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Ser mujer, trabajadora y madre ¿un castigo? – Maite Molina

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Maite Molina Navarro

Nacida en 1971

2 hijos (2001 y 2005)

Licenciada en derecho y preparando oposiciones a la Admon. General de la Junta de Andalucía

@MaiteMolinaN

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Decidí ser madre la primera vez, no sin dudas sobre lo que suponía este reto y tras anotar sus pros y sus contras, en unos momentos en los que, aunque tenía trabajo indefinido en un despacho de abogados, la opción iba más allá de tener emancipación económica, pues el padre vivía a 350 kilómetros de mí, no teníamos una relación estable y era yo la que quería elegir porque era mi cuerpo y mi vida la que estaba en esa encrucijada.
Tuve a ese niño en una ciudad distinta a la que me había visto nacer y crecer, con la sola referencia del padre de la criatura con el que empecé una vida nueva, una hermana en un pueblo a más de media hora de mi casa y una pareja de amigos a los que veía esporádicamente. Mi vida giró 180 grados pues me convertí en todo aquello en lo que no quería: mujer sin trabajo, cuidadora en jornada completa de su bebé, desarraigada sin la mayoría de la familia y los amigos de toda la vida y por supuesto, encargada de las tareas domésticas, no porque el padre no fuera corresponsable, sino porque su horario era entonces de 9 a 9 de la noche, imagínense qué soledad y más con un parto que fue provocado antes de tiempo por una falsa alarma de riesgo para el niño y por el que permanecí ingresada más de una semana con fuertes hemorragias.
Cuando empecé a poder moverme en el mundo laboral las entrevistas de trabajo llevaban incorporadas la compañía de mi hijo o tener que hacer títeres para poder dejarlo con alguien. Hoy las cosas son un poco más fáciles, ya que son más mayores, aunque, ese curso de fotografía o la natación siguen estando pendientes, o esas reuniones a deshoras continúan construyendo una barrera para poder estar, son esas cosas a las que renuncias porque sencillamente, no puedes.
Soy militante política y cuando nació mi primer hijo las reuniones eran con él, el pecho se lo daba en ellas y en más de una ocasión los debates se veían interrumpidos por un llanto o una juguesca. «Es lo que hay», decía yo, si me queréis organizada soy yo y mi hijo. Y es que a las mujeres nos cuesta mucho participar en politica también por los tiempos de la misma, muchas reuniones son en horario de baños, cenas y ritmos propios de una criatura, y ya no se trata solo de corresponsabilidad sino de la propia responsabilidad y la ilusión con la que se asume ser madre, que precisa sus tiempos y sus afectos. La política todavía es muy incompatible con la vida de madre, por suerte, cada vez se ponen más medios para hacer posible nuestra participación y ya se montan guarderías, cosa que debe hacerse de forma sistemática así como adaptar los horarios a los de la maternidad.
Hasta hace unos meses he sido cargo público y los cuatro años en el mismo han supuesto tener que hacer auténticas piruetas para poder estar en mil sitios organizando tu vida de madre, donde mis hijos han pasado muchas horas en el trabajo de su padre para que yo pudiera cumplir con mis obligaciones. Luego está el tema de la lactancia, con mi primer hijo no tuve problemas para seguir dando el pecho lo que hiciera falta porque no tenía trabajo tras el traslado de ciudad, con el segundo sí, ya que al cumplirse los meses estipulados de baja maternal y tras muchas sesiones de “sacaleches” dolorosas, la opción final fue dejar de amamantar a mi bebé.
Hay que avanzar socialmente para trabajar y vivir, no vivir para trabajar, los permisos por paternidad/maternidad han de ser iguales e intrasferibles, necesitamos herramientas en el trabajo para facilitar la lactancia y la conciliación laboral y familiar, y la baja por maternidad debe ser mucho mayor. Es preciso construir un mundo donde no se pague con la exclusión laboral, social o política el ser madre o padre.

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