quinto largo

Mi salida de la zona de confort, rebautizada por mí mismo como zona de miedo, coincidió con mi nueva afición: nadar. Un hecho insólito en una persona como yo, que nunca ha estado en un cuerpo al que quiera volver.

Ese largo proceso de emancipación de mi anterior vida laboral ha estado lleno de sinsabores, todavía no finalizados. Sensación de lastre, pesadez, mentiras, engaño y en general sentimientos poco agradables. El hecho de ir a nadar dos veces por semana cuando se desató la tormenta decisiva ha sido como ir limpiándome por dentro y por fuera en cada brazada, en cada respiración. Una forma de renacer en el líquido elemento.

Este proceso de purga y sanación ha requerido de un estar conmigo mismo, al principio forzoso. Alejado del móvil que me esperaba en la taquilla silenciado, he tenido la oportunidad de pensar y de conocerme mejor por dentro y por fuera. He desarrollado técnicas propias para poder hacer más largos sin agotarme. Hasta para disfrutar haciéndolo. Me ha llevado meses, hasta que llegué a la idea central de este post: el quinto largo.

Comencé nadando apenas diez largos de piscina. Con una sensación de asfixia que, de prolongarse, me habría hecho abandonar. Hoy soy capaz de nadar treinta de forma habitual. En este aprendizaje he contado con la inestimable ayuda de mis aletas y mis palas. Que me hacen sentir ligero y poderoso y que aunque no forman parte de mí, hacen que mi experiencia sea mejor, sostenible en el tiempo y que el balance entre esfuerzo y disfrute sea positivo.

La primera analogía que encuentro es que cuando se produjo este cambio en mi vida, me encontré en terreno desconocido y aunque tengo un fuerte soporte familiar y de amigos, necesitaba encontrar gente nueva que me hiciera sentir acompañado y que me diera la sensación de que pertenecen a ese nuevo mundo al que acabo de llegar. Por el que ellos ya han transitado. Que sean mis palas o aletas, para que mi sensación de asfixia disminuya. El esfuerzo lo sigo haciendo yo, pero gracias a ellos las brazadas son más potentes y gratificantes.

Este cambio de hábitat tiene que ver con que he estado doscientos cuarenta meses de mi vida viviendo de la misma forma. Con respiración asistida.

Creo que esa es una de las claves. Salir de esa zona con la convicción adicional de que puedes respirar por ti mismo. Eso sí, contando con la inestimable ayuda de tus palas o aletas. En mi caso, mencionar especialmente a David Blay, uno de los maravillosos frutos que me ha dado colaborar con mamiconcilia y que me ha ayudado de forma decisiva a sobrevivir primero y después a comenzar a vivir en este nuevo y apasionante medio.

Sea el primer plano en todo caso para mi compañera de viaje, esa Esdrújula que siempre ha tenido la palabra y el silencio adecuados para mí.

¿Y el quinto largo?

Para hacer más sostenible mi nado y disfrutarlo más, he decidido que cada cuatro largos realizados, el quinto lo hago nadando de espaldas pero moviendo solamente de forma ligera las piernas. Un paréntesis relajado, de respiración profunda y una cierta meditación. A la que ayuda el agua que cubre mis oídos.

El quinto largo es un pequeño respiro en la rutina diaria. Olvidando que el trabajo equivale a sufrimiento. Sentir que la vida personal y laboral se pueden armonizar y que la prolongación de la asfixia suele derivar en desenlaces no deseados.

Ir a nadar es mi quinto largo. Ese respiro que me permito dos veces por semana para estar conmigo mismo. Para escucharme y escribir mentalmente un post como este.

Coge aire. Salta.

Dos noches al año sí hacen daño

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En estas fechas tan entrañables llama la atención cómo los centros comerciales, hipermercados y demás comercios adelantan sus horas de cierre en torno a las 19:00-20:00 horas. Con un objetivo: que tanto en Nochebuena como en Nochevieja, sus trabajadores puedan cenar en familia. 

Se conoce que el resto de los días del año no es necesario.

