Conciliar es renunciar – María Hurtado

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María Hurtado Pérez

Nacida en 1971

Periodista

3 hijos (2005, 2007 y 2009)

@MariaHurteison

Si he aprendido algo en esta década de maternidad es que en España la conciliación no existe. Lo que existen son las renuncias y el reto es conseguir que esas renuncias sean pequeñitas, que no se lleven lo esencial de tu papel como madre, como pareja y como profesional, pero andar encima de un alambre es difícil y no siempre hay una red que amortigüe la caída. Esta es mi historia:

Año 2004-. Me despidieron y un mes después me quedé embarazada de mi primer hijo. Qué oportuna y qué ilusa. Convencida, como Julio Iglesias, de que la vida seguía igual comencé muy ilusionada a pasear mi bombo por las entrevistas de trabajo. Veían mi curriculum y les encantaba pero luego miraban alucinados a mi barriga y solo eran capaces de articular un “ya te llamaremos” .

PRIMERA RENUNCIA: Es imposible que te contraten con un perfil de mesa camilla. O embarazo o trabajo . Renuncié al trabajo, me relajé y engordé 20 kilos de felicidad.

Año 2006-. Como la felicidad no se alimenta solo del aire, una vez nacido el niño había que ponerse las pilas. Con muchas horas de estudio -y mucha ayuda de mi pareja y de mi madre (benditos abuelos)- esta vez sí conseguí trabajo en un medio de comunicación público recién creado. Llegaron madrugones imposibles para estar delante de un micrófono a las seis de la mañana a 60 kilómetros de mi casa, turnos rotatorios y fines de semana de currele pero yo más feliz que una perdiz porque, qué narices, me encanta mi profesión.

Tan feliz estaba que en mitad de esta vorágine nació mi segundo hijo. Fui la primera de la plantilla que se atrevió a “embarazarse” y poco después de volver de la baja maternal un gran jefazo de la cosa pública me soltó aquello de “Con dos hijos está bien…Ya no tendrás más ¿no?”. Al año de aquella frase gloriosa comuniqué a la empresa que esperaba el tercero y, claro, al mes de hacerlo público este señor decidió cesarme (“por reestructuración del servicio”) del puesto de responsabilidad que ocupaba. Afortunadamente, mis jefes directos sí que me apoyaron y gracias a acuerdos con la acumulación de la lactancia y reducciones de jornada, a contratar ayuda externa y a los abuelos (otra vez benditos abuelos) pude compaginar trabajo y familia numerosa. Eso sí, sin optar a ninguna promoción o ascenso. Ni ellos me lo ofrecían ni yo lo solicitaba. El famoso techo de cristal se cernía sobre mi cabeza.

SEGUNDA RENUNCIA: Nadie te asciende con una tribu de pequeños indígenas a tu cargo. O eres Jefa de tribu o eres Jefa de oficina. Renuncié a la posibilidad de ascender y seguí trabajando de soldada rasa.

Año 2011-. Sin embargo, hace cuatro años sí que me llegó una oportunidad de promoción profesional que suponía trabajar fulltime al frente de un departamento de comunicación de una institución. Eran muchas más horas pero también mayor proyección profesional y mayor sueldo. Lo hablé con mi pareja y acepté. Esta vez le tocaba “conciliar” a él y su buen horario de trabajo en una empresa pública ayudaba mucho. Gracias a una ingeniería doméstica que envidiaría la propia Volkswagen, ayuda contratada y a vivir “en provincias”, con familia cerca, lo vamos consiguiendo.

Por las tardes me llevo mucho trabajo a casa para poder estar un poco más con los niños pero también me he perdido más de una fiesta de fin de curso, visitas al médico y juegos compartidos. Además, mi marido y yo sufrimos el Síndrome de Lady Halcón. ¿Os acordáis de aquella peli de los 80 en la que una hechizada Michelle Pfeiffer se convertía en halcón durante el día y su enamorado en un lobo gris por la noche? Solo coincidían los dos con forma humana unos pocos instantes al amanecer o al atardecer. Pues así nos sentimos nosotros. Somos como un equipo de enfermeras, bomberos o cajeras del Carrefour que se ven solo unos minutos en el cambio de turno sin tiempo, apenas, para mirarnos a los ojos…

ENÉSIMA RENUNCIA: En casa compartimos responsabilidades al 50% y así conseguimos conciliar trabajo e hijos pero a costa de “desconciliar” la vida de pareja.

En este país conciliar obliga a elegir y una elección siempre supone renunciar a algo. Nosotras, que lo quisimos todo, hemos tenido que aprenderlo a la fuerza pero en nuestra mano está luchar para que esas renuncias sean cada vez más pequeñas. Lo podemos lograr con medidas como bajas maternales más largas y horarios más razonables en las empresas privadas pero, sobre todo, educando de otra manera a los futuros hombres y mujeres para cambiar la mentalidad. La sociedad tiene que entender, de una vez por todas, que criar hijos es un regalo que se le hace.

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