Y tú ¿piensas recuperar el tiempo perdido durante tu embarazo? – Lucía Trabajo

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Lucía Trabajo

Nacida en 1982

Periodista

1 hija (2013)

@planeandoserpad

planeandoserpadres.com

Soy de poco resumir y mi experiencia con lo que he llamado mi no conciliación laboral me daría para un tomo de la Enciclopedia Británica. Pero así, por encima, y sólo para no aburrir al personal, esbozaré cómo se truncó mi carrera sólo por decidirme a ser madre. Partamos de la base de que mi jefa, mujer ella, rondando los 60 años y sin hijos, vivía en cuerpo y alma para su carrera profesional y para mantener un noviazgo eterno con su marido. Yo ni entro ni salgo en la relación de pareja de nadie, pero vamos, que con la mitad de edad ya me había dado cuenta de que lo mío con mi marido no iba a ser un noviazgo eterno, que las parejas evolucionan, tienen sus altibajos, se metamorfosean de mil maneras y el noviazgo no tiene por qué ser la mejor de estas etapas. Ella afirmaba no haber tenido hijos por voluntad propia y ¿quién era yo para desconfiar de su palabra? Cada uno que encarrile su vida personal y profesional como buenamente quiera (o pueda). El caso es que antes que yo, una compañera que trabajaba gratis en mi grupo, por amor al arte y por adquirir experiencia, se quedó embarazada y desapareció del entorno durante 9 meses tras el parto. Fue duramente criticada por esta larga ausencia maternal (si no tenía ni contrato, ni ningún tipo de vinculación con el centro, podría haber faltado 9 meses o 9 años, que no estaba en la obligación de darle explicaciones a nadie), con lo cual no era difícil sospechar lo que me ocurriría a mí si me decidía a dar el paso. ¡Porque yo sí cobraba por trabajar!

Por aquel entonces ya cometí un primer fallo. Me casé. Mi jefa consideraba que casarse con 28 años, siendo licenciada y queriendo hacer carrera en la universidad, era de catetas de pueblo atrasadas (como yo). A cambio de disfrutar de una semana de viaje de novios renuncié a todas mis vacaciones de aquel verano. Yo sólo quería estorbar lo menos posible y demostrar que mi matrimonio no me iba a cambiar como profesional. ¡Prueba superada! Ella seguía viendo raro lo de la boda, pero nuestra relación seguía como siempre.

Y entonces se produjo lo natural, lo inevitable entre dos seres humanos que se tienen un mínimo aprecio y que han decidido emprender un proyecto de vida en común. Tras sopesar los pros y los muchos contras, mi marido y yo decidimos buscar a nuestro primer hijo. Al sexto mes de intentos en secreto ya estaba embarazada de mi niña. Lo hicimos público a la familia a los 3 meses y pretendía mantenerlo oculto en el trabajo hasta que la barriga comenzase a revelar el secreto. Como estoy gorda, mi madre afirmaba que podría hacerlo durante al menos 6 meses. Y tenía toda la razón, pero por cuestiones logísticas me vi obligada a confesarlo al cuarto mes, porque se estaban organizando proyectos en los que yo no podría estar porque acabaría de parir. Así es que llamé a mi jefa por teléfono, le conté lo del embarazo, mis buenas intenciones para darlo todo hasta el último día, lo bien que me encontraba, lo mucho que me esforzaría, y ella sólo esperó a que acabara mi discurso para decirme que ya sabía lo que pensaba acerca de mi decisión. Y me colgó.

Se pasó 3 semanas sin dar señales de vida, sin responderme al mail y sin citarme para reuniones. Yo llevaba 6 años trabajando desde casa, y puntualmente acudía a reuniones semanales con mi grupo de trabajo, pero en ocasiones pasaban varias semanas sin que tuviese que personarme allí. A cambio de esta libertad para organizarme la jornada, estaba siempre disponible al teléfono, incluso en los fines de semana y fiestas de guardar. Hablaba con mi jefa varias veces cada día, intercambiábamos decenas de mails, por lo que un silencio tan largo era un signo evidente de su enfado. Pero como yo tenía faena de sobra, seguí en casa hasta que me citó por primera vez.

En aquella primera reunión tras conocer mi embarazo, decidió quitarme las llaves de su despacho, en el que había trabajado durante todos estos años, con la excusa de que era mejor que ella abriese y cerrase para las reuniones, para que el resto de trabajadores no comentasen cosas raras… en fin excusas peregrinas para no confesar que había dejado de confiar en mí. Para mi jefa, mi embarazo no era una cuestión personal, de mi intimidad, sino un desafío hacia su autoridad, maquinado en contra de ella y de sus intereses.

