Dar un infarto

Recuerdo de manera muy nítida cómo, hace dos años, Risto Mejide entrevistaba a Cristina Cifuentes. Lo hizo cuando se había recuperado del accidente de moto que había sufrido, en la que resultó herida grave y donde incluso se llegó a temer por posibles complicaciones físicas y neuronales.

Como muchas otras personas, la entonces delegada del Gobierno en Madrid aseguró que tras aquel episodio ‘se iba a tomar la vida de otra manera’ y que se había dado cuenta de las cosas que eran realmente importantes.

Recuerdo también cómo, a través de Twitter, mantuve una conversación con ella preguntándole por qué creía que tenía que haber ocurrido esto para valorar algunos aspectos personales fundamentales. Debo decir, a su favor, que no solo contestó sino que lo hizo de manera educada. Quizá aquella actitud formaba ya parte de su cambio.

Siempre pongo este ejemplo porque existe, al menos en la generación anterior a la mía, un mantra que se repite a lo largo del tiempo. Y que casi siempre aparece después de sufrir una desgracia en el plano personal.

Son muchos (y muchas) los que lamentan al final de su vida, o incluso a mitad de ella cuando se encuentran con una circunstancia incapacitante total o parcial, no haber pasado más tiempo con sus hijos. O no haber hecho aquel viaje con el que siempre soñaron. O haber dedicado los últimos 40 años a trabajar en un lugar que les disgustaba profundamente, lleno de gente que les aportaba más bien poco.

Volviendo a Risto, en otra conversación con Iñaki Gabilondo, este finaliza sus reflexiones diciendo que si volviera a nacer se pasaría horas al día mirando a sus hijos. Viéndoles crecer. Es la confirmación definitiva de que alguien que ha conocido el éxito profesional cree en lo más profundo que no ha corrido la misma suerte en el ámbito familiar.

Y, sin embargo, sigue habiendo muchísimas personas que se matan a trabajar pensando en que lo hacen para mantener a su gente (en muchos casos, por desgracia, no hay más remedio). Pero incluso aquellas que no tendrían necesidad lo hacen. Porque se nos ha enseñado que somos aquello en lo que trabajamos. Y no aquello de lo que disfrutamos.

Lo he dicho muchas veces y lo seguiré repitiendo: hoy, el 60 por ciento de las profesiones solo dependen de un ordenador y un teléfono. Y casi todos, en sus casas, disponen de ellos. El siguiente paso es el de poner en la balanza la vida que queremos tener cuando estamos sanos, no cuando el cuerpo nos da un susto después de entregar nuestra energías a nuestro jefe en lugar de a nuestra familia. Y comenzar a pedir horarios, o situaciones, que nos permitan conciliar. Porque así, felices, seremos mucho más productivos para nuestras empresas. Aunque ellas sigan empeñadas en no darse cuenta.

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Un día decidí que no quería tener horarios ni soportar jefes bipolares... y así sigo hasta hoy. Desde hace más de 15 años asesoro a deportistas y empresas sobre cómo presentarse a los medios de manera noticiable. Narro eventos deportivos en Radio Marca. Y soy autor del libro 'Por qué no nos dejan trabajar desde casa?'. He visto crecer a mi hija de tres años. Y aun así me pagan y sobrevivo

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