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Nacho Caballero

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Comenzó su vida laboral a los 17 años y su primer gran proyecto fue fundar una empresa que dirigió con gran éxito durante dos décadas. A partir de 2014 y tras el nacimiento de sus dos hijos, a los que considera lo más creativo que ha hecho nunca, se produce un despegue a nivel profesional y personal que le llevará a dar un giro de 180 grados a su vida. Hoy en día es un profesional de la escritura y de la oratoria con amplia experiencia en el mundo de la comedia y las charlas de motivación. Su penúltimo proyecto es volcar toda su experiencia como Coach Personal y Profesional, especializado en mejorar la comunicación de sus clientes con su entorno, comenzando por la que tienen con ellos mismos.

Me hicieron elegir y elegí a mi familia – Nacho Caballero

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Ha pasado año y medio desde aquel burofax que ponía fin a una relación laboral de veinte años. Toda una vida. Y en estos dieciocho meses me cabe otra vida entera por el cambio de óptica vital y profesional que he vivido.

El primer aprendizaje tiene que ver con entender las relaciones laborales como un hecho que se produce en condiciones de igualdad. Una persona paga un salario a otra a cambio de su trabajo. Nadie es más que nadie. Igual te suena un poco a ciencia ficción, sin embargo tengo la certeza de que llegar a esa convicción es la mejor forma de tener una relación sana con el trabajo y, eventualmente, con un jefe/a.

Yo no tuve la suerte de tener esa sana relación, porque durante años tuve que escuchar en tono condescendiente aquello de “porque tú cobras todos los meses ¿verdad?”, hasta que un día la respuesta dejó de ser un asentimiento y se convirtió en “es que si usted no me paga, yo mañana no vengo”. Aquel limón que se tragó mi interlocutor cambió el rumbo de mi historia profesional, con grandes consecuencias en mi vida personal.

El segundo de esos aprendizajes tiene que ver con la idea de justicia y el distinto uso que se hace de esta herramienta por parte de empresarios y trabajadores.

En este ámbito hablo de mi experiencia tras un despido sin finiquito, sin liquidación y sin ningún tipo de indemnización. Cero euros y muchas mentiras económicas. A partir de ese momento comencé un viaje en el que sigo embarcado y en el que he aprendido muchas cosas. La principal, que si la cara es el espejo del alma, los abogados/as son el espejo de sus clientes.

Lo que no son cuentas, son cuentos.

Es descorazonador sentir que, como en otras profesiones, hay una parte de la abogacía que se mueve en ámbito del trapicheo y las negociaciones de medio pelo incluso pasando por encima de los intereses de sus clientes. Hay otra parte de esa profesión que, afortunadamente, está compuesta por letrados/as que conservan intactos sus ideales, su pundonor, valentía y amor por su profesión. Yo he tenido la suerte de contar con este tipo de abogado.

El tercer aprendizaje tiene que ver con los falsos aliados. Personas que se acercan a ti con una intención que nada tiene que ver con lo que tú piensas.

Uno de los fenómenos más frecuentes que he vivido en este tiempo ha sido el de sentir que el interés de alguien por tu trabajo puede llegar a alumbrar alguna oportunidad laboral para ti. Nada más lejos de la realidad. En ocasiones la etiqueta de haber sido Director de una empresa durante veinte años hace creer a estos falsos aliados que pueden contar contigo como socios de su empresa o proyecto. No es una entrevista de trabajo como la que tú piensas, te están sondeado como posible inversor.

En el lado bueno de este fenómeno están mis Comando G (de Geniales). Gente que no aparece en los álbumes familiares, pero que me aportan mucho valor como personas y como profesionales. Desde hace meses, hago todo lo posible por tomarme un café a la semana con uno de ellos/as. Es una experiencia deliciosa.

De todo lo que he contado en este post, el mayor de los aprendizajes tiene que ver con la sensación de coherencia en relación a la paternidad. Óliver ya tiene cuatro años y Alma ya cuenta con su primer patito. Sentir que no me he perdido ninguno de los hitos vitales de nuestros hijos, porque las posibilidades de estar allí cuando han sucedido, han sido y son francamente elevadas.