A partir de aquel primer contacto me llamaba muy de vez en cuando, sólo cuando se veía colapsada por algún asunto; me citaba a las reuniones horas después que a mis compañeros; si ellos salían a la cafetería a mí me pedía que me quedase trabajando en el despacho a solas; y se pasó todo el embarazo refiriéndose a mi fecha probable de parto como “el problema” o “el día que ella falte”.Me daba la sensación de estar encaminándome más hacia mi propia muerte que hacia la maternidad.

Lógicamente, nunca me preguntó qué tal me sentía, si iba a tener un niño o una niña, ni si necesitaba algún arreglo horario para poder acudir a las pruebas médicas de rigor. Yo vivía agobiada, levantándome a las 5 de la mañana y haciendo jornadas eternas en casa para demostrar que todo seguía como siempre y además, adelantar el trabajo que pudiera para que mis compañeros no vivieran mi baja de maternidad como un lastre. Parí un domingo y estuve trabajando sin descanso hasta el viernes antes del parto. Nunca pedí ningún favor y aspiraba a poder quedar bien con todos para que mi reincorporación tras la baja de maternidad (más conocido por mi jefa como “mis 4 meses de vacaciones pagadas”) fuese lo más normal posible.

No me felicitó por el parto, ni tuve llamadas suyas, aunque sí de algunas de mis compañeras, ni volví a saber de ella hasta que 15 días antes de mi reincorporación me escribieron un mail desde la dirección del departamento para hacerme saber que habría cambios importantes tras mi vuelta. El principal era que se había acabado lo de trabajar desde casa, y que debería estar de forma presencial en mi despacho de 10 a 18 con una hora en medio para comer. Imposible compactar horas por la mañana o en turno de tarde. Imposible reducir la hora de la comida. Imposible cualquier medida de conciliación que les quisiera proponer. La jornada continuada les parecía una absurdidad, pero es que conociendo los métodos de trabajo de mi jefa, yo sabía que nunca lograría volver a casa a las 6 de la tarde, porque siempre había estado muy dispuesta a inventar reuniones eternas que nos mantenían al pie del cañón hasta que el edificio cerraba y el guardia de seguridad nos obligaba a desalojar el despacho. Y mi hija tenía entonces 4 meses y medio. Tendría que despertarla a las 7 de la mañana para dejarla con mi madre y no verla hasta la mañana siguiente, porque por aquel entonces se dormía a las 7 de la tarde. Antes de que yo hubiese logrado volver del trabajo.

Así fue como tras muchas conversaciones familiares me planté ante mis superiores el día en que debía reincorporarme tras la baja de maternidad. Después de hora y media en la que me tacharon de haber sido la peor trabajadora del mundo (con lo contentos que habían estado antes, renovándome contrato tras contrato durante 6 años) les dije que me volvía a mi casa, a criar a mi hija, con un sueldo menos, sin derecho a prestaciones económicas, pero feliz con mi decisión. Esa mujer con la que había compartido tantos años de mi vida se pasó la reunión esquivándome, mirando a una pared como si la cosa no fuera con ella y sin ningún atisbo de compasión. Antes de irme me dejaron claro que en esta vida no se puede tener todo. Que me fijase en la señora de la limpieza, que no puede tener hijos porque tiene que trabajar para vivir. Y sobre todo, que ahora no fuese diciendo por ahí que dejaba el trabajo por los cambios en el horario, que la cosa no había sido así.

Y desde luego que no lo fue. Fue mucho peor que un cambio de horario o de ubicación laboral, con preguntas como ¿cuándo pensaba recuperar el tiempo perdido durante la baja de maternidad? Advirtiéndome de que en futuras evaluaciones no tendría posibilidad alguna de seguir en mi puesto con semejante retraso de trabajo acumulado. Y así me volví a casa, con menos dinero en la cuenta corriente cada mes, pero con una hija de la que no me separo más que en minutos contados y muy de vez en cuando. En mi caso he comprobado que se puede vivir con mucho menos de lo que nos cuentan, que tener estudios universitarios y dedicarte a criar es visto como la peor de las desgracias y que la conciliación, palabra de la que no tenía conocimiento hasta que parí, en este país no existe. Ni se le espera.

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1 COMENTARIO

  1. Está claro, podemos vivir con menos. Y está claro también que tenemos, tristemente, una sociedad que no acepta la maternidad con naturalidad pese a lo extendido de la epidemia. Como si fuera algo a esconder en el mundo laboral, a dejar en casa, un poco como aquellos que dicen que el maltrato es un tema “de casa” (y ahora nos escandalizamos). No, no creo que debamos esconder nada, sobre todo porque no creo en la espacio a persona familiar / persona en el trabajo. Espero que estos testimonios contribuyan a visibilizar algo que debería ser vergonzante como sociedad.

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