Rafael Caunedo

48 años

Escritor

3 hijas: 13, 11 y 11

@Rafael_Caunedo

Alguna vez mi mujer me ha enseñado su agenda del móvil. Marca en color rojo las horas del día en que tiene algo que hacer. No me refiero a la actividad propia de su trabajo, sino a alguna obligación que requiere día y hora exacta; reuniones, comidas, viajes… En cada recuadro rojo aparecen nombres y lugares, muchos de ellos no necesariamente en España. Con su dedo va pasando las semanas de la agenda hacia delante y, para mi sorpresa, todas están en rojo. ¿Y si estoy casado con una diva del bel canto y no lo sabía?

Ana tiene su vida programada en rojo; su trabajo se lo exige. Hay que tener una mente preparada para aguantar el ritmo que te impone la responsabilidad. Por eso, los que somos anárquicos e improvisadores, no llegamos a entenderlo. Tal vez sea ese el truco que hace que nuestra relación funcione.

Tenemos tres hijas. Dicho así, en frío, puede parecer algo muy normal, pero la verdad es que los hijos complican mucho la vida de una pareja si los dos quieren trabajar. De momento, hay que elegir entre: abuelos, cuidadora o que uno de los dos deje de trabajar. No seré yo quien dé consejos en esto, tan sólo incluiré una cuarta vía que a nosotros nos funciona.

Puesto que se trata de contar mi experiencia personal, debo anticipar antes de nada, que me considero afortunado. Yo no tengo color rojo en mi agenda, ni tampoco tengo anotados nombres de personas a las que conocer, ni lugares a los que viajar, de hecho ni siquiera tengo agenda. Tal vez por eso empecé hace años a escribir ficción y he terminado por convertirme en escritor. También es verdad que vivir de la literatura hoy en día es muy complicado, así que decidí adaptar mi vida a la situación profesional de Ana. Si hubiera pretendido ser abogado, por ejemplo (menos mal que ni siquiera llegué a ponerme la toga), la cosa se hubiera complicado mucho. Por eso, decidí encauzar mi vida y dirigirla hacia un objetivo: trabajar en casa. 

No sé estarme con las manos quietas, lo reconozco, y estar en casa podría dar pie a ello. No es el caso. Hoy en día disponemos de una herramienta que ha cambiado el mundo: Internet. Gracias a Internet puedo organizar mi tiempo sin tener color rojo en mi agenda. Escribo novelas, guiones, colaboro en distintos medios, coordino talleres de escritura creativa, hago informes de lectura, etc, etc… y todo con una silla, una mesa y un ordenador.

Es verdad que últimamente tengo más familiaridad con la dentista de mis hijas que con mis amigos de toda la vida. Ya entro en su consulta como quien está en su casa. Igual me pasa con el médico. Somos casi íntimos. Es así y lo asumo. Si una niña se pone mala y no puede ir al colegio, no tengo que pedir favores a nadie. Esa libertad me encanta. Disfruto de esa despreocupación por no tener que colocar a los hijos en cuanto surge algún inconveniente. No me importa ir a urgencias con ellas, y eso que sigue siendo habitual ver más a mamás que a papás. 

Ana, si quisiera, no encontraría un recuadro blanco improvisado entre tanto ‘rojo’. Yo, en cambio, ante un imprevisto, hago un hueco sabiendo que sólo se trata de posponer el trabajo una hora y hacerlo al volver.

Tiene cosas malas, lo sé, pero compensan.

He calculado los kilómetros que me hago mensualmente en los trayectos al colegio y a las actividades de las niñas. Cuando lo hice, pensé que era imposible. Redondeando vienen a ser mil doscientos. Cada vez que lo digo, me sigo asombrando. Claro que tener tres hijas y cada una con un gusto distinto, hace que hagan cosas diferentes. Los lunes y miércoles baloncesto, martes y jueves gimnasia rítmica, viernes pintura, piano, partidos… y encima oyendo en el coche la música que sólo a ellas les gusta. En fin.

Mucha gente dice que no podría trabajar en casa porque terminarían por volverse locos. Mi experiencia es que no debes pensar que trabajar en casa suponga renunciar a ser tú mismo. Ana es una enamorada de su trabajo, pero sé que alguna vez, en algún hotel lejano o en alguna reunión especialmente tediosa, se acuerda de sus hijas. Estoy convencido de que a veces le gustaría cambiarse por mí. Luego se le pasa y se vuelve a meter en su ajetreo. 

Le gusta lo que hace y lo disfruta. Yo, en cambio, me volvería loco si mi teléfono sonara tanto como el suyo. Es así. Parece tomarse con naturalidad el dedicar tanto tiempo a su trabajo. Por eso, cuando llegan los fines de semana, está deseando estar con las niñas. Y yo, la verdad, busco excusas para que se queden en casa y así salir a cenar a solas con ella.

La diferencia entre Ana y yo es que cuando elegimos película para ir al cine, yo pienso en nosotros y ella en las niñas. Y lo entiendo. Ser mujer directiva de lunes a viernes no significa que lo seas también los fines de semana. Por eso, es capaz de ver cualquier ‘cosa’ en el cine con tal de estar con sus hijas.

Nuestra experiencia no tiene por qué funcionar en otros. Lo nuestro se trata de formar un engranaje que marche bien aunque tenga imperfecciones. Nada es perfecto y quien diga que lo es, miente. Supongo que perfecto sería poder hacer todo sin tener que renunciar a nada. Eso es imposible. Ana quisiera estar en las tutorías del colegio y yo pagaría por no tener que ir a todas. Qué le vamos a hacer. 

Estoy casado con lo que llaman ‘mujer directiva’, pero supongo que cada uno lo afrontará de manera diferente. Todo depende de cómo sea cada persona. Para mí, trabajar en casa facilita mucho las cosas. En cualquier caso, tenemos medio pactado no hablar de trabajo durante la cena. No siempre lo cumplimos porque tampoco se trata de vivir totalmente despreocupados. Para Ana, la cena es sagrada. Cenamos los cinco juntos (más la perra a mi lado) y son las niñas las que llevan la voz cantante. Yo las dejo hablar a pesar de que cuentan de nuevo lo que ya me han contado a mí por la tarde, de manera que sufro un dejá-vu cada noche. Algún día lo pagaré en el psicólogo.

Podría escribir un libro sobre esto, pero mi aportación aquí se reduce a una somera descripción de lo que supone ser la pareja de una mujer directiva. Si de algo vale mi opinión, lo mejor es no pensar en trabajos ni cargos. Yo no me enamoré de una directiva; lo hice de Ana, simplemente. Y jamás me impresionó su agenda llena de rojo.

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