¿No hay conciliación fuera de la Administración? – Mariano Nieto

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Mariano Nieto Navarro

Nacido en 1957

Ingeniero naval

Funcionario Ministerio Industria

3 (1987, 1990, 1996)

¿No hay conciliación fuera de la Administración?

Tengo 58 años, de los cuales 30 años de vida compartida con una mujer maravillosa con quien he tenido dos hijas de 29 y 26 años y un hijo de 20.

Cuando nacieron nuestras hijas e hijo, en los años 80 y 90 del siglo pasado, “disfruté” con cada uno de tres días de permiso de paternidad. Se suponía que era el tiempo suficiente para cumplir con las tareas propias del padre en esas circunstancias: inscribir a la criatura en el Registro Civil y llevar a la madre con el bebé a casa tras recibir el alta en el hospital.

Aunque todas las veces me reservé las vacaciones para unirlas a esos míseros tres días de permiso y así poder estar todo ese tiempo con la criatura y su madre, aún recuerdo la desolación de la vuelta al trabajo justo cuando había empezado a conectar y disfrutar con el bebé, y dejando a mi amiga y compañera a solas con las absorbentes demandas del recién nacido… Además estaba la sensación de que nos habíamos embarcado juntos en una  apasionante travesía como es la paternidad/maternidad, pero que yo me bajaba del barco justo al iniciar la singladura, traicionando así el acuerdo tácito y el espíritu de equipo que nos había decidido a iniciar tan largo viaje. Esa sensación de desolación no era más que el principio del reconcome de estar abandonando a mi mujer y mis hijxs que me perseguiría en los años posteriores, aunque fuera para cumplir con el mandato social de ser el proveedor principal. Y ello pese a que mi mujer ha trabajado siempre como profesora de Secundaria y ella también era proveedora de la familia; pero la mentalidad que imperaba me hacía creer que mi trabajo era lo más importante, por lo que había que sacrificar lo que fuera (a exigencias reales o auto-impuestas) para mantenerlo.

Estudié ingeniería superior y desde 1982, cuando empecé a trabajar en la empresa privada (durante 18 años pasé por cuatro multinacionales estadounidenses del sector informático como IBM o Texas Instruments), experimenté la permanente exigencia de dedicación sin límite a la compañía, exigencia externa, de las empresas hacia los trabajadores -particularmente a los hombres-, pero también interiorizada y agudizada por la socialización masculina, que pone el trabajo en el centro de la vida y el éxito en el trabajo casi como núcleo de la propia identidad.

He disfrutado y sigo disfrutando enormemente del cuidado y acompañamiento de nuestras hijas e hijo hacia su autonomía personal, que es lo que entiendo yo por ejercicio de la paternidad/maternidad. Pero la insaciable exigencia de dedicación mental y de tiempo para el trabajo, con reuniones que sin ninguna consideración se fijaban para empezar a las 6h de la tarde con duración indefinida, viajes frecuentes, fines de semana fuera de casa para hacer ejercicios de “team building” o para poner a punto propuestas o proyectos que había que presentar el lunes, llamadas de madrugada desde el otro lado del Atlántico, etc., etc., con la consiguiente desatención y falta de tiempo para la vida personal y familiar, me llevaron a un punto en el que sentí claramente que estaba perdiendo el hilo de la vida de mis hijas e hijo, y con ello el hilo de mi propia vida también.

Simultáneamente iba creciendo la insatisfacción vital en ambos miembros de la pareja por que yo no asumiera la corresponsabilidad que me correspondía en las tareas de cuidado y educación de nuestra prole, y en las tareas domésticas, con cada vez menos participación por mi parte (nunca había sido colaboración al 50%, pero con tres hijxs y mi absorción creciente por el trabajo, el porcentaje estaba cayendo muy muy por debajo de esa cifra). Mi mujer, como he mencionado, ha trabajado siempre fuera de casa también y cada vez era más patente lo insoportable e insostenible de la triple jornada trabajo-niños-casa. Yo no es que estuviera ausente, me he involucrado siempre en las tareas domésticas y de cuidado de las criaturas más que la media de los hombres de mi generación, pero mis  obligaciones hacia las empresas para las que trabajaba hacían que no tuviera un tiempo previsible de estar en casa y que fuera ella quien cargara con el grueso de las tareas y de la organización doméstica (sabiendo que esto último cansa a veces casi más que la propia realización de las tareas en sí).

