Lo que no son cuentas, son cuentos

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En los últimos tiempos hemos asistido un día sí y otro también a diferentes y múltiples casos de corrupción en la vida política. Todos asuntos que afectan a la esfera pública y en los que es el dinero de todos el que ha sido esquilmado, por diferentes protagonistas y colores con variable intensidad.

Sin embargo, pocas veces se menciona la corrupción dentro de las empresas, dando por hecho que al tratarse del ámbito del capital privado, todo vale.

Igual conviene matizar.

Se dan casos en los que excelentes trabajadores que han desarrollado una larga carrera dentro de una empresa un día deciden, por ejemplo, que la enésima bajada de sueldo que les impone su jefe es injusta. Y la recurren.

Por arte de magia, también llamado derecho laboral, a las pocas semanas su abogado le muestra al trabajador una serie de papeles que le revelan secretos de alcoba de la empresa en la que trabaja. Datos, todos ellos, al alcance de cualquier ciudadano.

Desde trabajadores invisibles que nunca ha visto en la empresa y que cobran casi lo mismo que él desde hace años, hasta cantidades de salarios inflados, por no hablar los casos de descapitalización de una empresa en beneficio de otra, siendo ambas mecidas por la misma mano. Son algunos de los ejemplos más suaves.

Los hechos en sí pueden resultar justificables legalmente gracias a los mil recovecos que deja la legislación y una más que generosa reforma laboral. Sin embargo, afectan de lleno a la línea de flotación de la moralidad de quienes pretendían hacerse querer y hacerse respetar. En las antípodas de lo primero y lo justito en lo segundo.

El efecto en los trabajadores que pasan por esta experiencia de despertar Matrix suele ser demoledor. Se sienten engañados, manipulados, desilusionados y con una desconfianza infinita hacia sus mandos superiores. Máxime cuando durante años han escuchado hasta la saciedad el discurso de apretarse el cinturón por el bien de la empresa.

Por su parte, la empresa y sus dueños suelen hacer el vacío a estos trabajadores intentando colocarles cuanto antes el adjetivo de “conflictivos” ante sus compañeros. Y todo, por el simple hecho de haber reclamado sus derechos laborales.

En esta pugna legal y moral, la dificultad la suele tener el trabajador que ha sido honrado y generoso durante años con la empresa. Sus superiores, sin embargo, suelen llevar toda la vida redondeando un tres hasta convertirlo en un ocho para inflar un ticket de taxi. Se mueven como peces en el fango de una corrupción sobre la que la sociedad suele mirar para otro lado. Empezando por sus dóciles subordinados.

¿Quién sale ganando en todo esto?

Nadie.

Fenómenos como la dimisión interior o los working dead, comienzan a poblar las empresas que han decidido primero mentir a sus empleados y después subestimar sus sentimientos. Sin medir las consecuencias que esto pueda tener en la vida laboral y privada de sus empleados, que suelen terminar seriamente tocadas.

A estas alturas, es cuando cobra sentido el título de este post y que muchos trabajadores escucharon por primera vez en boca de su jefe, ese que ya no es de fiar. Como algunos políticos.

FIN

Desde hace casi veinte años soy responsable de recursos humanos de una empresa, en la que no hay héroes que calientan sillas, sino simplemente gente bien organizada y trabajadora. Madrugamos mucho pero comemos en casa. Quiero para los demás, lo que quiero para mi: poder disfrutar de mi familia. En mis ratos libres, que los tengo, hago reír a la gente contando mi experiencia primero como hijo y luego como padre. Mi lema: “Si no persigues tus sueños, te alcanzarán tus pesadillas”.

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