El primer año de cole. ¿Un año ganado o robado? 

Me levanto esta mañana y me encuentro con este tuit de nuestro colaborador David Blay: 

<blockquote class=”twitter-tweet” data-lang=”es”><p lang=”es” dir=”ltr”>Un artículo para reflexionar (mucho) sobre los deberes, la conciliación y la importancia de la vida familiar <a href=”https://t.co/WD1mwDi1Q3″>https://t.co/WD1mwDi1Q3</a></p>&mdash; David Blay (@davidblaytapia) <a href=”https://twitter.com/davidblaytapia/status/879403394250801153″>26 de junio de 2017</a></blockquote>

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El artículo, publicado en El País, recoge párrafos de una carta que remite María Luisa Carrillo a su hija de 17 años en la que le pide disculpas por su infancia robada en el día en el que se publican las notas de selectividad. Lo peor es que me he sentido totalmente identificada con esta madre cuando nuestro hijo solo tiene tres años y medio y acaba de terminar su primer año de cole. 

Los tres primeros meses de curso no fueron fáciles por el dichoso periodo de adaptación hasta el punto de llegar a escribir una guía sobre el tema. Sin embargo, el peque ha acabado adorando a su profe y compañeros lo que en algunas ocasiones no deja de darme un poco de miedo. 

Nuestro hijo come en casa y no va a ninguna extraescolar. Con eso y con todo, raro es el día en el que no haya llegado a casa agotado y eso que habitualmente duerme unas 11 horas. Además durante la semana su tiempo libre, sin planificar, queda reducido a dos horas y media (de 17:15 a 19:45, momento en el que empezamos con la cena y demás teloneros de la cama). En esas dos horas y media raro es el día en el que le apetece ir al parque o jugar porque lo que le pide el cuerpo es tirarse en el sofá a dormir o ver la tele (cosa que solo le dejamos hacer en ocasiones contadas). Cuando llega el fin de semana, no quiere salir de casa porque solo quiere “jugar con sus juguetes” y “que nos demos muchos besitos y abrazos los tres”. E insisto, nuestro hijo no va a natación, ni a música, ni a inglés, ni a ballet… 

Ha habido varios momentos a final de curso en los que he pensado ¿estamos locos o qué?

Me he visto dando explicaciones a otras madres sobre por qué nuestro hijo no irá a inglés con cuatro años, mientras pensaba: cuando sea mayor le tocará competir con gente que traiga dos idiomas de serie (en clase de nuestro hijo hay una china, dos alemanas, una francesa, un italiano…) más el inglés “bilingüe” aprendido en el cole y reforzado en extraescolares desde los cuatro años. 

Me he visto dando explicaciones a otras madres sobre por qué nuestro hijo no irá a un campamento de verano, porque con tres años y medio es el rarito que no va al campamento de verano, “¡con lo bien que se lo pasan!”. Y no digo que no… pero nuestro hijo, por muy bien que haya llegado a pasárselo en el cole con sus compañeros, lo que demanda después de nueve meses y medio intensos de cole es “jugar con sus juguetes, darnos muchos besitos y abrazos los tres, e ir a la playa con los abuelos y su amigo Daniel”. 

Y lo peor es que me he visto dando explicaciones a mi hijo de tres años y medio sobre por qué no vamos a dejarle a comer en el comedor el año que viene, porque también se siente el rarito por no quedarse hasta el punto de desear hacerlo solo porque ve que los demás lo hacen. 

Me parece muy triste que con tres años y medio seas el rarito por no quedarte a inglés, no ir a campamentos de verano o no quedarse a comer en el cole. 

Y ahora viene mi debate interno: al peque le encanta bailar y estamos pensando apuntarle a baile, no porque lo necesitemos para poder trabajar o tener tiempo para nosotros, sino porque le gusta. Pero ¿cuándo le apuntamos? ¿al salir del cole, robándole el poco tiempo libre y sin planificar que tiene y terminando de agotarle?

¿Por qué los niños no tienen tiempo para ser niños? No me cansaré de repetir que los niños son las principales víctimas de nuestras dificultades para conciliar. Estamos convirtiendo en norma lo que debería ser excepción. Les estamos robando la infancia. 

Periodista de formación, y experta en social media y marketing de contenidos por profesión. Le mueve la convicción personal de que otra forma de organizar el mundo laboral es posible, situando en el centro a las personas.

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