Lo de las obligaciones de los hombres hacia el trabajo merece un comentario aparte. En el mundo laboral de empresas de informática en el que yo me movía, el término “obligación” englobaba muchas cosas, desde el cumplimiento estricto de las tareas para las que uno estaba contratado a asistir a reuniones convocadas fuera del horario de trabajo o quedarte hasta tarde en la oficina para acabar de pulir una oferta o un informe que había que presentar al día siguiente. En cualquiera de los casos para mí era difícil deslindar lo que eran obligaciones objetivas para con la empresa de lo que eran presiones sutiles, mandatos sociales o incluso exigencias auto-impuestas con la justificación de que eran cosas que había que hacer para mantener el puesto de trabajo y/o para que te valorasen. Cada vez que intenté cumplir estrictamente mi horario, sin dejar de realizar por supuesto las tareas de mi contrato, choqué contra un muro de desaprobación a veces explícita a veces encubierta por parte de mis jefes: “¿dónde está tu compromiso con la compañía y con tu carrera profesional?”.     

Después de cambiar tres veces de empresa y dentro de las empresas a distintos puestos, con la esperanza de tener unas mejores condiciones de trabajo en cuanto a facilidades de conciliación, horarios racionales y jornada laboral limitada, llegué a la conclusión de que, al menos en la empresa privada, en el sector informático y en el nivel profesional en el que estaba, no existía un empleo que pudiera satisfacer mis demandas de conciliación. Como me dijo el director general de la última empresa en la que trabajé, con el que, por cierto, tenía una excelente relación y me comprendía: “te puedo subir más el sueldo o cambiarte al nivel superior de incentivos, de coche de empresa y de opciones de compra de acciones, pero no me pidas que te garantice que vas a salir todos los días a las 6h de la tarde o que no vas a tener que trabajar algunos fines de semana; ninguna empresa va a auto-limitarse de esa forma”. Y así fue cómo, constatando que podríamos vivir perfectamente con menos ingresos, en 1998 tomé la decisión de olvidarme de mi carrera profesional en la empresa privada y prepararme para opositar a la Administración, a la edad de 42 años, en la esperanza de que las condiciones de trabajo de los funcionarios me permitieran alcanzar el tan anhelado equilibrio entre mi vida laboral, familiar y personal.

La decisión de presentarme a unas oposiciones en la Oficina Española de Patentes y Marcas, organismo dependiente del Ministerio de Industria en el que ingresé en el año 2000 y donde sigo trabajando ahora, fue por tanto una apuesta personal y de pareja para intentar ganar calidad de vida y conciliación, esto es, tiempo para la vida personal y familiar. En la pareja  hicimos el trato y la apuesta de que yo dedicaría un año o dos a estudiar por la tarde-noche cuando volviera del trabajo, mientras ella se hacía cargo al 100% de lxs niñxs y la casa, para conseguir yo un empleo que me dejara tiempo libre para compartir todas esas tareas con ella. La apuesta nos salió bien y la verdad es que gracias al estímulo, la generosidad y el esfuerzo de mi mujer, mi y nuestra calidad de vida, y mi involucración en el cuidado y disfrute de nuestrxs hijxs mejoró sustancialmente.     

Cuando ingresé en la Administración pasé a ganar mucho menos dinero, pero los horarios se respetaban religiosamente y eso para mí es impagable.