Concretamente algo más de 360 si descontamos el año nuevo, la navidad y poco más. De hecho, se hace todo lo posible para que no se produzca la conciliación de la vida laboral y personal. Con horarios que terminan al comienzo del prime time y que llevan a algunos trabajadores a salir de sus trabajos cuando sus hijos están ya cerca de la fase REM.

Una de las máximas ironías es la de una tienda de muebles cuyos horarios infernales, convierte en ciencia ficción uno de sus anuncios más famosos sobre las cenas en familia. Con un hastagh que me recuerda al bueno de Nerón opositando para bombero: #salvemoslascenas.

Lejos de parecerme que las empresas tienen consideración durante dos noches al año con sus trabajadores, me parece que son desconsideradas con ellos durante el 99% de los días laborales. El gesto positivo delata lo que debería ser lo habitual. Que todos los trabajadores puedan estar en su casa a una hora decente. Se tengan o no se tengan hijos.

A todos los que alegan que los consumidores necesitan que estén abiertas las tiendas casi hasta la medianoche, les diría que, como antiguamente, para eso están las farmacias de guardia. Para lo verdaderamente urgente. 

Todo lo demás… un brick de leche, un paquete de quinoa o esos aguacates que tanto te apetecen, seguro que pueden esperar a la mañana siguiente.

Feliz NocheBuena a todos.

20 años monitorizando notas de prensa y esta es para despedirme de mis compañeros

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MADRID, 1 de diciembre de 2016 – Si todo ha ido bien, estas palabras habrán tenido la difusión suficiente para ser “cazadas” por los eficientes motores de búsqueda de la empresa en la que he trabajado la mitad de mi vida.

Todo comenzó en una oficina vacía, sentado en una moqueta un 15 de septiembre de 1996 esperando a que viniera el de telefónica a conectar la línea. Como si fuera el primer latido de aquella aventura. En aquel momento no podía imaginar que sería capaz de construir toda una vida alrededor de ese proyecto empresarial que ahora ha terminado para mí.

He vivido de todo en esta mitad de mi vida. Fui testigo de la actualidad desde todos los puntos de vista durante veinte años, me enamoré dos veces de compañeras de trabajo, publiqué más de dos mil quinientas cartas al director y como responsable de recursos humanos entrevisté a centenares de personas que arrimaron el hombro para hacer grande este humilde proyecto.

Capeamos juntos crisis importantes; muchos apagones gracias a Iberdrola, alguna pequeña inundación, pero jamás con mi equipo dejamos de dar servicio a nuestros clientes durante los más de siete mil días y noches que estuve al frente de la misma. Codo a codo con mis hermanos Javier y Ana, a los que debo mucho y deseo lo mejor en sus nuevos retos profesionales.

De esos más de siete mil días infalibles, recuerdo especialmente aquella madrugada de noviembre de 2002 en la que operaron a nuestro padre a vida o muerte: hasta ese amanecer uno de los hermanos Caballero estuvo al pie del cañón para dar el servicio de primera hora.

Deseo a través de estas palabras dedicar mi más sincero agradecimiento a compañeros de ahora y de siempre. Especialmente a Geni, Begoña, Nuria, “las Marías”, Jose, Elena, Carlos, Cristina, Jorge, Ángel, Pilar, Juan Antonio, Melisa, Silvia, Nisley, Alejandra, Teresa, Cristina, Margarita, Carmen, Roberto, Yasmina y ese entrañable casero llamado Rogelio. Sin olvidar a los cuatro brillantes informáticos, a cual mejor: Jesús, David, Rubén y Elena. También a nuestros compañeros de barco: Silvana, Javier, Laura, Andrea y Yoana, entre otros muchos. A todos ellos gracias por hacerme crecer como profesional y como persona.

Por supuesto, también a los centenares de clientes con los que me he relacionado durante todos estos años y que me han enseñado a ser mejor cada día. También a los proveedores y medios que con tanto cariño me han tratado siempre.

Para terminar, a las personas que me dieron la oportunidad de dirigir esta empresa durante 20 años. Gracias a ellos he sabido fijar mi rumbo en la dirección correcta y para muestra, estas palabras que ahora terminan. 

