Tres hijos, tres historias diferentes

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Soy madre de tres hijos y de tres historias diferentes en lo que a lactancia se refiere.

Detrás de cada una de las experiencias subyace como telón de fondo mi deseo consciente – no tanto informado- de querer amamantar. Lo cierto es que ni la duración, ni las sensaciones que he tenido como madre lactante respecto a cada uno de mis hijos, han tenido nada que ver entre ellas.

De mi experiencia con mi hija mayor no merece la pena hablar. Fue un auténtico desastre fruto de mi impericia, de falta de apoyo en mi entorno más próximo y de nefastos consejos de los profesionales sanitarios que nos tocaron en gracia. (Abro paréntesis: ¡cómo me alegran todas las iniciativas encaminadas a superar esos obstáculos: facultativos (in)formándose de forma continua, asesoras de lactancia, redes de apoyo entre madres, FEDALMA y Alba Lactancia… De verdad, gracias por vuestra increíble labor).

En el caso del mediano, la vuelta al trabajo supuso el principio del fin de la lactancia. Mi bebé se despertaba muchas veces por la noche y, cuando eso ocurría, yo tenía dificultades para conciliar de nuevo el sueño. Mientras duró la baja maternal, aprendí a sobrevivir a base de pequeñas siestas nocturnas y diurnas, haciendo míos sus ritmos sueño-vigilia (en la medida en que podía teniendo otra hija de cuatro años a la que atender).

Cuando me incorporé al trabajo, se acabó la posibilidad de echar cabezadas durante el día, así que pronto empecé a acumular un cansancio considerable. Al final, cedí a la presión del entorno y a mis propias ideas preconcebidas, y acabé introduciendo los biberones con leche en polvo. Esos biberones que frustraron una lactancia que podría haber durado muchísimo tiempo. Poco después descubrí que el problema no era mi leche y que los continuos despertares de mi  hijo no se debían a que “se quedaba con hambre”, sino que era su forma de descansar, a trocitos, siempre alerta.

Finalmente, llegó mi tercer hijo y con él he podido resarcirme de todas las dificultades y errores cometidos. Llevamos casi tres años de lactancia, todo un éxito, más teniendo en cuenta que me incorporé a trabajar a jornada completa desde que cumplió los seis meses.

Para mí era importante seguir la recomendación de la OMS de alimentar a mi bebé únicamente con mi leche hasta los seis meses. Para ello, acumulé casi un mes de vacaciones a la baja maternal y también disfruté de forma acumulada del permiso por lactancia. Gracias a estas dos decisiones, pude “estirar” la lactancia a demanda y exclusiva hasta que mi hijo cumplió los seis meses recomendados.

Mientras duró mi baja, estuve extrayéndome leche y congelándola. En mi oficina no hay un lugar cómodo donde poder extraerse la leche, así que desde el principio decidí que tenía que hacerme con las reservas antes de incorporarme al trabajo.

Me hubiese encantado poder estar más tiempo cuidando a mi pequeño, pero le dejé en las mejores manos que se me ocurrían después de las de mi pareja y las mías propias: las de su abuela, mi madre. Ella, con una paciencia y un amor infinitos fue la encargada de introducir la alimentación complementaria a mi pequeño, coincidiendo lógicamente con las horas que yo me ausentaba de casa para trabajar.

Tras mi incorporación al trabajo, los primeros meses dejaba una bolsa de leche materna en la nevera que había extraído del congelador la noche anterior. Además de ofrecerle mi leche, mi madre le fue introduciendo al pequeño de forma paulatina verduras, frutas, carne, cereales y más adelante pescado y huevo. A partir del octavo-noveno mes dejamos de darle leche en mi ausencia. Y es que la verdadera clave cuando nos incorporamos al trabajo es que el bebé tenga acceso ilimitado al pecho el tiempo que estemos en casa. De esa forma podemos estar tranquilas porque los peques obtienen la cantidad de leche que necesita aun cuando pasemos bastantes horas fuera de casa.

Así que la acumulación de las  vacaciones y del permiso de lactancia me permitieron completar el periodo recomendado de lactancia exclusiva. Por su parte, la combinación de alimentación complementaria, reservas de  leche materna en mi ausencia y lactancia a demanda – tarde y noche- a mi regreso, hicieron posible mantener la leche materna como alimento principal de mi bebé hasta el año de edad.

A pesar del camino recorrido y del éxito conseguido, recuerdo que viví con mucha tristeza mi incorporación al trabajo. En España, la baja por maternidad es  demasiado corta y en muchas ocasiones esa prematura incorporación nos coloca al borde del abismo, obligadas a “volver a los ruedos” cuando aún nos estamos adaptando a todos los cambios físicos, emocionales y logísticos que supone la llegada de un hijo al mundo.

La lactancia materna juega un papel importantísimo en la salud de los bebés, pero no se trata solo de alimento, sino que la labor de maternaje incluye el afecto, la protección y la constitución del vínculo de apego seguro y amoroso que servirá como motor desde el que nuestros hijos conocerán el mundo y se adaptarán a él. Esto da una idea de lo importante que es que las políticas públicas abran los ojos ante este hecho que viene ínsito a la propia naturaleza humana y que puede llegar a determinar la salud psicoemocional de las personas. La conciliación de la vida laboral con la labor de maternaje y la de crianza es una cuestión de justicia, de bienestar social y de salud pública.

Volviendo a mi propia historia, casi tres años después del nacimiento de mi tercer hijo, mi pecho sigue siendo su refugio y amamantarlo me sigue regalando instantes compartidos de recogimiento, conexión y amor que convierten la lactancia en un acto que reconozco ejercer a estas alturas por puro egoísmo. Y es que es un auténtico placer y privilegio como madre poder disfrutarlo.

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