Este testimonio forma parte del proyecto #políticoconcilia. José Francisco García es miembro del consejo de dirección de UPyD. Está divorciado y tiene un hijo. Cuenta en su testimonio lo difícil que si conciliar la vida laboral, con la política, y más si a eso le sumas la paternidad y la rigidez que impone la crianza de un hijo cuando estás divorciado

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José Francisco Sigüenza García

Nacido en 1973

Licenciado en Ciencias Físicas

Titulado Superior de la Administración General del Estado

Miembro del Consejo de Dirección de UPYD.

1 hijo (2006)

@jfsiguenza

La familia… decía Don Vito con voz grave. Lo decía despacio para que quedase clara la relevancia que para él tenía el asunto y voy a ser yo quien le lleve la contraria al Señor Corleone. La familia, eso tan importante que siempre ha estado ahí y que sin embargo no ha dejado de cambiar generación tras generación. Mis padres, hermana, abuelos, tíos, sobrinos y por supuesto mi hijo aparecen en mi mente al pensar en “familia” y posiblemente cada uno de ellos tenga una visión del asunto distinta. Mi madre imaginará una mesa llena de gente celebrando el volver a reunirse mientras que mi hijo puede que vea protección y la paga semanal.

Para reforzar lo que acabo de afirmar les hablaré de “mi libro”, mi caso es completamente diferente al de las generaciones que me preceden. Soy divorciado y por ello he sido el primero (la oveja negra) en tener que enfrentarme a ciertas situaciones que nunca antes se habían dado en mi entorno. Divorciado y con un hijo, con un hijo que no vive en mi casa habitualmente.

Comienzo con esto pues la conciliación de vida familiar y laboral también está cambiando a velocidades vertiginosas y no todos lo vemos ni lo vivimos de la misma manera. Soy consciente que un divorciado no es el típico ejemplo en el que pensamos cuando hablamos de conciliación pero que sepan que casos así existir, existen.

Coparticipar en el cuidado de los hijos sin que ello afecte al desarrollo y promociones laborales se convierte en algo un poco más complicado en circunstancias como la mía que, por otra parte, son las de miles de personas en España. Hay que tener en cuenta que para una persona divorciada el compartir y compaginar suele venir acompañado de calendarios y horarios que cumplir. Estos, a la larga, se convierten en estrechos corsés que impiden la flexibilidad necesaria para poder evolucionar laboralmente. No hablo únicamente del progenitor que no vive con los hijos, también esto le ocurre al que tiene la custodia de los mismos.

Por si esto fuera poco, la cosa se complica cuando, aparte del tema laboral, se desea realizar otra actividad, que en mi caso es la política. Bienvenidos entonces al maravilloso mundo de las reuniones a horas intempestivas y de las entrevistas urgentes que no pueden esperar. Ahora la conciliación pasa de ser algo complicado a convertirse en un rompecabezas sin aparente solución.

Alguien podría pensar que esto de la política es algo voluntario y que no entra dentro de lo laboral, y no están faltos de razón pero no hay motivo para no querer ir un poco más allá de lo puramente mercantilista. Hablemos de política o de realización personal, de voluntariado, de seguir aprendiendo, de leer o de ir al cine. Hablemos de que el ser humano es algo más que un puesto de trabajo y, si aceptamos “pulpo”, no queda fuera de lugar entender la conciliación como el compatibilizar ciertas actividades, retribuidas o no, con el hecho de tener y disfrutar de la familia.

Quise vivir la experiencia de estar en política de un modo activo, pasar de las conversaciones de barra de bar y papeletas cada cuatro años, a generar propuestas con las que, según entiendo, se pude hacer una España más justa. Fue entonces cuando comenzaron las encrucijadas: Una reunión inesperada que coincidiera con el fin de semana que pasaba con el niño significaba tener que decidir si aprovechar todas las horas de un fin de semana que siempre se hace corto o cumplir con los compromisos que había adquirido. Al final, conciliar familia lleva consigo también conciliar conciencia pues sucede que si elegía la opción de ir a la reunión, “Pepito Grillo” no dejaba de “molestar” diciendo que lo correcto hubiese sido quedarse en casa y cuando la elección era la contraria pasaba a sentir que no estaba cumpliendo con el “deber”.

Con el tiempo y recurriendo a los clásicos, llegué a la conclusión de que en el medio se encontraba la virtud y que la única solución era la de buscar un equilibrio. Una de cal y otra de arena para ir construyendo una vida en la que pueda crecer como persona sin dejar de atender a mi hijo. Y de nuevo, como al principio de estas líneas, aparece la familia. Nada sería posible sin la ayuda de mis padres y hermana, que proporcionan la cobertura necesaria en esos momentos en los que la conciliación se convierte en algo parecido a cuadrar el círculo.

Para terminar quiero resaltar la importancia que tiene el aceptar nuestra propia situación, que para nada es la ideal. Para poder conciliar trabajo, familia y, como he apuntado antes, conciencia, es necesario entender que toda elección lleva implícita una renuncia. Tenemos que asumir que aquellos que decidan dedicar el 100% de su tiempo a la “empresa” tendrán más posibilidades de ascender en la misma y que los que renuncien a su promoción laboral pasarán más tiempo con sus hijos. Son hechos, verdades incómodas, con los que debemos vivir en armonía si no queremos que nos consuma la frustración.

Una vez llegados a este punto, hagamos una elección y una vez hecha tratemos de disfrutar de todos y cada uno de los minutos que pasemos en familia o que decidamos dedicarle al “laboro” que para eso lo hemos elegido así y que de eso se trata.


Este testimonio es parte del proyecto #políticoconcilia. Si eres político o conoces a alguien que lo sea y quiera participar, invítale a hacerlo.

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