A mis compañeros y amigos, de corazón os deseo lo mejor.

Nacho Caballero

Acerca de…

Ignacio Caballero recibió una llamada a mediados de abril de 1996 para encabezar un modesto proyecto empresarial.  El 15 de septiembre de ese año se vio sentado en aquella moqueta. Quince días más tarde subió la persiana a una pyme que ha sido capaz de competir con grandes multinacionales del clipping. Fue partícipe hasta en el nombre, que siempre llevará en sus mejores recuerdos.   

La conciliación como sistema operativo

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Cada cierto tiempo sale un estudio recurrente que afirma que los jóvenes comienzan a beber a los 12-13 años. Cada vez más pronto, dramatiza el presentador del informativo, sobre todo si es Piqueras. Y eso que la edad de consumo de alcohol no se mueve desde hace décadas.

Digo esto porque con una edad aproximada a esa probé por primera vez la cerveza y aquí estoy, padre de dos niños y con una vida “formal”. Lo más loco que suelo hacer en mi día a día es tomarme una clara, como la amiga de Heidi. En fin, ruego me perdonéis porque hace unos días que he salido de mi zona de confort y todavía estoy en “shock” al descubrir que aquí fuera se está mejor. Ya lo contaré en otro post.

Lo que quizá sí sea novedoso en relación al alcohol y los jóvenes es el concepto de exceso, de falta absoluta de límites. Digo esto porque el botellón siempre ha existido.

Cuando yo era joven, lo hacíamos el día que había fiesta en el instituto. La diferencia con entonces es que no era tan masivo como para que el ayuntamiento habilitara una explanada inmensa, ni tampoco nosotros teníamos como objetivos ni el coma etílico, ni las ocho de la mañana cada vez que se producía tal acontecimiento.

Pongo este ejemplo del alcohol como síntoma claro de una generación que parece no tener freno en determinados temas, es decir, como si les faltaran los valores que se suponen que les han inculcado sus padres cuando eran niños.

La programación de ese “sistema operativo” suele abarcar desde el nacimiento, hasta los seis u ocho años aproximadamente en el que la sociedad comienza a influir decisivamente en nuestros hijos.  Es en esos años iniciales cuando los padres tenemos la oportunidad de dotar a nuestros hijos de unos pilares morales y éticos. Cuando podemos de verdad construir los dos dedos de frente que van a necesitar en la vida.

Porque no podremos evitar que un porro caiga en sus manos, tampoco que un mini de cerveza transite por su garganta, que un vídeo porno aparezca en su móvil o incluso que se vean expuestos a la invitación de consumir drogas duras. El helicóptero nunca es efectivo y a estas edades no sabe ni por dónde se anda.

Entonces, ¿por qué parece que está fallando el sistema operativo de los jóvenes de ahora?

Quizá porque estamos ante la primera generación que ha sufrido de forma brutal la falta de conciliación de sus padres en su vida laboral y personal.

Niños que durante la etapa de meterles el “software” de los dos dedos de frente, no tuvieron a sus padres de forma significativa en sus vidas. A cambio, fueron criados por los abuelos, por personal pagado o sencillamente, entretenidos con deberes excesivos y clases extraescolares que nunca pidieron cursar. 

Por eso, cuando les llegan determinados estímulos como el alcohol, el tabaco o las drogas de otro tipo, no son capaces de filtrar y decir “No” o al menos, saber moderar ese consumo. El resultado es que cada día que salen de fiesta, es una Nochevieja de las nuestras.

También afecta a otros ámbitos como cuando analizamos el lenguaje y argumentos que utilizan Youtubers de éxito, que tienen una legión de seguidores que llenan pabellones para verlos.

Hablando de fans, que siempre los ha habido, yo no recuerdo que nadie de mi generación hiciera cola desde agosto para ver a Justin Bieber en concierto en noviembre. Visto esta misma semana en las noticias.

Para poder perpetrar semejante hazaña estos fans, ¿han puesto su vida en pausa… o simplemente no pudieron ser educados en el sentido común por unos padres ausentes por la falta de conciliación?

