Este testimonio forma parte de la 3ª edición de papiconcilia, que recoge 11 nuevos testimonios. Puedes descargarla visitando la entrada sobre el lanzamiento de la 3ª edición

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Pablo Bernardo

Nacido en 1981

2 hijos (2010 y 2013)

Programador

voylinux.com

@voylinux

Queremos dejar de correr

Recibo la propuesta de escribir este artículo para #papiconcilia y mi primera reacción es decir: ¿Qué puedo aportar yo que no tengo el tema de la conciliación nada bien solucionado? Y la respuesta, curiosamente, es que nadie lo tiene bien solucionado. Así que me lanzo al reto de explicar lo que me gustaría cambiar para poder criar un poco más y mejor a mis dos hijos.

Cuando hace algo más de cuatro años me decidí a dejar de trabajar en el audiovisual fue principalmente por mi familia. Me planteaba que una vida con horarios impredecibles y jornadas de hasta trece horas no eran la forma en que quería criar a mi hijo, por aquel entonces menor de un año.

Me lancé a la aventura de reinventarme profesionalmente, salió bien y desde entonces me dedico profesionalmente al desarrollo para web. Ahora tengo dos hijos y puedo cuidarlos pero paso por el reto, como muchos padres, de tener que hacer auténticos malabares para poder pasar tiempo con ellos. Y tal como están las cosas ese poco tiempo lo pasamos siempre corriendo.

La mañana, como para muchos padres, pasa muy rápido. Nos levantamos pronto porque los dos tienen que llegar al cole y la guardería antes de que a Papá le den las nueve porque tiene reunión cada día al llegar y, evidentemente, no se puede permitir llegar tarde. Así que empieza el día con prisas, con el “desayuna ya que tenemos que irnos” o el clásico “ponte las zapatillas que vamos a llegar tarde”.

Es injusto para ellos, no pueden seguir nuestro ritmo. No deben en realidad. Los mayores hemos aceptado una especie de pacto no escrito de ir todo el día a la carrera entre límites de horarios pero eso no es ni culpa suya ni algo que tengan que simplemente asumir.

El día lo pasan en clase, pero cuando llega la tarde vuelve el ritmo apresurado. Papá sale a las seis, pero entre llegar a casa y conseguir aparcar suelen ser más de las siete al entrar en casa. Mamá tampoco consigue conciliar muy bien. Tiene turno de tarde y no llegará a casa hasta cerca de las diez, así que Papá tiene el turno de duchas y cenas de los dos.  Con el tiempo que lleva hacerlo con los dos, que alguno se enreda, trastea o simplemente se resiste a cenar, no podemos perder mucho tiempo. Si la cosa se complica se terminarán acostando tarde y lo que me retrase con el pequeño lo pagará el mayor en su turno que para esas horas está ya agotado y no puede casi ni con su  alma.

Ellos notan todas estas prisas. Acumulan cansancio y apenas nos queda tiempo en el día a día para jugar un rato, charlar tranquilos, pasear media hora o disfrutar simplemente de un rato de no hacer nada. Parece que todo el tiempo nos toca correr, apresurados porque la siguiente tarea no se nos acumule.

Por las mañanas Papá tiene poco margen para poder llegar cada día en hora, no puede elegir. Y por las tardes, aún si ese día no hay imprevistos, no podemos robarle más tiempo al tiempo. Siempre corriendo, siempre con prisa.

Pero queremos dejar de correr. Es duro y da mucha pena. Te sientes mal por todos y no sabes cómo solucionarlo. No queremos una vida de cuento con todo organizado a la perfección para nosotros, pero sí al menos poder disfrutar con nuestro hijos sin la presión del tiempo. Poder elegir un poco, organizarnos… al menos poder dejar algunos días de correr.

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