Conciliar, esa palabra maravillosa que deberíamos ser capaces de definir por nosotros mismos – Víctor Sánchez

Víctor Sánchez participó en la segunda edición de #papiconcilia, publicada en marzo de 2015. Las cosas han cambiado mucho en su vida y ha querido mandarnos una versión actualizada de su testimonio.

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conciliar, testimonio de Victor Sanchez

Víctor Sánchez

Nacido en 1972

2 Hijos (2005 y 2008)

Gestor Comercial en Vía Fibra Óptica

@vsanchez1972

Conciliar, esa palabra maravillosa que deberíamos ser capaces de definir por nosotros mismos

Recuerdo que el título de la segunda edición del libro #papiconcilia, decía “46 hombres cuentan cómo conciliar la vida laboral con la familiar

Me temo que en mi caso, y habiendo releído mi testimonio en más de una ocasión escrito hace ya más de un año, me quedé en una primera fase sobre cómo conciliar la vida familiar y….

He querido buscar en el diccionario el significado oficial de la palabra conciliar y esto es lo que me he encontrado (en su segunda o tercera acepción):

Conciliar. Del latín conciliare. Hacer compatible dos o más cosas.

Me faltaba incorporar a mi particular ecuación la vertiente laboral, pues apenas hablaba casi nada de ese aspecto, habiéndome sumergido en la paternidad de una forma un tanto repentina (aunque por otra parte largamente anunciada).

Y ahora que lo he conseguido (conciliar trabajo y familia de una manera medianamente razonable), solo me queda dar con la clave para conseguir que acabe funcionando, es decir, que gane el suficiente dinero, al menos, como para que podamos permitirnos el lujo de seguir conciliando en casa

Para quien no lo sepa, tengo dos hijos, Miguel y Ana, de 10 y 8 años respectivamente, que están a mi cargo desde que en marzo de 2011, un Juzgado de Madrid me concediera su custodia largamente reclamada durante más de 3 interminables años…

Bien es cierto que realmente se puede decir que llevamos viviendo solos únicamente poco más de un año (una breve estancia en casa de mis padres y una relación de pareja también anterior fueron las etapas previas a nuestra independencia), 14 meses para ser exactos, donde estamos intentando aprender a conciliar tooooooodos esos detalles tan necesarios para que un hogar (casa, suena muy frío y distante) funcione y todos podamos estar en la medida de lo posible lo más contentos y felices.

Dentro de esa a veces complicada ecuación “familia + trabajo + espacio personal”, la palabra conciliar llega como por arte de magia o simple necesidad indispensable de organización para que todas las piezas encajen, porque realmente da la sensación de que nos han dado más piezas de las que caben dentro de los límites y bordes del espacio asignado para colocarlas.

Y me explico.

Muchos pretenden que “conciliar” sea un pequeño regalo del cielo, que en forma de decisión o ley propuesta por la clase política que nos va a llegar un día sin nosotros lo pidamos o reclamemos, como un derecho que nos corresponde (no sin cierto sacrificio también por nuestra parte), y que nos va a permitir trabajar menos (horas), ganar lo mismo, y pasar un mayor tiempo (de calidad) con nuestros hijos (sí, estar trabajando en casa, mientras los hijos están viendo la TV no es conciliar, eso es… Trabajar en casa).

Y la verdad es que quien se esté esperando ese maná caído del cielo…. Pues eso, puede seguir esperando, porque la realidad es bien diferente…

Yo tuve la suerte durante varios años de trabajar en una empresa pequeña, familiar, donde la valía de cada trabajador era fácilmente demostrable incluso en el día a día de las responsabilidades y funciones propias de cada puesto o trabajador (menos empleados permite a los responsables o superiores de cada departamento estar más encima de ti -en el buen sentido de la palabra- y darse cuenta de tus logros o errores de forma más inmediata y cercana).

Así conseguí poco a poco ir promocionando, consiguiendo aumentos de sueldo (¡¡¡cuando era una época en donde se podían conseguir y estaba bien pedirlos si los merecías!!!) con cierta regularidad y continuidad, y lo más importante, cuando llegó el momento de reducir mi presencia en la oficina, todo fue mucho más fácil.

El trabajar en una empresa pequeña te permite que tus responsables o gerentes te conozcan mejor y sepan de tus pequeñas particularidades familiares, con lo cual, digamos que la mitad de la batalla (convencer a los jefes de la necesidad personal de pedir una reducción de jornada) estaba ganada de antemano, o por lo menos, con el camino a medio recorrer y bastante allanado.