Control, Alt, Suprimir. Hay que reiniciar el sistema.

Lo que no son cuentas, son cuentos

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En los últimos tiempos hemos asistido un día sí y otro también a diferentes y múltiples casos de corrupción en la vida política. Todos asuntos que afectan a la esfera pública y en los que es el dinero de todos el que ha sido esquilmado, por diferentes protagonistas y colores con variable intensidad.

Sin embargo, pocas veces se menciona la corrupción dentro de las empresas, dando por hecho que al tratarse del ámbito del capital privado, todo vale.

Igual conviene matizar.

Se dan casos en los que excelentes trabajadores que han desarrollado una larga carrera dentro de una empresa un día deciden, por ejemplo, que la enésima bajada de sueldo que les impone su jefe es injusta. Y la recurren.

Por arte de magia, también llamado derecho laboral, a las pocas semanas su abogado le muestra al trabajador una serie de papeles que le revelan secretos de alcoba de la empresa en la que trabaja. Datos, todos ellos, al alcance de cualquier ciudadano.

Desde trabajadores invisibles que nunca ha visto en la empresa y que cobran casi lo mismo que él desde hace años, hasta cantidades de salarios inflados, por no hablar los casos de descapitalización de una empresa en beneficio de otra, siendo ambas mecidas por la misma mano. Son algunos de los ejemplos más suaves.

Los hechos en sí pueden resultar justificables legalmente gracias a los mil recovecos que deja la legislación y una más que generosa reforma laboral. Sin embargo, afectan de lleno a la línea de flotación de la moralidad de quienes pretendían hacerse querer y hacerse respetar. En las antípodas de lo primero y lo justito en lo segundo.

El efecto en los trabajadores que pasan por esta experiencia de despertar Matrix suele ser demoledor. Se sienten engañados, manipulados, desilusionados y con una desconfianza infinita hacia sus mandos superiores. Máxime cuando durante años han escuchado hasta la saciedad el discurso de apretarse el cinturón por el bien de la empresa.

Por su parte, la empresa y sus dueños suelen hacer el vacío a estos trabajadores intentando colocarles cuanto antes el adjetivo de “conflictivos” ante sus compañeros. Y todo, por el simple hecho de haber reclamado sus derechos laborales.

En esta pugna legal y moral, la dificultad la suele tener el trabajador que ha sido honrado y generoso durante años con la empresa. Sus superiores, sin embargo, suelen llevar toda la vida redondeando un tres hasta convertirlo en un ocho para inflar un ticket de taxi. Se mueven como peces en el fango de una corrupción sobre la que la sociedad suele mirar para otro lado. Empezando por sus dóciles subordinados.

¿Quién sale ganando en todo esto?

Nadie.

Fenómenos como la dimisión interior o los working dead, comienzan a poblar las empresas que han decidido primero mentir a sus empleados y después subestimar sus sentimientos. Sin medir las consecuencias que esto pueda tener en la vida laboral y privada de sus empleados, que suelen terminar seriamente tocadas.

A estas alturas, es cuando cobra sentido el título de este post y que muchos trabajadores escucharon por primera vez en boca de su jefe, ese que ya no es de fiar. Como algunos políticos.

FIN

Pactar con el Diablo

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permiso lactancia padre

Una de las palabras más complejas a la par que bonita es la de “Coherencia”. En ella se encierra gran parte de lo que decimos ser y de lo que somos en realidad. Cuando comencé a escribir para @papiconcilia no pensé que llegaría a escribir este post.

Antes de dar un paso adelante y defender con mis palabras la conciliación laboral y personal, por puro instinto, durante el nacimiento de nuestro hijo Óliver añadí 15 días de vacaciones a mi baja paternal. Todo ello, a pesar de que en mi empresa me lo echaron en cara en el salón de mi casa. Muy caro me salió el regalo que me trajo mi jefa a nuestro primogénito. En qué hora, que diría Marty McFly.

