Nada de relojes – Marisa Casas

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Madres estresadas

Marisa Casas

Nacida en 1961

2 hijos (1995 y 1999))

Pequeño comercio

madresestresadas.com

@madrestresadas

Cuando Pablo nació, hace 19 años, no existía eso de la alimentación a demanda; había horarios: cada tres horas y diez minutos de cada pecho, y si a las ocho ha empezado del derecho, a las once tocaba el izquierdo sí o sÍ.

Era agobiante recordar horas, tener el reloj en la mano mientras mamaba y para colmo recordar cuál le tocaba, hasta me fabriqué un reloj de cartulina para no perderme.

A las tres semanas lo dejé. Compré biberones y botes de leche y punto.

Al nacer María yo estaba absolutamente decidida a alimentarla solo de leche materna, con una experiencia de biberones con Pablo tuve bastante. Tengo el convencimiento de que las alergias alimentarias tienen mucho que ver con el destete temprano.

Así que dejé guardados los biberones y me quité las orejas cuando llegaron los consejos; sabía lo que tenía (quería) hacer y nadie me iba a cambiar las ideas.

Nada de relojes, nada de izquierda o derecha, ella abría la boca y yo le ponía la teta, si el día era tranquilo, María podía dormir tres horas, si cambiaba la rutina podía tenerla enganchada todo el santo día, y media noche.

Por eso de ser autónoma, me tuve que ir a trabajar cuando mi bebé tenía dos meses, la llevaba a casa de mi madre, dejaba al mayor en el cole y me iba; eran cinco horas más o menos.

Mi cuñada me prestó su sacaleches, manual, eso sí; no creo que hubiera podido con el eléctrico. Estaba tan empeñada que, en una esquina del mostrador en un pequeño comercio, en cuanto tenía un momentito, me levantaba el jersey y me ponía a ello; si me interrumpían, me bajaba la ropa, y seguía al rato.

Usé las referencias de medidas que tenía de Pablo, creo recordar que empezaba con 180ml. La marca del sacaleches vendía bolsas de plástico y las iba llenando, a veces dos, a veces una…. y mi madre las congelaba para cuando yo no estaba. Cuando dejó de mamar a los nueve meses tuvimos para un mes más.

Me extrañó que mi pediatra no me dejara empezar con otras comidas hasta los seis meses; cada revisión yo preguntaba y él me respondía que porqué tenía prisa si mi hija crecía feliz, y encima era gratis.

No es nada divertido dejar un bebé, aunque estuviera en las mejores manos, las de mis padres, para ir a trabajar, así que cuando recuperaba a los niños, mi única misión era estar con ellos, no iba a ningún sitio que no pudieran ir ellos.

Cuando iba a recogerlos, ya podía entrar a voces o en silencio, María me olía y me reclamaba; no fallaba, aunque estuviera dormida empezaba a moverse y gruñir. Yo encantada me sentaba, si podía, y contaba cuentos a Pablo mientras: a un bebé le importa el tono en el que hablas, a un niño de cuatro años, lo que dices, y Pablo siempre estaba dispuesto a escuchar.

Me daba igual el sitio. La primera vez que me “enfrenté” a dar de mamar fuera de casa acababa de llegar al parque, tiré los cubos y las palas y María empezó a reclamar; si recojo, convenzo a Pablo de volver a casa y llego, voy a tener a la niña llorando un siglo y me voy a llevar al otro enfadado así que, aquí mismo. Y sigo sin entender en qué momento se nos va la vergüenza, porque eso de sacar la teta… sin niña va a ser que no.

No creo que hubiera sido posible ir a trabajar, con o sin sacaleches, si no hubiese contado con los mejores abuelos del mundo.

No dejes que nadie te juzgue por cómo alimentas a tu bebé, y si lo hacen, haz así y sacúdelo de tu cerebro.

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