Permisos iguales, intranferibles y pagados al 100%

Conforme los hijos se hicieron mayores, empecé a participar en la PPIINA (Plataforma por Permisos Iguales e Intransferibles de Nacimiento y Adopción), una asociación que persigue la equiparación del actual permiso de paternidad de dos semanas con el de maternidad, que es de 16 semanas, de manera que estos permisos se conviertan en un derecho individual e intransferible (actualmente la madre puede transferir al padre hasta 10 de sus 16 semanas, pero menos de un 2% de los padres se toma algo de esa parte transferible). Cualquier persona progenitora tendría así derecho a un permiso de 16 semanas individual, intransferible y pagado al 100% para cuidado de las criaturas recién nacidas o adoptadas. Una vez equiparados e individualizados los permisos de maternidad y paternidad (un paso de gigante, si se consigue), habrá que luchar por su ampliación, pues 16 + 16 semanas sigue pareciendo poco para que la criatura se fortalezca lo suficiente como para llevarla a continuación a una escuela de educación infantil.

Desde mi experiencia personal en el mundo de la empresa, solo si los hombres nos vemos respaldados ante el empleador por un derecho intransferible a un permiso de 16 semanas podremos enfrentarnos a las suspicacias, insinuaciones o críticas abiertas que se producen cuando un hombre no pone su trabajo por delante de cualquier otro aspecto de su vida. Por el contrario, si el permiso se puede transferir o si se plantea como “de libre distribución” (que se lo pueda tomar tanto el padre como la madre) para supuestamente dar flexibilidad a las familias, entonces las madres se verán presionadas socialmente para tomárselo y los hombres se verán presionados en las empresas para no tomárselo, con el argumento de toda la vida de que son las madres las que deben cuidar y los hombres trabajar para ganar el pan. Pero si tu permiso es intransferible (como cualquier otra prestación de la Seguridad Social) el empleador podrá poner mala cara, pero tú te tomas tu permiso porque es tu derecho, igual que las vacaciones o los permisos por enfermedad o la jubilación.

Por otra parte, si los hombres empezamos a ausentarnos de las empresas el mismo tiempo que las mujeres para cuidar de nuestros hijos e hijas, porque tengamos el mismo permiso intransferible, las empresas dejarán de ver a cualquier mujer en edad de procrear (aunque no sea ni piense nunca ser madre) como mano de obra “menos disponible” y se reducirán las discriminaciones en la contratación y en la promoción profesional que sufren ellas.    

Las investigaciones demuestran que si a los hombres se nos da la oportunidad de cuidar de nuestros bebés desde el primer momento, por una buena temporada, no solo nos ponemos a ello y aprendemos rápidamente, sino que podemos establecer un vínculo con la criatura tan estrecho como el de la madre, el cual permanece después a lo largo de todos los años de crianza y de educación, y que redunda en un desarrollo más saludable del hijo/a y en beneficio de toda la familia.

Creo firmemente que medidas como esta que propone la PPIINA y otras posibles como la  racionalización de horarios, la reducción y mayor limitación por ley de las jornadas laborales, la educación infantil universal gratuita de 0 a 3 años, etc. pueden tener un tremendo impacto pedagógico en la sociedad e impulsarán un cambio masivo de mentalidad (también en las empresas) en lo que se refiere a los roles de género, de manera que en un futuro no demasiado lejano sea mucho más fácil la involucración de los hombres en las tareas de cuidado de la prole  y la conciliación laboral de hombres y de mujeres.

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1 COMENTARIO

  1. Mariano, gracias por compartir tu experiencia. Has expresado exactamente lo mismo que yo siento hace muchos años, como mujer con 5 hijos que ha renunciado a más del 50 % de casi todos sus permisos de maternidad en favor del padre (cuántas mujeres quieren hacer lo mismo y sus maridos no están dispuestos a jugársela, algo comprensible, aunque si trabajan en la administración pública no se están jugando nada).

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