Dos años después, lejos de sentirme atemorizado hice lo mismo con nuestra segunda hija, Alma. Esta vez ya convertido en @papiconcilia y con una convicción mayor si cabe del ejercicio de ese derecho.

Durante ese mes de baja y vacaciones sentí una plenitud y una coherencia que iban a ser el germen de mi siguiente decisión.

El proceso no fue sencillo, no en vano este derecho lo ejercen menos del 2% de los hombres. Uno tiene que derribar temores, paternalismo ejercido por determinado modelo de autoridad laboral, buenismo envenenado que te dice que no hace falta plasmar nada por escrito. Tuve que deshacerme de todo eso antes de la gran decisión.

Cuando me reuní con mi jefe me enfrenté a los tres fenómenos antes descritos. Ni siquiera quiso ver el escrito formal en el que solicitaba la hora de lactancia para hacer compatible mi vida laboral. Es más, me dijo que sin tener nada por escrito, tenía autorización para hacer “lo que quisiera”. He conocido pocas vías más rápidas que te inviten a dispararte en un pie. Ya tienes el título para esta escena: “Pactar con el Diablo”.

Finalmente, remití mi comunicación en tiempo y forma a mis jefes aludiendo al beneplácito verbal recibido, con acuse de recibo y otras personas en copia. Llegó la confirmación de lectura, hubo llamadas de teléfono sobre el día a día, incluso conversaciones en persona. Pero ni una palabra sobre mi permiso de lactancia tácitamente concedido y esa comunicación firmada por escrito, convertida en incómodo testigo del simple ejercicio de un derecho laboral.

Hasta que volvió el espíritu del salón de mi casa.

Solamente habían pasado cuatro días desde que disfrutaba de este permiso cuando, en una reunión, la misma persona que me había reprochado el ejercicio de un derecho laboral en mi propia casa, me dijo en aquella sala de reuniones que con la que estaba cayendo yo me estaba cogiendo permisos de paternidad, horas de lactancia…

Estas palabras venían de una persona que presumía de no haber faltado nunca a un evento importante de su hijo en el colegio.

Esa es la diferencia, que mi hora de lactancia es para que nuestro hijo Óliver vaya al colegio cada día de la mano de uno de sus padres, mientras el otro cuida de nuestra hija Alma.

Matices.

Uno más uno, ¿cuántos son?

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Uno más uno ¿cuántos son?

Algo ha cambiado en mi interior desde mis últimas palabras en este hueco que todos los meses me cede @mamiconcilia para dar rienda suelta a mis ocurrencias paterno-creativas.

El último post lo escribí con una recién llegada a nuestra casa y vidas. Se llama Alma y hoy tiene dos meses y medio largo. Ella es la protagonista de estas palabras.

A medio camino es verdad que estuvieron mis palabras sobre cómo ser un Padre G, que armaron tanto revuelo que hasta uno de los Hombres Ídem se hizo eco de las mismas.

Llevo toda la vida analizando en clave de humor a través de mis monólogos, lo que supone nacer el segundo y coincidir en sexo con tu hermano mayor. Tienes diez veces menos fotos que él de tu infancia y cuando ves por primera vez una etiqueta en una prenda de ropa que vas a estrenar, preguntas… “¿eso qué es?”

La mayoría de la gente que conozco alega que van a por un segundo hijo para que el primero “no se quede solo en la vida”. Parece que siete mil doscientos millones de personas en un mundo cada vez más hiperconectado hacen un flaco favor a esa teoría. Pero reconozco que nosotros somos de esos. Con un matiz.

En realidad creo que lo que sucede es que vas a por el segundo con la esperanza íntima de conseguir “la parejita”; que viene a representar el equilibrio, el contrapeso, el yin y el yang. Pasado a limpio, que el segundo nace para entretener al primero y si cambia de sexo, mejor. ¿Quién no se imagina tomando una cerveza en una terraza mientras tus hijos se entretienen juntos?

Siento de verdad no ser tan espiritual y quizá sonar un poco frívolo. En mi descargo debo decir que Alma me está demostrando cada día lo equivocado que estaba.