Y tuve suerte, mucha suerte porque, repito, eran tiempos en los que la confianza empresario/trabajador permitía pedir reducciones de jornadas que mi puesto me permitía (gestor comercial) y que el desarrollo de mi trabajo (elaboración de presupuestos/ofertas desde el ordenador y contacto telefónico con mis clientes) me permitía hacerlo a otras horas de la jornada laboral y con una flexibilidad que me posibilitó el hecho de que me concedieran un horario “presencial” de 9:00 a 15:00, todo lo flexible que yo necesitara (generalmente, dejando en el colegio a los niños a las 9:00 siempre llegaba de 15 a 20 minutos tarde) y con la posibilidad de seguir ganando el 100% de mi sueldo (realmente mi horario se reducía, pero no mi trabajo que se seguía haciendo en otros momentos u horas del día).

Es decir, podía realizar todo mi trabajo en la franja horaria en la que los niños estaban en el colegio (9:00 a 16:45) con lo cual era un lujo que seguro pocos padres y pocas madres monoparentales tienen a su alcance, porque me permitía pasar con ellos todas esas horas por las tardes hasta el momento de dormir, sin necesidad de delegar en terceras personas, ya sea de la familia (abuelos) o personas contratadas para ese fin (personas, cuyos sueldos, lógicamente no me podía permitir).

Así que, durante varios años, esa fue una opción que sinceramente me permitió llevar una vida estresada, pero lo más cercanamente posible a la normalidad (sí, bendita normalidad). Casi, casi, como cualquier otra pareja o unidad familiar normal

Pero lo bueno no dura para siempre y, con la tan temida crisis sobrevolando nuestras cabezas, llegó lo que era la “crónica de una muerte anunciada” y la empresa a la que yo estaba trabajando no le quedó más remedio que echar el cierre y más cuando, a cada ejercicio económico que íbamos dejando atrás, las cifras de facturación se iban reduciendo a la mitad, año tras año, hasta que fue literalmente imposible despedir a más gente y conseguir que la empresa fuera mínimamente sostenible…

Así que, vuelta otra vez a empezar, con la salvedad de que, con todas mis particularidades familiares, a ver qué trabajo y qué horario podía optar a encontrar que pudiera adaptarse (porque es así y no al revés como hay que plantearlo) a mis necesidades logísticas…

Y ahí empezó una búsqueda en la que yo entendía claramente que tenía que incorporar un detalle que facilitara esas exigencias mías tan necesarias y opté por buscar (aunque en buena parte, fueron ellos los que me buscaron a mí) entre los clientes/proveedores/contactos del sector donde yo trabajaba (telecomunicaciones) que conocía de forma más cercana y personal, y que me permitirían una mayor conexión (por llamarlo de alguna manera) con el empresario (esa figura tan distante, tan marcadamente productiva y tan insensible que nos mira con recelo, como a veces, injustamente solemos creer)…

Y por segunda vez en mi vida, en cuanto a este detalle, volví a tener suerte.

Llegué a una empresa, más pequeña si cabe que la anterior, donde tuve la oportunidad de negociar un contrato de jornada parcial (con la posibilidad de seguir cobrando la prestación del desempleo en parte) y que me permitía, junto a las comisiones de mis ventas (por otra parte, la razón de ser del trabajo de comercial), cobrar un sueldo medianamente aceptable con el que poder subsistir mis hijos y yo (en estos momentos, nuestra unidad familiar, se convirtió en casi, casi mileurista, lo cual, visto lo visto, en las posibilidades que se presentaban delante de mí, era casi un triunfo).

Y en la actualidad, en esas estamos: trabajando e intentando vender lo máximo posible (dicho de la manera más práctica y realista, aunque no sin ciertas dificultades en un tiempo o jornada de trabajo muy comprimida) para, como he dicho antes, conseguir un modelo de subsistencia y estabilidad económica familiar con la suficiente solvencia, antes de que la prestación por desempleo se me agote, y vuelva a estar abocado a buscar un trabajo normal o lo que es lo mismo, de jornada completa que no me permita la posibilidad de seguir conciliando de la manera más adecuada que hemos sabido encontrar.

La tarea no es fácil, pero tengo la ilusión de estar trabajando en la mejor opción posible y en donde todos (mis hijos y yo) salimos ganando con diferencia…

PD: Y ya que parece que el tema de la conciliación solo interesa (es un decir o una forma de hablar) a las familias, parejas, o unidades familiares “con hijos”, no quería dejar pasar la oportunidad de romper una lanza a favor de los que no tienen hijos y también les gustaría conciliar, porque en definitiva, de lo que se trata, independientemente de que tengas hijos o no, es de equilibrar una vida de la forma más equitativamente posible.

Sabemos que el día no da más de sí, 24 horas un tanto exiguas a veces, pero que podamos repartir de la forma más similar posible, la ecuación de 8 horas de trabajo, 8 horas de descanso, y 8 horas (éstas, las más difíciles de cumplir) para nuestros asuntos personales o familiares, es y debe ser nuestra particular batalla personal…

Y en esa resolución (no sin esfuerzo ni restricciones varias) de la ecuación (o tormenta) perfecta estamos todavía trabajando. Con la esperanza de poder llegar a ella, de la forma más equilibrada posible, cuanto antes…

Leer el primer testimonio de Víctor Sánchez

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