Tiempo de calidad y otras preguntas

El tiempo de calidad es la gran excusa para pasar poco tiempo con nuestros hijos, pareja, familia, amigos… Pasamos muchas horas en el trabajo, demasiadas, y nos queda poco tiempo para nosotros. ¿Cómo nos consolamos? Convenciéndonos de que ese escaso tiempo es de calidad. El problema es qué entiende cada uno por tiempo de calidad.

¿Qué significa tiempo de calidad?

En muchos casos el tiempo de calidad viene asociado al consumismo: ir al zoo, al parque de atracciones, a un restaurante (si es caro, mejor), de viaje… incluso de compras.

Cada vez menos significa estar al cien por cien volcado en ese momento que dedicamos al otro, libre de preocupaciones o despistes mentales y desconectado literalmente (es decir, alejado del móvil).

Recuerdo con horror un día en el que estábamos comiendo los tres juntos y estaba completamente absorbida por mis pensamientos. Mi familia se había convertido en un agradable ruido de fondo. De repente, la voz de mi marido me devolvió a la realidad: “Usúe, ¿dónde estás?”. Mi cuerpo estaba allí pero mi cabeza estaba trabajando. Me costó recuperarme de aquel renuncio. Esa comida en familia no fue tiempo de calidad.

Otro ejemplo: cuántas veces estoy jugando con mi hijo, miro el móvil para ver la hora, veo que me ha llegado un whatsapp, un mail o me han mencionado en Twitter y no puedo evitar mirar qué pone robándole ese tiempo de calidad a mi hijo.

Cómo dar tiempo de calidad

Estar siempre conectados dificulta el tiempo de calidad. Es muy tentador mirar el móvil y dejarse llevar por el mensaje o la preocupación recibida, abstrayéndonos del supuesto tiempo de calidad.

Dado que tenemos poco tiempo para los demás (incluso para nosotros mismos) esforcémonos en que este sea de calidad de verdad. Mantente alejado del móvil, no te limites a oír, escucha con atención, ponte en su piel, observa, interactúa, dialoga, disfruta cada instante… 

La cantidad también es necesaria

Aunque el tiempo de calidad sea el gran argumento para ganar en tranquilidad porque tenemos poco para los demás, soy de las que piensa que la cantidad de tiempo también es necesaria y os pondré un ejemplo.

Nuestro hijo tiene dos años y medio. Los vecinos, que tienen hijos de la misma edad, se sorprenden porque es capaz de ir  andando al parque, que está a tres kilómetros de casa. ¿Cómo? Respetando su ritmo. Podemos tardar una hora en llegar.

¿Por qué? Porque el paseo forma parte de la experiencia de ir al parque.

Nada más salir de casa hay una peluquería. Nos paramos y saludamos al peluquero. Después hay una librería. Nos paramos en el escaparate o incluso entramos y comentamos la portada de varios libros. Nada más dar la vuelta a la esquina hay una tienda de animales. Entramos y saludamos. A continuación un banco.

  • Mamá, ¿esto qué es?
  • Un banco.
  • Ah, entonces nos sentamos.
  • No, un banco de sacar dinero.
  • Ah. ¿Y cómo se saca dinero?

Parada técnica en el cajero.

Seguimos andando y nos paramos en un portal.

  • Mamá, ¿qué números son esos?
  • El 4 y el 6.
  • ¿Y cómo se llaman?
  • El cuarenta y seis.

Seguimos andando.

  • Mira mamá un 4 y un 8. ¿Cómo se llaman?
  • El cuarenta y ocho.

Y así es como mi hijo, con dos años y medio, ha adquirido la inquietud por los números. Cuenta hasta 10 sin problemas y enlaza otras cadenas de números por ejemplo 21, 22, 23, 24… Entiende que hay un prefijo, veinte, treinta, cuarenta… al que añadimos los números que ya se sabe.

¿Habríamos conseguido eso mismo yendo en silleta y corriendo al parque más cercano? Probablemente no. 

Educar en la realidad

Pasando mucho tiempo juntos educamos a nuestro hijo en la realidad y entiende de forma natural que no todo nuestro tiempo es suyo ni todo de calidad. Hay momentos de juego, de parque o de cuentos, obviamente sus preferidos, pero también hay momentos de poner lavadoras, hacer comidas o la cama. Estos momentos también los convertimos en juego y es así cómo le educamos de forma práctica en la corresponsabilidad

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Periodista de formación, y experta en social media y marketing de contenidos por profesión. Le mueve la convicción personal de que otra forma de organizar el mundo laboral es posible, situando en el centro a las personas.

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