Es verdad que el segundo nace con la inercia de que pisa terreno conocido para los padres, que aplicamos en cierta forma el piloto automático en algunas fases. Sin embargo, primero con la mirada y luego con sonidos guturales y sonrisas, tu hija va reclamando su espacio propio, su identidad, su trozo de corazón paterno y lees en sus pupilas… “mi hermano ha tenido suerte de nacer dos años antes, porque le van a hacer falta”.

A todo esto se me olvidaba que esto va de conciliación.

Es verdad que la llegada del segundo es superior a uno más uno. Esto se traduce en que ya no hay tregua. Cuando uno se ocupa de uno, el otro se ocupa del otro.

La idea de Equipo con tu pareja alcanza cotas que ríete tú de los ochomiles.

Cierto es que dependiendo de lo que le hayas inculcado a tu hijo “mayor” de tan solo dos años, las cosas se allanarán para hacer más fácil la llegada de la pequeña de la casa.

En nuestro caso nos vino muy bien que Óliver nos identifique a ambos como cuidadores igual de válidos. Me explico. Durante las dos noches de hospital tras nacer Alma, fue la abuela materna la que durmió con ellas. Mientras, yo bañaba a nuestro hijo Óliver, cenábamos juntos y nos íbamos a dormir. A la mañana siguiente al cole, como siempre.

Ese equilibrio. Esa polivalencia de papeles. Esa “no mamitis” y “no papitis” que muchas veces hace sentir un perverso bienestar a los que la provocan y reciben… han hecho de Óliver un elemento que suma y ayuda en la llegada de su hermana.

¿Pataletas, celos, pelusa, llanto desconsolado, mimos extra? Pues claro, solo tienes dos años.

Pero con esto ya contábamos.

De Hombre G a Padre G

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De hombre G a Padre G con Nacho Caballero ponencia en las jornadas de paternidad corresponsable organizadas por AHIGE

Los Hombres G reconocieron en una entrevista con Risto Mejide que, a pesar de su incuestionable éxito, nunca se consideraron buenos músicos. De hecho, tenían complejo con respecto a otros colegas de profesión con menos éxito y más talento. Dicho esto, llegaron a la conclusión de que lejos de ser los mejores en lo suyo, fueron los adecuados para el momento que les tocó vivir y para los millones de fans que les llevaron al estrellato.

Así me siento y, sobre todo, así me sentí el pasado día del padre en las Jornadas sobre Paternidades Corresponsables organizadas por AHIGE. Rodeado de padres con los que me identifico en gran medida, pero con matices que considero notables.

Pasada la euforia inicial, incluso visionando el vídeo de mi charla, siento cierta distancia y me ha llevado a reflexionar de forma profunda.

Quizá la frase que mejor define mi singularidad es la de educar a nuestros hijos “para que se vayan de casa cuanto antes”. Detrás de esta filosofía educativa se encierran muchas cosas y se liberan otras tantas. Quizá la más importante es la de que nosotros no hemos puesto en nuestros hijos el foco único de toda nuestra vida familiar. Hemos repartido esa dedicación y ese foco entre todos los miembros de la familia, incluyendo a Jano (nuestro gato), a nosotros como pareja y como personas individuales. Nos seguimos llamando por nuestro nombre mutuamente. Fátima y Nacho. Mamá y Papá también somos, pero solamente para nuestros hijos.

Cuando profundizo en este mundo de la paternidad corresponsable, me confieso incapaz de cumplir al 100% ese patrón dominante de la “crianza con apego”. Pongo tres ejemplos: la lactancia materna de larga duración, el colecho intensivo o el porteo como monopolio del transporte de un bebé.

En los tres casos debo decir que me desmarco de esa tendencia, que soy… ¿más práctico? y que busco alternativas que bajo mi punto de vista potencian la conciliación familiar colectiva. Admiro y respeto a quienes optando por los tres ejemplos mencionados, pueden conciliarlo todo. Por eso no me considero un padre modelo que deba mostrar el camino correcto a otros.

