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Dislexia: ¿Trastorno del aprendizaje o trastorno por el aprendizaje?

Os voy a contar una historia, que no es un cuento sino una verdad verdadera. Ocurrió hace ya algunos años que una niña pequeña iba al cole. Dicen que los niños van al cole para aprender, pero esta niña no sabía si aprendía o no, para ella era todo un lío. Muchas veces no entendía lo que las maestras decían y notaban como éstas se exasperaban con ella, así que dejó de preguntar. Otras veces, no entendía los juegos de los otros niños, así que dejó de jugar.

Poco a poco se fue encerrando en su burbuja donde inventaba miles de historias y aventuras. Ella y sus amigos imaginarios eran los únicos protagonistas, todos se querían mucho y nunca había ningún malo.
A los ocho años tuvo una nueva maestra, era una mujer mayor que andaba cojeando con una muleta, les enseñó a rezar el “Padrenuestro” nada más empezar las clases y a levantarse de la silla a modo de señal de respeto, si venía a hacerles una visita el director del colegio. Esta maestra tenía un nombre muy difícil: Asunción. La señorita Asunción resultó ser muy buena y cariñosa, explicaba las cosas de manera sencilla y a la niña de nuestra historia empezó a desliársele el lío.
Un día la señorita Asunción llamó a la niña para que se acercara a su mesa y le dijo unas palabras mágicas, sí, sí, unas palabras mágicas y poderosas que ella nunca olvidó:
– Tú no eres tonta
¡Guau! ¿Cómo sabía la señorita Asunción lo que la niña sentía? Además si la señorita Asunción era tan buena, tan simpática y tan lista que todo lo sabía, tenía que tener razón en esto también.

Dislexia

La señorita Asunción le dijo a la niña de nuestra historia una palabra aún más difícil que su nombre: Dislexia.
– Tú tienes dislexia, eso es que confundes algunas letras y su sonido. Por ejemplo: escribe “programa”
Pero la niña escribió “porgrama”. La señorita Asunción lo escribió al lado correctamente y le explicó: – ¿Ves? Pero no importa, eso no es ser más listo ni más tonto. Simplemente es ser de una manera o de otra, como el que es rubio o moreno o tiene la nariz grande o pequeña. Sólo tienes que tener un truco para no equivocarte. Mira prrrrrro ¿qué va antes la erre o la o?
– la erre – dijo la niña
– Muy bien, pues la próxima vez que tengas que escribir algo párate un momento y piensa ¿qué va antes? Tú tienes todo el tiempo del mundo para hacer los deberes. Aunque yo diga a la clase que deben terminar, tú tranquila, prefiero que lo hagas a tu ritmo y pensándolo bien.

Después de esta conversación de menos de cinco minutos ¿sabéis lo que pasó? Que la niña siguió confundiendo alguna letras, sí, pero cada vez menos gracias al truco de su señorita; pero eso no es lo más sorprendente. Lo más sorprendente es que ¡tenía razón! No era tonta, al contrario, a partir de ese día empezó a aprender rápido, a entenderlo todo, y a sacar buenas notas durante todos los cursos del colegio, del instituto y de la Universidad. Aún hoy tiene que parase unas décimas de segundo a pensar ¿Qué va antes? O ¿hacia qué lado va la de? ¿y la be? Pero es una ávida lectora, no comete faltas de ortografía y le encanta escribir, tanto que lo ha convertido en su medio de vida. De hecho, ahora mismo está escribiendo estas líneas.

Pero aquí no acaba esta historia con final feliz, no. Porque pasados unos años más esa niña se convirtió en una mujer y tuvo un hijo que, como todos los niños pequeños, iba al cole para aprender. Pero él no se hacía ningún lío, nada en absoluto. Tenía muchos amigos y jugaba con ellos a miles de historias y aventuras. Las maestras estaban encantadas con él, a su madre siempre le decían que era un niño obediente, muy maduro, con mucha memoria y un vocabulario muy extenso para su edad. Hasta que con seis años tuvo una nueva maestra, era joven y guapa, pero no sonreía, tampoco daba abrazos ni besos, no se reía, ni permitía que los niños se rieran en clase. A los que no les daba tiempo a hacer las fichas en clase los dejaba durante el recreo terminándolas.
La niña de nuestra historia que ya era una mamá grande vio como su hijo empezaba a tener pesadillas y a hablar negativamente sobre sí mismo “Soy tonto”, “No me entero de nada”, “No puedo ir más rápido porque soy torpe”… Así que decidió ir a preguntar a la nueva señorita qué pasaba. La cual se lo resumió en una sola frase:
– Su hijo tiene un problema de vagueza.

La mamá sabía que vagueza es una palabra que no existe y supuso que la señorita se refería a “vaguedad”. Pero ¿cómo? Si en los tres años de infantil ninguna profesora le había dicho nada sobre eso. ¿Se había vuelto vago de repente?

– Es que primaria no es lo mismo que infantil, aquí empezamos a exigir y él escribe extremadamente lento, con muy mala caligrafía, confundiendo los fonemas e invirtiendo las grafías. – ¿No será que es disléxico? Como yo. He leído que tiene un componente génetico, o sea, que se puede heredar.
– Ah, pues sí, puede ser. Voy a ponerlo en conocimiento del equipo de orientación educativa y que vengan a estudiarlo.

Pero ese equipo nunca fue y el niño cada vez estaba más aterrado por ir al cole. Así que la mamá lo llevó a una psicopedagoga privada para que le hiciera un informe y esto fue lo que escribió “presenta signos de una posible dislexia que puede estar afectando a su rendimiento académico, recomiendo que trabaje sin límite de tiempo y evitando las comparaciones con compañeros”.

La mamá llevó el informe a la maestra, esperando así darle la solución a tan tensa situación, pero no. Todo fue a peor.
La señorita explicó a toda la clase que lo iba a cambiar de sitio porque era disléxico, a partir de ese momento se iba a sentar junto a ella y junto a la “niña de educación especial”… textualmente.

La madre habló en multitud de ocasiones con ella, le pidió que no le pusiera un tiempo para terminar la tarea, que no lo castigara sin salir al recreo o sin ir a la clase de educación física, pero todo fue inútil. El problema no terminó hasta que no le cambiaron de maestra.

Entre una historia y otra hay un lapsus de treinta años ¿Era mejor la educación de antes que la de ahora? ¿Se trata de un problema de conocimientos? ¿O de valores y vocación? Es difícil de saber, lo único que está claro es que las palabras son un arma poderosa y que todo el que no sea responsable de ese poder, no debería poder ejercerlo. Al menos, en un aula.

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