El inexistente período de adaptación en las escuelas españolas

¿Recuerda usted su primer día de colegio? O, sin irse tan atrás ¿recuerda su primer día en el instituto, en la universidad o en un trabajo nuevo?

Esto se debe a que es una situación extraordinaria ante la cual nos sentimos en alerta y temerosos, algo totalmente normal ya que forma parte de nuestro instinto de supervivencia.

Probablemente usted se ha sentido aliviado al poder ir acompañado de algún amigo o familiar en situaciones que lo permitan, como una cita en el médico, una charla tensa o una visita poco deseada.

Lo más probable es que esa persona de su confianza sólo se haya limitado a estar presente sin hacer nada más, pero por alguna razón, el estar con alguien que le ama le ha hecho más fuerte en una situación en la que se siente débil.

Lógico.

También habrá observado que mientras más mayor y más maduro se hace usted, más seguro se va sintiendo en esas situaciones y menos necesita que le acompañen.

Lógico también.

Ahora llegamos a la parte ilógica de la película.

Si hemos quedado que cuánto más novedosa es la situación y más inmadura es la persona, más miedo tiene, ¿por qué dejamos solos a los niños en sus primeros días de colegio? Por ellos y por su bien, desde luego que no.

Los períodos de adaptación de las escuelas, en su mayoría, no existen. Simplemente le llaman así al período que los niños necesitan para resignarse a que esto es lo que hay. Genial.

Y no hablo sólo de colegios donde los niños entran con la tierna edad de tres añitos, sino de escuelas infantiles donde acogen a más pequeños.

Otra alternativa es meter al niño en la guarde cuando es tan bebé que no es del todo consciente de con quién está. Así se evitan pataletas. Genial, otra vez.

Realizar un período de adaptación del niño a la escuela de manera respetuosa no es difícil y mucho menos imposible.  Sólo hay que tener en cuenta dos factores principales: acompañamiento y tiempo.

1. Acompañamiento

Como hemos visto, la sola presencia de alguien que te ama en una situación difícil, la hace más llevadera. Cuando hablo de acompañamiento, no me refiero a dejar al niño en la puerta de clase, en lugar de la puerta del cole… (No es ironía, sino el plan de adaptación de la mayoría de colegios).

Como madre, tengo la doble experiencia: la de dejarlo en la puerta de la clase y la de estar con él todo el tiempo que necesitara y, como sospecharéis, no hay color. Esto se debe a que, por distintas razones, tengo a mi hijo mayor escolarizado en un colegio tradicional y al pequeño en uno de pedagogía activa.

En los colegios de pedagogía activa no hay aulas cerradas con un determinado número de niños por docente. Son espacios abiertos en donde el niño va eligiendo con qué investigar y dónde participar. Este sistema invita a los padres a estar presentes y también a irse alejando cuando el niño vaya adquiriendo confianza.

En mi caso, estuve una semana asistiendo durante todo el horario escolar y a partir de entonces decidí probar un ratito, pero el ratito se convirtió en toda la mañana y todos los días posteriores. ¿Merece la pena?

El colegio de mi hijo mayor es un lugar cerrado en el que los padres no tenemos apenas cabida, el de mi hijo menor es su segundo hogar.

Indudablemente, merece la pena.

Es evidente que la mayoría de las escuelas pueden tener serios problemas de espacio para albergar a los alumnos acompañados. Pero siempre hay soluciones: conozco casos de escuelas infantiles que dividen en dos grupos a los alumnos, estos vienen acompañados de un adulto durante unas horas y después el otro grupo otras horas. En los días sucesivos se va reduciendo el tiempo que los adultos van pasando en el aula hasta dejarlos solos. ¿Con eso nos garantizamos una plena adaptación respetuosa? No. ¿Por qué? Porque es una medida estándar para todos, puede que unos niños necesiten más acompañamiento y otros menos. El período de adaptación ideal es el que marca cada niño en particular, pero al menos es infinitamente más respetuoso con el niño que simplemente dejarlo en la puerta del aula.

2. Tiempo

En este aspecto, en España hemos ido involucionando, que es lo contrario de evolucionando. Se pasó de tener una semana de adaptación al comienzo del curso en donde los alumnos iban incrementando el tiempo diario de estancia en el centro. El primer día: una hora, el segundo: dos, así hasta que al final de la semana completaban las cinco horas lectivas.

Pero en el año 2006 el gobierno la suprimió con el objetivo de “mejorar la conciliación de la vida familiar y laboral”. De esa anticonciliación que prima las exigencias de la vida laboral sobre las necesidades de los niños, hablé en otro post.

Y aquí llegamos al quid de la cuestión, tanto en el factor acompañamiento como en el tiempo, la única barrera es una: la no disponibilidad de los padres.

Si algunos están disponibles, la mayoría no, así que traumatizamos a todos los niños. Y no exagero, los traumatizamos, lo que pasa es que son fuertes y lo superan pero eso no quita el ser consciente de que por nuestra parte lo hacemos fatal.

Lo explicamos al principio del post: una mayor novedad de la situación unida a una menor madurez del individuo da como resultado mayor miedo.

Los niños tienen que pasar por ese miedo y enfrentarlo solos, tienen que acostumbrarse a que, en esta sociedad, ellos no son lo primero y bien que lo aprenden, desde chiquititos.

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Es licenciada en Comunicación Audiovisual y ha trabajado como redactora en diferentes medios. Ama la comunicación y le entusiasma la educación. Sus amigas la definen como "la Jesús Calleja de los niños" porque parece que la maternidad no le da miedo, si acaso un poco de vértigo, pero ése que gusta y engancha. Actualmente tiene dos hijos y toda la pinta de pararse ahí, ya que su pareja pone un poco de cordura al asunto...de momento.

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