Dicho esto, vamos a otro ejemplo. El primer día de colegio de Óliver (con año y medio) fue un día feliz para todos. Nadie lloró por la separación. Ninguno de los tres. Un buen síntoma de esa autonomía con la que está creciendo. Hoy en día sigue en la misma línea, convertido en un líder emocional entre sus compañeros.

Con la misma alegría que llega al cole y se despide de nosotros, coge su abrigo con una sonrisa cuando vamos a recogerle.

Como diría mi Yaya… “en resumen”, fue un orgullo formar parte del grupo de personas que nos reunimos para hablar de la paternidad y de que Usúe Madinaveitia y Carlos Fernández, los @mamiconcilia y @papiconcilia originales, hayan confiado en mí para representar un movimiento que ellos impulsaron desde cero.

Sin embargo, esta experiencia me lleva a preguntarme si soy un Hombre G y ahora un Padre ídem.

Me conformo con ser el padre adecuado para Óliver y Alma. Su mirada me dice que voy por el buen camino.

Fin del documento.

Os dejamos con el vídeo resumen de la intervención de Nacho en las jornadas:

 

¿Cuida tu empresa tus emociones?

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Astronauta en misión espacial, la agencia espacial cuida de sus emociones

Nuestra hija nació el 15 de febrero. Aunque no fuera ese día, seguiría siendo la niña bonita.

Se abre una nueva etapa en nuestras vidas. Ya tenemos la parejita y todo parece indicar, que si alguien va a ir al hospital en un futuro por temas reproductivos… seré yo. Aquí termina nuestra contribución a la superpoblación del planeta.

En esta nueva etapa recuerdo mi primer post en mamiconcilia. En mi ficha personal figuraba como padre de 2 hijos… una de ellas pendiente de nacer cuatro meses después. Con el gafe que da eso para algunos.

Cuando tienes un hijo, también es un cambio en relación a la empresa en la que trabajas. En mi caso, las dos veces, he añadido 15 días de mis vacaciones a continuación de mi permiso de paternidad. No me han puesto ningún problema en la empresa, pero algo me dice que es poco habitual para ellos.

La llegada de un nuevo hijo puede hacer pensar a tu jefe que, gracias a esa circunstancia, te tiene más atado a la empresa porque tienes más cargas familiares. La visión moderna del mismo acontecimiento es aquella que ve tu paternidad como una oportunidad de enriquecimiento personal, que puede ser aprovechado por la empresa. Sobre todo si lo que hace falta es ilusión. Ese combustible vivo cuyos yacimientos son desconocidos.

Si existieran coches que funcionaran con ilusión, yo podría cargar una docena en diez minutos. Me siento feliz por tener una hija y ese estado de ánimo se expande a mi alrededor, incluyendo la redacción de este post.

A estas alturas del mismo he querido dibujar dos visiones empresariales diferentes: la obsoleta y la evidente. Esta segunda no he querido llamarla “nueva” aunque lo es en nuestro país.

Aprovechar, cuidar y alentar las fortalezas emocionales de un trabajador parece una estrategia válida para que dé lo mejor de sí mismo. Dar no es lo mismo que sacar. Otro matiz.

Y para terminar, una reflexión: el hecho de escribir en este blog, en este foro, está poniendo mi nombre al lado de gente tan “temeraria” como David Blay que dice que se puede hacer el trabajo en dos horas y media si dejamos de administrar biodramina a las perdices. También junto a Carlos, que pone el dedo en mi llaga al hablar de ser padre y directivo. Por no hablar de Usúe Madinaveitia, de la que puedo decir que es un ejemplo de sencillez a excepción de su apellido.

Cómo decía, qué futuro laboral me espera en un mañana en el que tenga que buscarme la vida lejos de mi puesto actual. Sin duda, lo primero que hará el responsable de recursos humanos interesado en mi Linkedin o CV será teclear mi nombre en Google. Y le saldrán palabras como estas. Sabrá de antemano que mi desgaste de silla está por debajo de la media de la península ibérica.

Es entonces cuando pienso en un punto de no retorno. En el que quiero alejarme para siempre de la forma de gestión empresarial obsoleta, para poner rumbo definitivo a la evidente.

Se llama Alma.