En este tiempo he convertido mi convicción personal y laboral en mi profesión. Me siento orgulloso de ayudar a mis clientes a que sean capaces de hacer que los lunes y los viernes, dejen de ser enemigos irreconciliables. Que sean capaces de ver su vida como un todo que rema en la misma dirección.

Como dice mi chica: “me hicieron elegir… y elegí a mi familia”

FIN.

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El quinto largo

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el quinto largo

Mi salida de la zona de confort, rebautizada por mí mismo como zona de miedo, coincidió con mi nueva afición: nadar. Un hecho insólito en una persona como yo, que nunca ha estado en un cuerpo al que quiera volver.

Ese largo proceso de emancipación de mi anterior vida laboral ha estado lleno de sinsabores, todavía no finalizados. Sensación de lastre, pesadez, mentiras, engaño y en general sentimientos poco agradables. El hecho de ir a nadar dos veces por semana cuando se desató la tormenta decisiva ha sido como ir limpiándome por dentro y por fuera en cada brazada, en cada respiración. Una forma de renacer en el líquido elemento.

Este proceso de purga y sanación ha requerido de un estar conmigo mismo, al principio forzoso. Alejado del móvil que me esperaba en la taquilla silenciado, he tenido la oportunidad de pensar y de conocerme mejor por dentro y por fuera. He desarrollado técnicas propias para poder hacer más largos sin agotarme. Hasta para disfrutar haciéndolo. Me ha llevado meses, hasta que llegué a la idea central de este post: el quinto largo.

Comencé nadando apenas diez largos de piscina. Con una sensación de asfixia que, de prolongarse, me habría hecho abandonar. Hoy soy capaz de nadar treinta de forma habitual. En este aprendizaje he contado con la inestimable ayuda de mis aletas y mis palas. Que me hacen sentir ligero y poderoso y que aunque no forman parte de mí, hacen que mi experiencia sea mejor, sostenible en el tiempo y que el balance entre esfuerzo y disfrute sea positivo.

La primera analogía que encuentro es que cuando se produjo este cambio en mi vida, me encontré en terreno desconocido y aunque tengo un fuerte soporte familiar y de amigos, necesitaba encontrar gente nueva que me hiciera sentir acompañado y que me diera la sensación de que pertenecen a ese nuevo mundo al que acabo de llegar. Por el que ellos ya han transitado. Que sean mis palas o aletas, para que mi sensación de asfixia disminuya. El esfuerzo lo sigo haciendo yo, pero gracias a ellos las brazadas son más potentes y gratificantes.

Este cambio de hábitat tiene que ver con que he estado doscientos cuarenta meses de mi vida viviendo de la misma forma. Con respiración asistida.

Creo que esa es una de las claves. Salir de esa zona con la convicción adicional de que puedes respirar por ti mismo. Eso sí, contando con la inestimable ayuda de tus palas o aletas. En mi caso, mencionar especialmente a David Blay, uno de los maravillosos frutos que me ha dado colaborar con mamiconcilia y que me ha ayudado de forma decisiva a sobrevivir primero y después a comenzar a vivir en este nuevo y apasionante medio.

Sea el primer plano en todo caso para mi compañera de viaje, esa Esdrújula que siempre ha tenido la palabra y el silencio adecuados para mí.

¿Y el quinto largo?

Para hacer más sostenible mi nado y disfrutarlo más, he decidido que cada cuatro largos realizados, el quinto lo hago nadando de espaldas pero moviendo solamente de forma ligera las piernas. Un paréntesis relajado, de respiración profunda y una cierta meditación. A la que ayuda el agua que cubre mis oídos.

El quinto largo es un pequeño respiro en la rutina diaria. Olvidando que el trabajo equivale a sufrimiento. Sentir que la vida personal y laboral se pueden armonizar y que la prolongación de la asfixia suele derivar en desenlaces no deseados.

Ir a nadar es mi quinto largo. Ese respiro que me permito dos veces por semana para estar conmigo mismo. Para escucharme y escribir mentalmente un post como este.

Coge aire. Salta.